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FÚTBOL AMERICANO

NFL. Del 'No me amputéis la pierna' al maltrato infantil de una estrella a su hijo

viernes 23 de noviembre de 2018, 21:32h
Actualizado el: 12 de enero de 2025, 19:02h
Adrian Peterson, un icono en la liga estadounidense, ha defendido el castigo físico como arma educativa, aunque fue sancionado por ello hace años.

El fútbol americano y la NFL recordó el pasado año la peligrosidad de este deporte con fiereza. Que se trata de un deporte de conacto se percibe con nitidez si se contempla la nómina de lesionados y el tipo de infortunios -conmociones cerebrales- que se dan en cada una de las 17 jornadas que dibujan su calendario profesional. Pero la gravedad de los percances que pueden llegar a darse en el emparrillado es algo que se contempla como un elemento latente. Hasta que brota.

El 29 de octubre de 2017 lo hizo hasta rebosar. Zach Miller, tight end estelar de los Chicago Bears, se rompió la rodilla izquierda y se temió que hubiera que amputarle la pierna. La terrorífica lesión sobrevino en un lance fortuito en el duelo que mantuvieron en la cancha de los New Orleans Saint. Una maniobra rutinaria, que acabaría en touchdown, concluyó en una operación de urgencia porque una arteria reultó dañada, susurrando al posibilidad de que este jugador no pudiera volver a andar. Cirujanos vasculares participaron en una complicada intervención que conllevó la sustracción del tejido suave de la otra pierna para reconstruir la arteria afectada.

Pero, a pesar de lo delicado de su situación, Miller, de 33 años, salvó su anatomía. Lo que está por ver es si hay horizonte en su carrera deportiva. Pasados dos meses del trance, a finales de diciembre de aquel año, ya había empezado a andar. Aunque fuera con dificultad y muletas. Todo un logro que rompía con todas las expectativas. Y casi un año más tarde el jugador nacido en Nebraska ha decidido confesar su experiencia. Lo ha hecho a través de la plataforma The Player's Tribune y con una elegante ampliación de contrato de un año brindada por los Bears. Le han dado la oportunidad de intentar volver y cobrará lo acordado juegue o no -si lo hace percibirá casi el doble del salario firmado-.

"Toda mi vida han dudado de mi. No puede hacer esto o lo otro. Cuando sufrí la lesión pedí que no me amputaran la pierna. Me dijeron que no volvería a correr nunca más. Duda demí y te equivocarás", comienza su relato. Miller expone un testimonio en el que explica que pasó de un pueblo de 300 habitantes, y en el ámbito rural, hasta los focos y la pompa de la NFL. Pero en el camino tuvo que lidiar con varios contratiempos. "He recorrido un largo camino. En el Bishop Neumann High School me rompí la clavícula dos veces cuando era junior, por lo que no pude jugar", explica antes de narrar su despegue posterior hasta la Universidad de Nebraska Omaha, en la que daría el salto a la liga profesional. Fue drafteado por los Jacksonville Jaguars -en 2009-.

Con la cima conquistada, Miller recuerda que en el primer partido de la pretemporada de su año como novato se rompió la meseta tibial, en 2010 tuvo un esguince, en 2011 se lesionó el gemelo y en 2012 se desgarró el sóleo y el tendón de Aquiles en la misma jugada. Este último infortunio llevó a los Jaguars a prescindir de sus servicios. Meses más tarde su talento le llevaría a los Bucaneers. Mas, en Tampa Bay venía de estar sin jugar durante dos temporadas y fue cortado en la semana del último partido del curso. Entonces sobrevino su punto de inflexión: el contrato firmado con la franquicia de Chicago en 2014.

"En el primer partido de pretemporadas anoté dos touchdowns y la gente se preguntaba 'quién es este tío'. En la siguiente semana anoté otros dos touchdowns y firmé ciento y algo de yardas. Me dí cuenta que quería pasar allí mi carrera entera", subraya. En 2015 autografiaría una tarjeta de 439 yardas y 5 touchdowns, y en 2015 llegaría a las 486 yardas y 4 touchdowns, erigiéndose en referente de los Bears y de su afición. Pero todo giraría de nuevo el mencionado 29 de octubre de 2017. "Entré en el estadio y sentí que algo no iba bien", avanzó.

"Recuerdo perfectamene todo. Salí en movimiento y cogí la pelota. Recuerdo que el defensor se agitaba sobre la línea y supe que conseguí un touchdown. Pero cuando me giré para coger la pelota con una mano, mi rodilla crujió de forma simultánea. Uno de los entrenadores deportivos vino y me preguntó qué había ocurrido. Yo sabía que mi rodilla se había ido. No sentía dolor sino nervios. Sabía que no era un lesión normal", rememora, al tiempo que su mujer comparte con el micrófóno cómo escuchó a su marido, por la línea telefónica, preguntar al médico si iba a perder su pierna.

Y el jugador de los Bears entra de lleno en el traumático lance: "Un vez que me metí en la ambulancia me quitaron el zapato y me dieron un masaje para controlar el pulso. Pero no pudieron. 'No tienes pulso en el pie y tenemos que arreglarlo', me dijeron. Intentaron llevarme al hospital, pero uno de los entrenadores deportivos asistentes le dijo a los enfermeros que no había forma de llevarme al hospital". En efecto, la distancia de viaje era tal que habría perdido la pierna. En esa altura del relato le dijo al doctor lo siguiente: "No me amutes la pierna, por favor".

"Cuando me desperté, con una vata blanca, mi primer pensamiento fue mirar si todavía tenía pierna. Y me encontré que había dos barras (un fijador externo que bloquearía el movimiento de la pierna de Miller mientras se restauraba su riego sanguíneo y la arteria sanaba). Que me explicaran lo que había ocurrido fue chocante: tuvieron que tomar una vena de mi pierna derecha para reparar la arteria y cortaron a ambos lados de la pierna izquierda para drenar sangre. Me dijeron que iban a tener que operarme otras siete u ocho veces", desnudó. Entre octubre de 2017 y enero de 2018 sería intervenido en la zona hasta en nueve ocasiones.

"La primera vez que vi la jugada fue uno o dos días después de que ocurriera. Y una ráfaga de calor, como una ola, golpeó mi cuerpo. A partir de ahí creo que tomé la decisión de hacer frente a la situación, a lidiar con ella y a superarla", expuso. Miller, que preguntó por el cumpleaños de su agente cuando se despertó de la primera operación, no tardó en volcarse en sus dos hijos pequeños. Después de ocho días fue transferido de Nueva Orleans a Chicago, reencontrándose con su madre y sus niños -su mujer y su padre volaron con él-. El comienzo de la rehabilitación le llevaría al insomnio, a sufrir un dolor afilado y a la erosión mental de ver su pierna cortada por la mitad.

Pero, no sólo eso. Descubriría que su pie no respondía a su voluntad. Obligado a tragar la impotencia consiguiente. "Imagina que pudieras abrir una puerta y cerrarla con tu mente, pero luego esa puerta no se moviera. Así es como se sentía intentar mover tu pie con todas tus fuerzas y no conseguirlo. Fue frustrante. Recuerdo el día que estaba sentado en el sillón y mandé a mi mujer que viniera para comprobar si mi pie se estaba moviendo. Porque estaba manteniéndolo en el aire y moviéndolo. Aquello fue tremendo para mi. Ver un poco de recuperacion, finalmente", revive antes de puntualizar que cuando le quitaron las barras -seis semanas después de la operación de urgencia- tuvo la sensación de haber ganado algo por primera vez.

"Fui al vestuario y vi a todo el mundo. La primera vez que volví fue como cualquier otro día de mi vida: esa ha sido mi segunda casa durante cinco años. Y en el último partido en casa de la pasada temporada me permitieron entrar al campo y recibir una ovación en pie de todo el Soldier Field (estadio de los Bears). Fue una de las cosas más bonitas que he podido experimentar", relata Miller. En el presente, en pleno esfuerzo por volver, está empeñado en no retirarse por la lesión. No de esa manera. "Mi mente está en fortalecerme todo lo que pueda para volver al campo de football. Si es posible físicamente, lo haré. Si no, no está en mis manos. Si puedo correr por el patio trasero de mi casa y jugar al fútbol con mis hijos estaré bien", finaliza en su carta pública el último héroe inspirador que ha dejado la NFL.

Pero esta liga apasionante es a la vez polémica. Quizás la que cuenta con el personal de jugadores más asilvestrado dentro de las grandes ligas estadounidense. Prueba de ello es que uno de sus iconos históricos, todavía en activo, sienta orgullo y defienda el maltrato como forma de educación. Se trata de Adrian Peterson, un running back legendario que está peleando por ser plusmarquista en su faceta del juego. Sin duda, está reconocido como uno de los corredores más especiales que haya conocido este deporte. Fue MVP del torneo en 2012.

Sin embargo, el actual jugador de los Redskins ha saltado a la palestra por las siguientes declaraciones al medio especializado Bleacher Report: "El otro día tuve que disciplinar a mi hijo y golpearlo en el culo con un cinturón. Hay distintas formas con las que disciplino a mis hijos y no voy a dejar que nada cambie esto". En esa charla, el corredor defendió los castigos que aplica a sus niños. Entre ellos destaca el ponerles de cuclillas contra la pared o forzarles a estar sentados en la calle durante largo rato.

Peterson, excepcional en la pista y en la lectura de las líneas defensivas rivales, fue suspendido por maltrato infantil en 2014. Entonces, fue acusado de usar un cable eléctrico para castigar a su hijo de cuatro años, amén de propinarle golpes en el culo y el escroto. Fue condenado a dos años en libertad vigilada y multado con 4.000 dólares y 80 horas de trabajos para la comunidad. La NFL le inhabilitó durante un curso. Roger Goddell, comisionado de la liga, lamentó que el jugador estelar no mostrara remordimiento y puso a su disposición una terapia de dos pasos. Todavía no se ha pronunciado por la confesión realizada esta semana. Una sinceridad pública que mostraría reincidencia. Con 33 años y en el advenimiento del eclipse de su trayectoria deportiva.

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