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Novela

Sara Mesa: Cara de pan

domingo 18 de noviembre de 2018, 18:48h
 
Sara Mesa: Cara de pan

Anagrama. Barcelona, 2018. 144 páginas. 16,90 €. Libro electrónico: 9,99 €.

Por Rafael Fuentes

Sara Mesa construye con su narrativa un universo propio que desde sus etapas iniciales aporta un timbre personal y una sorprendente visión nueva de asuntos que todos creíamos dar por sabidos. Un estilo privativo e inconfundible de la joven narradora y una ruptura de expectativas que los lectores ya han constatado con deleite en novelas como Cuatro por cuatro (2013), Cicatriz (2015) o Un incendio invisible (2017), a las que ahora se suma otra joya narrativa sin aparentes estridencias como es Cara de pan. La autora parte de un arquetipo con larguísimas resonancias en la literatura universal, que hunde sus raíces en el tejido más primitivo de cuentos y leyendas, como es el de la Niña frente al Viejo. Algo que pulsa ecos muy profundos en nuestra mente y los mantiene en vilo para después subvertirlos, rompiendo con mano maestra el arquetipo inicial y obligándonos a reconsiderar nuestros prejuicios más arraigados.

Ayuda a esta estrategia que los protagonistas hayan sido desprovistos de su nombre oficial, ese que sella su identidad en el código civil. Es tanto como empezar a arrancarles la máscara impuesta por la familia y los reglamentos sociales. La niña, en efecto, que se escabulle de su casa y del colegio para esconderse durante las mañanas en un rincón del parque municipal, odia el nombre con el que sus padres la bautizaron. Todo forma parte de un mismo rechazo que ella, todavía, no puede conceptualizar. Cuando comienza a verse de forma regular con un hombre mayor en ese refugio que es el precario jardín rodeado de operarios municipales, declarará que casi-tiene-trece-años. Y ambos acordarán que ese “Casi-trece”, o más abreviadamente: “Casi”, es el nombre ideal que los dos consideran que le corresponde. Un patronímico improvisado y a la vez simbólico donde se constata la indigencia sentimental de la niña. Una casi adolescente, casi estudiante, casi fugitiva, casi rebelde y casi servicial, pero nada íntegro y completo por el momento.

Sara Mesa elabora magistralmente el relato desde la perspectiva de Casi, algo que nos ofrece los hechos desde un sesgo abocetado e incompleto. Tal como nos sucede a todos nosotros en el día a día de la vida real, solo tenemos percepciones discontinuas, que rematamos con nuestras deducciones, nuestras imaginaciones y experiencias anteriores. El mundo solo nos da escorzos parciales, impresiones fragmentarias, líneas claras pero inconclusas. Y esto es lo que nos llega a través de la mirada de Casi, aún más acentuado por su edad y su situación desplazada. Apreciaciones tan intensas como son las de la infancia a punto de terminar, y tan unilaterales y truncadas como igualmente son las de esa etapa de nuestra existencia.

La prosa de la joven novelista madrileña atrapa con una serena y contundente precisión esos hechos e impresiones de Casi con la fuerza de una vida que empieza y sin la borrosidad propia del adulto sumido en la rutina. Pero a la vez eso tan nítido y explícito nos deja comprender que se trata solo de una parte de la historia que está sucediendo, logrando que una potente fracción nos sugiera el todo. Un alarde literario a la altura de los grandes narradores clásicos.

El lector acude, mentalmente, a prestar las ideas que a Casi todavía le faltan. Resulta una reacción casi innata en ayuda de una niña que no toma conciencia del peligro que le acecha. Verse a diario, en un escondrijo del parque, con un viejo nos hace sentir una amenaza siniestra, que Casi no es capaz de percibir. Hay un instante, a mitad de la novela, que una ráfaga de advertencia pasa ocasionalmente por su cabeza: «Atesora los momentos ambiguos, los lee con su mirada enferma y acomplejada. Los hombres no pueden ser amigos de las niñas, le han dicho siempre, y aún más: es imposible que un viejo se haga amigo de una niña. El viejo engaña, tiene intenciones ocultas, intenciones sucias. Esto es lo natural, no lo contrario». Pero este autoaviso se esfuma sin dejar rastro ante la confianza que el viejo se ha ganado de ella.

Y, en efecto, nuestros temores ante el engaño, el abuso sexual, la hora de la violencia, nos cosquillean desde el principio y no dejan de incrementarse acuciados por la fría ecuanimidad de la escritura. La figura del depredador taimado, del inhumano simulador de simpatías en espera del momento oportuno, germina desde el fondo de nuestra mente. Sabemos poco, muy poco, del Viejo. Únicamente poseemos, en un principio, unos escasísimos datos diáfanos: su ropa trasnochada y deforme, y, más aún, su increíble conocimiento de las especies de pájaros que revolotean en las ramas de los árboles del parque.

Son referencias mínimas, pero de una poderosa carga simbólica, en especial las que conciernen a las aves. La efigie de los pájaros ha estado vinculada a los dioses de la guerra y de la caza, a la locura humana y sus pasiones desatadas, a la ausencia de libertad en las aves enjauladas y al deseo de emancipación mediante las que vuelan atravesando el cielo. Esta última dicotomía es inteligentemente reforzada por Sara Mesa, al hacer al Viejo un sabio y apasionado admirador de Nina Simone. Como sabemos, la mítica cantante norteamericana no pudo dedicarse a la ópera debido a su etnia negra y al brutal racismo anglosajón, cuyo supremacismo la apartó de las templos de la lírica.

Nina Simone asume así el rol de una gran “ave humana”, enjaulada junto a los afrodescendientes herederos de la esclavitud, y cuyas prodigiosas canciones se convirtieron en himnos a la libertad. Esa fascinación por Nina Simone -y la letra, muy en particular, de Blackbird, cuyo primer verso se cita en inglés y que traducido nos dice: «¿Por qué quieres volar mirlo, si tú nunca vas a volar?”, y que deja en el aire aquellos otros que le dan continuidad: “¿No hay lugar suficientemente grande para almacenar todas las lágrimas que vas a llorar, porque el nombre de tu madre era ‘Soledad’ y el de tu padre era ‘Dolor’»-, todo ese universo musical nos proporciona, por vía indirecta, una enorme información del mundo emocional del Viejo.

Conforme la acción avanza y nos llega a cuentagotas más aclaraciones sobre su vida «enigmática e intrigante», resulta difícil sustraerse a la evocación del «Boo» Radley de Matar a un ruiseñor, de Harper Lee, donde la locura, el simbolismo del ave, el prejuicio y la opresión se dan por igual entrelazados. O si nos atenemos a la tradición narrativa española, el Azarías y su milana, en el Delibes de Los santos inocentes. Solo que el Viejo de Cara de pan, aun perteneciendo a esta estirpe, seguirá por siempre atrapado en su desdicha sin jugar ese papel glorificador del justiciero inocente que ensalza a los otros dos.

El goteo de datos dispersos se acumula hasta alcanzar un instante crítico que ilumina como un fogonazo tétrico y transitorio el infortunio de Casi y el Viejo. La aberración de donde él procede, su tránsito por cárceles y hospitales psiquiátricos, así como el acoso escolar sufrido por Casi -de ahí el apodo denigrante que da título a la novela: la “Carapan”-, el laberinto de una huida ciega, el caos de una sexualidad emergente no reconocida, la ceguera de una familia incapaz de ver más allá de sus estereotipos. La actuación mecánica de psicólogos y psiquiatras, con respuestas estándar que aplican maquinalmente a casos que requieren descubrir su singularidad, se convierte en una denuncia a los prejuicios automáticos con los que las sociedades responden ante vidas que siempre son únicas e irrepetibles.

En Cara de pan, la denuncia cala precisamente porque no se aborda de un modo frontal y explícito. Lo que, en buena medida, habría sido un síntoma de crítica tan maquinal como los males que se diagnostican. La novela de Sara Mesa opera, por el contrario, con sigilo a través de nuestro universo emocional. Elude la estridencia, la demanda mediante fórmulas verbales ya preconcebidas en la literatura de denuncia. Y evitando esa voluntad de escándalo que tanto atruena hoy nuestros oídos, resulta más eficaz en el desmontaje de los prejuicios sociales. Por una vía poética, que sortea cualquier amaneramiento del lenguaje, pulveriza los arquetipos que almacenamos en nuestro cerebro, cuestionando nuestros convencionalismos y arbitrariedades preestablecidas. Un soberbio ejercicio que nos cautiva e ilumina.

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