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TRIBUNA

Crisis

Juan José Vijuesca
miércoles 24 de octubre de 2018, 20:22h

Diez años han transcurrido desde aquél día en que alguien encaramado en lo más alto del palo mayor gritó: ¡¡Crisis, crisis a la vista!! No todos fueron creyentes de tal avistamiento, pero los fuertes vientos hicieron que aquella franja de tierra engullera el campo magnético del planeta. Después se hizo el silencio y todo se volvió oscuro.

A día de hoy aún se desconoce el número exacto de víctimas. Se antoja que millones de personas sucumbieron en una de las mayores tragedias humanas de nuestra historia. Familias enteras, economías domésticas, pensionistas, negocios, pequeñas y medianas empresas, y un incalculable número de puestos de trabajo desaparecidos configuran un balance aterrador. “Cadáveres” que no forman parte de ninguna memoria histórica aguardan a que un día cualquier antropólogo descubra la verdadera razón de la especie humana. Son las fosas comunes de cuantos seres humanos lo perdieron todo para agrandar el ego de quienes la riqueza no ha dejado de crecer gracias a este tipo de maniobras.

Conviene decir que a día de hoy, diez años después, nadie con nombre y apellidos ha dado por finalizada la crisis de manera oficial. Mientras tanto el planeta continúa girando alrededor de sí mismo. Ya hay voces que vuelven a especular con una más que probable nueva desaceleración, o sea, la factoría del poder omnívoro está gestando una réplica de aquello. Digo el poder porque una operación de esta índole no es cosa de aficionados.

Lo cierto es que los expertos del 2018 están como lo estaban los del 2007-2008, o sea, viendo a Bob Esponja o jugando al Candy Crash. Hoy en día los riesgos son globales al igual que lo son las turbulencias. Hay burbujas a discreción repartidas de manera estratégica por todo el planeta, luego es cuestión de esperar a que los “bienhechores” de la humanidad vuelvan a actuar en beneficio de su propio inventario.

Nos hacen creer que la economía del mundo no es asunto nuestro como tampoco quieren que lo sea la corrupción de quienes se granjean su edén particular a costa del erario de los contribuyentes. Es vergonzoso, repugnante e incluso inmoral saber que incontables personas perdieran sus ahorros, sus viviendas, su dignidad y su condición de seres humanos en favor de las insaciables arcas de esos poderes, tan tóxicos y depravados como salvajes son sus artes en amasar riquezas sin límite alguno. Es la técnica de imponer la voluntad de unos pocos bloqueando la voluntad de los demás.

La pobreza es tan antigua como rentable. No interesa erradicarla y menos aún que deje de ser maleable para los fines lucrativos que se persiguen. Experimentos y otros agasajos de próspero provecho exigen de los poderes ocultos una mayor producción de pobres o de nuevos necesitados. Es la política que se corteja así misma y flirtea con la hipocresía del buenismo mientras los ciudadanos de recto proceder pagamos por nacer, por vivir, por empobrecernos, por morir y hasta por ser difuntos bien vistos por el fisco. Interesa que así sea porque la humanidad, tal como se precia, es un auténtico filón.

En fin, diez años de crisis e históricamente a peor. Ya sé que hoy estoy desagradable, pero desde China hasta Turquía y desde África hasta América Latina, las previsiones de crecimiento para el próximo año ya han sido rebajadas. Como dice mi admirada amiga María José Puebla: “Cada cual que rece a su Dios particular”. Ahí queda eso.

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