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TRIBUNA

La memoria borra la historia

lunes 22 de octubre de 2018, 20:19h

Quieren que España no tenga historia. El gobierno de Sánchez, Iglesias y los separatistas lo están consiguiendo. Y el PP no quiere mirar atrás, pretende pasar páginas, y no asumir sus responsabilidades en este proceso de destrucción de la historia de España. El panorama es desolador. España tuvo épocas gloriosas, tiempos de luchas heroicas por imponer una civilización, que hicieron Historia; luego, cuando vinieron las fases de decadencia, se escribieron grandes historias. España hizo y escribió historia en sus épocas de esplendor y miseria. Pero, hoy, España, o mejor, la mayoría de los españoles ni la hacen ni la escriben. Y menos aún la estudian, sencillamente, porque está prohibida su enseñanza. No hay un libro de historia común para todos los españoles, y quien se atreve a enseñar Historia nacional, queda excluido casi de inmediato del proceso educativo.

Esa es la tragedia de España que algunos venimos denunciando hace décadas. La historia es negada y, en su lugar, aparece la “memoria”. Todo es memoria arbitraria e ideológica. Falsa. Hasta el nombre de las calles empieza a reflejar ya la barbarie de un país sin historia. ¿Habrá algo más perverso que sustituir el nombre de una gran Avenida por la Calle de la Memoria? Sí, hay algo peor que confundir la memoria con la historia; es negar la historia entera de una nación. Éste es el cometido final o clave de la perversa ideología del Gobierno de Sánchez, Iglesias y los separatistas: se trata de negar la historia nacional y exaltar alguna de sus partes. Ha desaparecido la España romana, la goda, la musulmana y la cristiana... Solo nos queda indagar en las tribus “pre-romanas”… He ahí la expresión más trágica del autoritarismo de nuestra época.

En épocas de crisis de una Nación, de un Estado o de una Sociedad el político sensato y reformador mira hacia el ayer para hallar los males del presente que intenta transformar. En tiempos de crisis la Vuelta a la historia fue siempre asunto trascendental para el político reformador. Si no es un puro demagogo, de esos que se lanzan a las aventuras más absurdas, ni un ignorante patán, que cree que puede transformar las costumbres y las ideas de un pueblo en un día, ni un acomplejado pazguato que admira e imita soluciones sociales y políticas de moda en otros países de idiosincrasia radicalmente a la nuestras, el político tiene la obligación de girarse al pasado y estudiarlo en profundidad.

Sin embargo, en España la Vuelta hacia la historia está hoy prohibida. El político decente, que busca en la historia la manera de remediar los males del presente, está estigmatizado. Nada que no sea un regreso a la prehistoria es admitido de buen grado.
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