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Cuento de verano II (Celos de ultratumba)

Martín-Miguel Rubio Esteban
viernes 25 de julio de 2008, 23:09h
La última vez que vi a Estanislao Cortezo lo encontré muy animado a escribir sus memorias. Había llevado una vida de aventuras militares y peligros novelescos, y no le faltaría materia prima para llenar varios centenares de folios de los grandes.

- Yo -le dije- te compraré un ejemplar, pero tendrás que firmarlo de tu puño y letra.
- No faltaría más -me respondió.

Por eso hoy me sorprendió su carta en la que me anuncia que ya no escribirá su biografía. Acabo de hablar con él por teléfono. “¿Cómo que ya no escribirás tu biografía, tus hypomnémata o Commentarii de general retirado del Ejército Español? ¿Qué ha pasado para que hayas mudado de opinión?” le he preguntado, sinceramente dolido. “Nada, no ha pasado nada; que ya no la escribo, eso es todo”. “Algo tiene que haber pasado, pero ya veo que no quieres decírmelo”. “Te lo diré, puesto que te empeñas. No escribo mi autobiografía porque forzosamente, si ha de ser veraz, tiene que figurar el coronel Licinio (ya sabes de quién hablo, el lince de Exteriores), con el que estoy enfadado para siempre. Eso es todo”. Tan sorprendente respuesta me dejó aturullado y no acerté con el antídoto. “Bueno, si es por eso tú verás; yo ahí no puede aconsejarte”.

Soy muy bruto, lo confieso sin rodeos; más de una vez me lo han dicho. “Eres bruto hasta más allá”. Con toda la razón. ¿Por qué no le dije -en vez de colgar- que Licinio era un buen amigo, tal vez un tanto pagado de sí mismo por lo de sus relaciones con Beigbéder, pero bueno en el fondo, y en todo caso, fiel a la amistad que les había unido durante su juventud en la Academia Militar de Zaragoza? Con frecuencia la falta de oportunidad es causa de graves sinsabores. Yo podía haberle dicho, a propósito de su enfado, que, habiendo muerto la mujer de Licinio -novia en otro tiempo de Estanislao Cortezo- no había para qué guardarle rencor por una muerta, sino en todo caso, llorarla los dos juntos si es que de verdad la habían querido, como dos viejos camaradas. Si yo le hubiese dicho esto, seguramente Estanislao estaría ahora ocupado en meditar acerca de su actitud, y tal vez en plena faena de anotar sus recuerdos sobre aquella hermosa empresaria de las mejores pastelerías de Madrid, pese a Licinio, o tal vez a causa de él.

Ambos tenían un gran corazón y, aunque rivales en amores, la nobleza de su casta habría prevalecido sobre cualquiera otra dificultad. Pero yo me comporté como lo que soy, un bruto de tomo y lomo. ¡Majadero! Sin embargo, ya no hay remedio. Me gustaría que Estanislao escribiera sus Memorias de general español; habrían de ser divertidas, interesantísimas, mas no voy a estar de acá para allá con arrumacos a uno y a otro para que se congracien y vuelvan a su prístino estado de amistad. Ambos son mayores de edad y sabrán lo que hacen. No es que me importaría hacer de componedor de afectos, y lo haría si tuviese la certeza de conseguirlo. Pero me conozco, y sé que si no logro reconciliarles tendré toda la vida clavada esa espina en el corazón. Los fracasos en los empeños nobles crean vientos cálidos que resecan las raicillas del sentimiento. Y yo no quiero pasar por esa horca caudina.

Lamento que no escriba sus Memorias, eso es todo. Conozco alguna de sus aventuras y gestas, como aquélla en la que se enfrentó, pistola en mano, con un coronel francés en Mostar, cuando pretendía montar un burdel para soldados en la zona vecina de Nevesinje con chicas jóvenes de Mostar. Constituiría una noble página en la Historia de los caballeros españoles cristianos. Lamento de veras que nos quedemos sin sus Memorias.

Martín-Miguel Rubio Esteban

Doctor en Filología Clásica

MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín

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