El 11 de noviembre de 1918, después de más de un siglo eliminada de los mapas -pero no de la Historia- Polonia resurgía de las cenizas de la Primera Guerra Mundial. Los polacos habían combatido en los ejércitos de las potencias que se habían dividido su territorio entre 1772 y 1795: el Imperio de los Zares, el Imperio Austriaco y Prusia, cuyo primer ministro Otto Von Bismarck creó el Imperio Alemán (1871). Antes, la Mancomunidad Polaco-lituana había aprobado la constitución del 3 de mayo de 1791 -la primera de Europa- que consagraba, por ejemplo, la división de poderes. Así, Polonia fue descuartizada, pero el espíritu y el recuerdo de la independencia perdida, las libertades logradas y la grandeza del pasado atravesaron todo el siglo XIX
Los patriotas polacos lucharon en guerras de independencia de Europa y América. Combatían bajo la divisa “'W imię Boga za Naszą i Waszą Wolność', “en nombre de Dios, por nuestra libertad y la vuestra”. Ahí están Tadeusz Kosciuszko y Kazimierz Pulaski, que se batieron junto a los colonos americanos contra las tropas del rey Jorge por la libertad de las Trece Colonias. A Pulaski lo mataron los Casacas Rojas en Georgia en 1779. Kosciuszko regresó a su patria, lideró el alzamiento contra los rusos el 24 de marzo de 1794 en Cracovia -su cuartel general estaba en el llamado “Edificio gris” que se alza frente a la estatua del gran poeta Adam Mickiewicz- fue derrotado y el zar lo indultó. Los polacos nunca se dieron por vencidos. Volvieron a sublevarse contra los rusos en noviembre de 1830 y contra los prusianos en 1848. De nuevo, se rebelaron en 1863. Nunca se sometieron. El Estado polaco había desaparecido, pero la idea de Polonia estaba más viva que nunca.
Por doquier, florecían las agrupaciones y las sociedades de polacos exiliados, mas no sometidos. En París, se fundaron sociedades como la Sociedad Literaria Polaca, la Sociedad Histórico-Literaria, la Biblioteca Polaca y la Librería Polaca. Entre ellos estaba Mickiewicz, cuyos “Libros de la nación polaca y del peregrinaje polaco” (1832) comienzan con un título estremecedor: “Libro de la nación polaca desde el principio del mundo hasta el martirio de la nación polaca”. Sigue el poema: “Finalmente, tres reyes se alzaron en la Europa idólatra: el nombre del primero es Federico II, prusiano; el nombre del segundo es Catalina II, rusa; el nombre del tercero es María Teresa, austriaca/ Y era esta una trinidad satánica, lo contrario a la Trinidad Divina; y era como un escarnio, una profanación de todo lo que es santo”.
La fe católica, la lengua polaca y el glorioso pasado de la Edad Dorada de los siglos XV-XVII mantuvieron viva la llama de una aspiración inquebrantable: la restauración de Polonia y la recuperación de la independencia. El momento llegó al terminar la I Guerra Mundial. Los ejércitos de los imperios centrales se retiraban después del hundimiento del frente del oeste. El consejo de Regencia, órgano Supremo del Reino de Polonia establecido por los alemanes y los austriacos en 1917, recibió el 10 de noviembre de 1918 al mariscal Józef Piłsudski, comandante de la Legión Polaca, en Varsovia. El mariscal había pasado preso 16 meses en la fortaleza de Magdeburgo. El Consejo le encargó organizar un ejército y formar gobierno. El 11 de noviembre se abrió un banderín de enganche para reclutar voluntarios. El primer mes se enrolaron cien mil voluntarios. El 16 de noviembre el comandante en jefe del Ejército polaco enviaba un telegrama que notificaba “a los gobiernos y naciones de los estados neutrales y beligerantes el establecimiento de un Estado polaco independiente que incorpora todos los territorios unidos de Polonia”
Así, después de 123 años, Polonia recobraba su independencia. Los volvieron a invadir y ocupar entre 1939 y 1989. Resistieron de nuevo. Fue el único lugar de Europa donde los nazis no lograron poner un gobierno títere. Otra vez, los polacos lucharon en los bosques, en las ciudades, en las filas de todos los ejércitos aliados. Gracias a los matemáticos polacos, Turing logró descifrar Enigma. En la batalla de Inglaterra, los pilotos polacos lucharon, una vez más, “por vuestra libertad y la nuestra”. No era la primera ocasión. Ya habían salvado a Europa a las puertas de Viena en 1683 y a orillas del Vístula en 1920. Deberíamos recordar más a menudo estas cosas en el resto de Europa.
Hoy esta columna está de fiesta y felicita a los polacos por los 100 años de su independencia.