La honda crisis migratoria que hemos pasado estos días, a raíz de una caravana de ciudadanos hondureños que han atravesado su país, Guatemala y entrado a México de manera avisada, extrañamente avisada de origen, visible, violenta y retadora, escudándose en los Derechos Humanos, pero brincándose las más elementales formas, merece toda nuestra atención, pero advierto algo: no me rijo por los cánones convencionales para abordar el tema y presentar mi lectura de los hechos. Seré, es muy probable, políticamente incorrecto al abordar nuevamente este escabroso asunto que cuenta con muchas aristas y donde casi todas las respuestas de solución que se le den, son malas.
Lo ocurrido provocó una inusitada reacción del gobierno mexicano –deplorando los hechos y advirtiendo que solo quien solicite la entrada por vías legales y mostrando documentos de salida de su país, obtendrá que su caso será estudiado– y para algunos a México le toca seguir instrucciones de portero desde Washington, pero para mí –como no es nuevo el problema– resulta más complejo.
Los hechos son: se forma una caravana en Honduras –de abstrusas intenciones y obtusa idea de que en EE.UU. se barren dólares con la escoba– anunciando sin poca ni más vergüenza que atravesará tres países para llegar a ellos. A su leal saber y entender, EE.UU. tiene la obligación de darle cobijo. Sí, la caravana huye de una economía desastrosa y del que algunos califican como el país más peligroso de América. Solo decirle que una amiga residió allí y portaba dos pistolas, lo que nunca en su vida. Al enterarse Donald Trump de esos migrantes que no son nuevos ni serán los últimos, estalló sentenciando a los gobiernos de El Salvador, Guatemala y Honduras con retirarles la ayuda prestada, entiendo, para fortalecer economías que siguen expulsando a su gente. Y a México si no impedía su avance, fue amagándolo con cancelar el nuevo pésimo acuerdo comercial de Norteamérica (pésimo para México). Pues de suceder esto último, lo celebro, dado lo mal negociado, ya que nos haría un favor el bravucón yanqui, cuyo manotazo puso en inmediato contacto a los presidentes de Guatemala y Honduras con el mexicano, para involucrarse en la solución de este apuro momentáneo.
México lleva la peor parte porque podría frenarlos en sus dos fronteras a costa de vulnerar Derechos Humanos. Y quedárselos se antoja imposible. La mejor opción será siempre la migración ordenada. Sí, yo por eso me inclino por deportar esa caravana. Con ello ni le hacemos el juego a tal, cuyos líderes se creen muy listos, ni a EE.UU. si es que ha creado un problema bilateral si los dejamos llegar a la frontera común que no rebasarán ni tampoco se envía el equivocado mensaje de que sigan pasando por México cuantos desean llegar a Estados Unidos. Por mí, que intenten la vía legal y directa de hacerlo y no usen mi país de plataforma.
Y de fondo corre campante el gigantesco negocio internacional del tráfico de personas. No se nos olvide, no lo obviemos. Caravanas así demuestran las mafias estructuradas que operan impunes desde hace décadas dentro y fuera de Estados Unidos, perfectamente articuladas y coludidas con las autoridades de todos los países involucrados. El tema migratorio buscando mejores condiciones de vida, requiere no presiones de nadie, sino soluciones conjuntas de todos, de los muchos implicados. Un negocio millonario como este, organizando gente, pagando el transporte, el paso, la contratación ilegal con bajos salarios y con su carga de plusvalía añadida, es tan aborrecible y condenable, por tratarse de una esclavitud moderna, que siendo tan multimillonario el negocio resulta que a nadie le ha interesado frenarlo y mucho menos resolver las causas de su existencia. No nos hagamos tontos. Asumir posturas afectadas de solidaridad es hipócrita.
En el colmo de su paroxismo, un Trump oportunista, se ha plantado en Arizona, un estado fronterizo con México, y desde allí ha apuntado su dedo flamígero para advertir que no permitirá el ingreso de esa caravana y señala que tal contingente pone en peligro a Estados Unidos, exacerbando un discurso del odio. Por su parte, los mexicanos entendemos con claridad que no estamos en condiciones de recibir a esta gente si fracasa en su intento de pasar la frontera norte y, no nos engañemos, como viene de todo en la caravana, no sabemos qué sucederá. Varios miles de los 7 mil que calcula Naciones Unidas, regresaron a Honduras, mientras hasta de El Salvador se anuncia una nueva caravana. No nos podemos pasar la vida viendo pasar caravanas. Lo sabemos y hay límites a ello.
México aceptó las presiones internacionales a inicios de la presente década, modificando leyes migratorias que hoy no criminalizan al migrante ni le impiden su tránsito. Sépase. Por otra parte, la ecuación es sencilla y no resulta: avanzan los migrantes, llegan a la frontera norte y si no pasan ¿qué? Ellos no quieren quedarse en México, afirman; sus gobiernos no vienen por ellos. Se desentienden. El manotazo de Trump rompió su letargo y su aplatanada actitud ante sus propios ciudadanos. Ya Trump había amenazado el año pasado con sacar a todos los hispanos ilegales de su territorio, arrojándolos a México. México respondió que solo recibiría mexicanos. Así de sencillo ante el desentendimiento del resto.
Dedos apuntan a que este desaguisado se trata de una muestra de fuerzas en la contienda electoral estadounidense. Suponen crearle a Trump un enemigo externo a ver si lo derrota y de no hacerlo, su partido perderá las intermedias de noviembre. Pues mire usted, no lo sé. Lo que sí sé es que el fenómeno migratorio de países pobres-países ricos existe y lo estamos viendo siempre. México es país expulsor de migrantes y receptor de ellos desde hace lustros. El rostro del país está cambiando con su presencia y muchos no sueltan el estereotipo de que solo expulsamos. No, ya hace rato que los recibimos y se quedan aquí y con la intención de hacerlo desde que se dirigen a México por la vía legal, incluso.
En este sexenio moribundo hace rato que las calles de México están repletas de migrantes pidiendo ayudas. Acentos y facciones delatan su lejanía de origen. Y me pregunto quién cuida la frontera sur. El PRI no hizo su labor. Encima, se ha anunciado que vive un millón de estadounidenses ilegales. Eso son si no cuentan con una situación migratoria legal. Hemos descuidado las fronteras, somos el país que menos expulsa a su gente hoy y aceptamos cargar con otros por indolencia y tragando el cuento de que se trata de Derechos Humanos. Pululan. Si reclamamos un control de fronteras, como procede, se nos acusa de clasistas y racistas. ¡No, señor! Defiendo la migración ordenada y no estoy para complacencias. Ordénese.
Como abogado de formación señalo que cada país haga cumplir sus leyes. Que México vele por los suyos y haga cumplir a todos sus leyes y las ajenas, en casa ajena. Sí, desde luego que esta postura desagrada, porque no apela ni a sentimentalismos ni a facilonas salidas. Respondo así a quien reclama timorato que México no exija en los suyos lo que no da a los otros. Mi postura es: que lo exija en ambos casos. Depórtese a quien carezca de documentos y desde luego, trabájese en fomentar la no migración propia. ¡Basta de vocabularios edulcorados que solo han conducido a este brete a México! Cada país tiene derecho de proteger sus fronteras y exigir el cumplimiento de la protección a sus nacionales. Mientras haya protocolos migratorios, cúmplanse. ¿Ve? Le dije que no soy políticamente correcto ni pretendo serlo. A dos fuegos esta México porque recibe y expele migrantes, tiene un descontrol de sus fronteras y encima, se traga el cuento de que no las cierre y deje pasar a todos. El problema migratorio requiere la corresponsabilidad de todos los aludidos, si de verdad se desea resolverlo.