Federalismo y nacionalismo
jueves 24 de julio de 2008, 23:08h
Vuelve a hablarse con insistencia de federalismo en España. Ello suele hacerse relacionando esta expresión con un determinado modo de organizar territorialmente el poder. Federalismo quiere decir entonces organización federal, esto es, un determinado arrangement que, simplifiquemos, lleva a cabo una profunda descentralización del poder, asegurada constitucionalmente. Pero es menos frecuente relacionar el federalismo con una determinada actitud política, con la asunción de ciertos postulados ideológicos o espirituales, en suma, con una cultura política específica.
El federalismo como cultura política tiene muy poco que ver con el nacionalismo, de modo que me parece equivocado pensar en el Estado federal como la respuesta institucional a los planteamientos nacionalistas. Aunque el nacionalismo territorial pueda presentarse como federal, en realidad no lo es. Ocurre, más bien, que al nacionalismo no le importa sino la suerte de la propia comunidad, el resguardo de su identidad, descuidando las necesidades de quienes, aun viviendo en el mismo Estado, no son nacionalistas. La reivindicación del propio Estado es la aspiración irrenunciable de todo nacionalismo, aunque su consecución se posponga o se adapte a las exigencias de prudencia o cálculo circunstanciales. La obsesión soberanista aboca al nacionalismo a la intransigencia y le impide la acomodación y la aceptación verdaderas de un marco político compartido o no exclusivo. Por ello para el nacionalismo la política es siempre una actividad al límite, agónica, que consiste en preparar a la comunidad para la autodeterminación.
La cultura federal se basa en criterios bien diferentes. No patrocina una política pensando exclusivamente en la autonomía, sino sobre todo en la integración, y así no hay federación sin la conjunción del momento de la descentralización y el momento de la recuperación de la unidad. El Estado federal equilibra los rasgos centrífugos del autogobierno territorial y los centrípetos del Estado común. No hay federalismo sin lealtad federal, sin la devotio a la casa común y compartida; tampoco sin patriotismo territorial. Se trata de un equilibrio permanente, consustancial a esta forma política delicada y compleja.
Además el federalismo como cultura política vive del pacto y la negociación, que requiere de actitudes políticas pragmáticas y flexibles, alejadas de la intransigencia y el dogmatismo de los nacionalismos. Sucede por tanto que la cultura federal es incompatible con las demandas de lealtad exclusivas, como corresponde a un tiempo en el que simultáneamente pertenecemos a planos políticos superpuestos.
La cultura federal, finalmente, acepta la solución jurídica de los problemas, pues en el Estado federal las disputas territoriales no se presentan en términos identitarios sino como conflictos competenciales a resolver con criterios técnicos por una instancia jurisdiccional común. La dramatización nacionalista cede el paso, entonces, a la lógica discusión sobre el alcance de los poderes o atribuciones que el orden constitucional reconoce a la organización común o a sus integrantes territoriales. Simplemente, no es teología, sólo derecho.
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Catedrático
Juan José Solozabal es catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad Autónoma de Madrid.
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