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TRIBUNA

Los paralelismos históricos

Natalia K. Denisova
sábado 17 de noviembre de 2018, 19:19h

La mayoría de los aniversarios aportan poco o nada al conocimiento del acontecimiento que conmemoran. Así sucedió con el centenario de la revolución rusa del17. Durante todo el año 2017, varias instituciones culturales y políticas se volcaron en preparar conferencias, mesas redondas y otras actividades. No obstante, poco han aclarado sobre la importancia de aquel acontecimiento y menos todavía consiguen explicar el entusiasmo de la izquierda actual por las ideas de aquella revolución, que desató la mayor matanza de la población civil del siglo XX. Por fortuna, en el año 2018 la editorial Almuzara ha editado una obra fundamental para entender qué fue la revolución de octubre y qué consecuencias tuvo para la población rusa o soviética: Setenta días en Rusia. Lo que yo vi, y la segunda parte Lo que yo pienso, de Ángel Pestaña. Este político nacido en 1886 jugó el papel determinante en el movimiento obrero, fue secretario general de la CNT, fundó el Partido Sindicalista en 1932 y fue diputado por la provincia de Cádiz en las Cortes Generales de 1937. En 1920 Pestaña realizó un viaje a la Rusia soviética y redactó los informes mencionados, que determinaron el distanciamiento de la Conferencia Nacional del Trabajo con la Unión Soviética y sus organizaciones.

Ángel Pestaña es un testigo inapreciable de los primeros años de la revolución. Su lectura debería ser obligatoria para cualquiera que forme parte de las llamadas fuerzas de la “izquierda” de hoy y, por supuesto, es muy recomendable para todos los demás, hasta para los propios rusos. Es una vacuna de realismo vital para una época, la nuestra, que vive fuera de la realidad. La primera parte Lo que yo vi es una descripción de su viaje por Rusia como el delegado de la Komintern o la Tercera Internacional, fundada en 1919 por Lenin. Las descripciones de Petrogrado (San Petersburgo), de Moscú, de Nijni-Novgorod, Saratov y otras ciudades y aldeas tienen en común dos palabras: miseria y sinsentido, acompañado siempre por “un rictus de profunda tristeza” y abatimiento. El cuadro descrito por Pestaña es desolador: en cada página asoma la triste existencia de una población sucia, rota y harapienta que lucha por un poco de pan, por un calzado en condiciones o por un trozo de jabón. No había nada. Las carencias dictaban hasta las modas, por ejemplo, la falta de peines y espejos impuso la moda mujeril de llevar el pelo corto por imposibilidad de cuidar las trenzas largas.

“La suciedad y abandono observados en las calles de Petrogrado, y apenas entrevisto en Moscú, era la nota saliente en todas las poblaciones que visitábamos.” Frente a esto Pestaña describe la posición de los altos cargos de la cúpula comunista: Zinóviev que viajaba en el vagón personal, con tres recamaras y la biblioteca, confiscado por el gobierno soviético de un duque; la excursión por el río Volga realizado en un vapor, que antes fue utilizado por un noble de la época zarista. Pestaña, como miembro de la delegación extranjera, tuvo que asistir a los mítines y recepciones oficiales que siempre repetían el mismo esquema de la banda interpretando el himno de la Internacional, el saludo de las autoridades comunistas, un acto en un teatro o una fábrica con el público que gritaba los hurras reglamentarios y ordenados. Todo colmado de banderas rojas y retratos de Marx, Lenin y Engels que, como testigos silenciosos, asistían a este “cúmulo de tonterías apoteósicas y ordenancistas”. A los pocos días de su estancia en Rusia Pestaña estaba hastiado de esos rituales vacíos.

Si el régimen zarista fue avaro y elitista, ¿qué élites llegaron con el régimen comunista? ¿Hasta que punto fueron aquellas desinteresadas y ejemplares? Gracias a la prolongada convivencia de Pestaña con los “futuros dictadores del proletariado en Europa”, conocemos sus hábitos: algunos se hacían servir por el peluquero y si no agradaba insistían en su expulsión del trabajo; otros pedían a los “camaradas” del servicio que les limpien los zapatos y los denunciaba por el menor descuido; y los más se aprovechaban del hambre que tenían las mujeres de la limpieza y les concedían sus raciones por los “favores especiales”. Lenin, Trotsky y otros dirigentes, “rodeados por una aureola de la austeridad y de sacrificio” tampoco estaban por ponerlas en práctica. De cara al público, se habían asignado el salario como los demás “obreros intelectuales”, sin embargo, Ángel Pestaña descubrió que habían establecido cuatro tarifas extraordinarias que se aplicaban a sí mismos y a otros personajes de la revolución con lo cual su salario superaba en docenas de veces las pagas de otros trabajadores. Los cargos menores y locales del partido también fueron adquiriendo “la silueta de una burguesía, tanto o más avara y cruel que la destruida, y siempre más interesada por ser nueva y necesitar afianzar su predominio”.

Toda la maquinaria del Estado queda retratada magistralmente por Ángel Pestaña. Las autonomías que no conceden a las repúblicas soviéticas tomar ninguna decisión importante, los sindicatos que no permiten las reuniones de los obreros rusos por “ su falta de cultura”; y los mayores horrores, como las checas, para los que no se sometían a la “dictadura del proletariado”, los fusilamientos “preventivos” por si los delegados extranjeros pidiesen amnistía para los presos. La violencia en las areas rurales tomó forma de las requisiciones según este procedimiento el campesino debió entregar todos los productos de su labor y esperar a que el Soviet le devuelva su ración. Si se oponían a la entrega, lo que sucedía a menudo porque requisaban los productos de primera necesidad, todo acababa en fusilamientos individuales o matanzas de aldeas enteras. Pestaña describe que en cada departamento y en cada fábrica la cantidad de personas que trabajan era muchas veces inferior a la cantidad de los que vigilaban. De esta manera, los cargos de partido, aunque sean más bajos, fue un gran atractivo para cualquiera ya que permitían sobrevivir y ejercer el poder sobre los próximos, extorsionándolos, según su parecer arbitrario. Si alguien se oponía, enseguida era tachado de un “contrarrevolucionario” y le amenazaban con una cheka.

Así es, en pocos rasgos, el testimonio de Ángel Pestaña que descubre el funcionamiento interno del estado “ejemplar” que sirve como ejemplo a las fuerzas políticas como Podemos y sus aliados. Por desgracia, los años de Podemos cerca del poder, el modo de obrar de su cúpula, los chalés y las purgas dentro del partido demuestran cuán afín son con aquel monstruo burocrático del estado soviético. Para ellos es un sueño: la ausencia total de la democracia y la dictadura elitista de su partido. Lean, por favor, el informe de Ángel Pestaña y verán que la izquierda española poco ha evolucionado respecto a la del 17. ¡Qué poco ha progresado la Izquierda Progresista!

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