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Sueño Lorca, de María Caudevilla: un Lorca desde dentro

Sueño Lorca, de María Caudevilla: un Lorca desde dentro
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sábado 24 de noviembre de 2018, 19:21h

Sueño Lorca o El sueño de las manzanas es un fascinante viaje por la figura y la obra del poeta granadino que María Caudevilla, dramaturga, directora y actriz, nos ofrece en un impecable montaje con su compañía Baraka Teatro.

Sueño Lorca o El sueño de las manzanas, de María Caudevilla

Directora de escena: María Caudevilla

Intérpretes: Sara Campbell, María Caudevilla, Fran Gil y José Manjón

Lugar de representación: Teatro Pavón-Kamikaze (Madrid)

Por Rafael Fuentes

El teatro emergente de la joven autora María Caudevilla irrumpió deslumbrante, en octubre del 2010, en el Teatro Español, con este entusiasta sueño escénico sobre Federico García Lorca. Después vendrían Miguel Hernández: labrador del viento, y uno de los dramas más emblemáticos de su generación: No somos ángeles, recientemente reunidos en un solo volumen de la editorial Esperpento con el título Bajo el paraguas de Baraka, en alusión a la compañía -fundada por Caudevilla-, que las ha subido a las tablas. Ahora, la pieza que desencadenó todo este proceso, vuelve a los escenarios en El Pavon-Teatro Kamikaze. Con Sueño Lorca o El sueño de las manzanas, María Caudevilla recrea en escena la inmensa figura de Federico García Lorca a partir de algunas de las pautas más genialmente innovadoras que el dramaturgo granadino trazó en piezas como Así que pasen cinco años, El público o los bocetos inconclusos de El sueño de la vida. Aquello presuponía renunciar a lo que en la época lorquiana se denominaba “teatro burgués”, es decir, un teatro convencional realista con diálogos ingeniosos que alcanzó su máxima expresión en la alta comedia de Jacinto Benavente y una formidable popularidad a través de los espectáculos castizos.

Frente a esa dramaturgia imperante en la escena española de entonces -tan arraigada, que en su momento no pudo ser derribada ni por Miguel de Unamuno, ni por Ramón María del Valle-Inclán, ni por toda la experimentación de la vanguardia-, Federico García Lorca propuso un teatro bajo la arena, capaz de descender a los sepulcros, es decir, explorar aquello no convencional oculto bajo la superficie causa de viscerales repudios sociales: “Es a los teatros donde hay que llamar para que se sepa la verdad de las sepulturas, con focos de gas, y anuncios, y largas filas de butacas”. Representaciones, a su vez, de un teatro al aire libre: sin fronteras, sin confines convencionales, sin límites artificiosos.

A partir de estas premisas lorquianas, la evocación que María Caudevilla hace del propio Lorca no podría sustentarse en el recurso fácil de reproducir episodios de su vida social. Supongamos, su llegada a la Residencia de Estudiantes y su entrevista con Jiménez Fraud, o su trabajo al frente de la compañía de teatro universitario La Barraca, o imaginemos su refugio final en la casa de los Rosales en la Granada de agosto de 1936, bien fuese de un modo directo, o bien a través de un personaje que le hubiera conocido y rememorase su historia juntos. Marcel Proust protestó enérgicamente contra esta fórmula biográfica de aproximarse a un creador, tal como la había iniciado Sainte-Beuve, porque solo atraparía su apariencia oficial, su leyenda pública, el registro poco menos que administrativo de su existencia externamente visible.

El teatro, sin duda, puede ofrecernos algo más hondo, que bucee bajo la arena de lo físicamente manifiesto. Y María Caudevilla renuncia, así, a rememorar sucesos biográficos externos sobradamente conocidos, para elaborar, por el contrario, una suerte de biografía emocional del autor del Romancero gitano, que hizo exclamar con toda justicia a Ian Gibson que “esta obra nos hace vivir Lorca casi, casi desde dentro”.

La primera estrategia de la autora para situarnos en ese desde dentro, en el universo interno de Lorca -bajo la arena del Lorca oficial-, consiste en hacer un uso sumamente creativo del metateatro. Algo crucial en las últimas piezas lorquianas, consustancial a El público o El sueño de la vida, aunque ahora María Caudevilla le imprime un sello personal. La joven dramaturga ha creado sus propios personajes: la Mujer de las Manzanas, el Hombre Melancólico, el Hombre Verano, la Mujer-niño y el Hombre del Paraguas, con fuertes resonancias iconográficas, quienes cumplen la función de representar en escena los textos de Federico García Lorca. En el caso de poemas como “Memento”, "Oda a Salvador Dalí, o “Gacela de la muerte oscura”, estos personajes evitan el gran peligro de recitar la lírica de Lorca, soslayando ese riesgo al insertarlos en la actividad de estas figuras en el transcurso de su acción dramática.


Y en cuanto a fragmentos de textos teatrales que provengan de, entre otros, La zapatera prodigiosa, El paseo de Buster Keaton, Amantes asesinados por una perdiz, El público o El sueño de la vida, se extraen de su contexto para ser “reteatralizados”, al reordenarlos en una línea de acción diferente en virtud de los distintos personajes inventados aquí por la autora. Se completa así, mediante el metateatro de esta reteatralización, la sorprendente paradoja de haber leído o escuchado estos textos de Lorca, pero habiéndose convertido, a la vez, en una obra nueva y distinta como es Sueño Lorca. Es de este modo como se realiza la polisemia del título de este flamante drama, surgido de la tarea constructiva de María Caudevilla. Por un lado, nos ofrece el producto de los sueños de Lorca, el tuétano de su intimidad. Pero por otro, se nos proporciona al mismo tiempo el sueño de María Caudevilla sobre Federico García Lorca. Recordando a Hamlet, se puede decir que estamos ante el sueño de un sueño.

La biografía emocional de Lorca y la reacción anímica y poética de la creadora ante esa semblanza afectiva, se dan la mano en la misma pieza. Esta se desarrolla de una forma unitaria y es innecesario que el espectador siga la pesquisa de qué pasaje procede tal o cual fragmento. Precisamente porque ahora han dejado de ser fragmentos para configurar una nueva unidad que fluye con una soltura deslumbrante, en escenas de exquisita composición y una luz de intensa belleza. Los intérpretes de Baraka Teatro - con más de diez años de andadura-, Sara Campbell, Fran Gil, José Manjón y la propia María Caudevilla, componen un equipo profundamente compenetrado tras largos años de trabajo conjunto, dándose entre sí una espléndida réplica en los registros vocales y en el plano gestual. Los espectadores se ven anegados por un torrente de poesía en acción que es innecesario desentrañar, en términos lógicos, sino simplemente sentir y disfrutar. El encadenamiento no sigue el orden de una argumentación racionalista, sino que se anuda mediante una trabazón de imágenes poéticas enlazadas por afinidades o parentescos líricos.

Sirvan de ejemplo las escenas que desembocan en el final de Sueño Lorca. Parte del diálogo de El público entre la Figura de Cascabeles y la Figura de Pámpanos, ha pasado ahora a ser un diálogo entre el Hombre Verano y la Mujer de las Manzanas, donde el juego erótico evoca la figura de Adán y la imagen bíblica de la manzana, junto a la amenaza criminal de un afilado cuchillo. Este pulso transita al puñal con el que Buster Keaton mata a sus hijos en El paseo de Buster Keaton, en el que de nuevo se sugiere a Adán y Eva, y cuyo desenlace es el preámbulo de Amantes asesinados por una perdiz, ahora interpretado asimismo por el Hombre Verano, la Mujer de las Manzanas y el Hombre Melancólico, justo a partir del instante en que se recuerda otra vez la historia bíblica de los amantes del Edén: “Una manzana será siempre un amante, pero un amante no podrá ser jamás una manzana”.

Un incidente, por último, que evoluciona hacia la desaparición trágica de los amantes, coronada por la Mujer-niño que hace suyo “Memento”, donde Lorca explica cómo desea ser enterrado cuando muera. Vemos como el orden de estos textos avanza desde la atracción pasional, -con el Edén, y Adán y Eva como trasfondo mítico-, hasta la amenaza de esos cuchillos que son augurio de un desenlace funesto culminado, al fin, por ese epitafio de “Memento” ante una muerte que se vislumbra. No hace falta descifrar esta reelaboración del nuevo texto, apoyándose en los de Lorca, para experimentar el progreso inexorable de la desdicha trágica a través de una vida vehemente y entusiasta.


Esto plantea una cuestión crucial, que exige una toma de postura clara ante un hecho que ya pertenece a nuestra memoria colectiva y que golpea nuestros corazones: el vil asesinato de Federico García Lorca y la desaparición de sus restos mortales, cuando todavía no había alcanzado su plenitud creativa. Un crimen tan espantoso no deja a nadie indiferente. La actitud ante él puede ser, sin embargo, legítimamente muy diversa. Quien recree su experiencia biográfica –aunque solo sea la de sus sueños y emociones-, puede decantarse hacia la ira y la protesta. También hundirse en sentimientos nocturnos de honda tristeza, e incluso descender a una macabra exploración gótica de lo siniestro del crimen. María Caudevilla mantiene de forma continua, en el trasfondo de la representación, ese tenso presentimiento de la muerte, del crimen y la tragedia, que siempre estuvo vivo en el pensamiento y la obra del creador de Bodas de sangre. La autora, como hemos visto, se cuida de mantenerlo ahí en un plano dialéctico permanente en el transcurso de toda la representación. Pero en ese conflicto dialéctico entre la existencia y la muerte, Sueño Lorca presta una máxima atención y expone en un primer plano esa incitación a una vida plena que Lorca aviva siempre en nosotros. Como se dice en Sueño Lorca: “Versos lorquianos en esta cabeza que despiertan amor por vida y que nunca morirán mientras nos movamos”.

Por eso, el subtítulo de la obra, El sueño de las manzanas, resulta toda una declaración de principios, tomado del poema “Gacela de la muerte oscura”, que comienza con estos dos reveladores versos: “Quiero dormir el sueño de las manzanas, / alejarme del tumulto de los cementerios”. Sabemos que la “manzana” es uno de los símbolos más reiterados de Lorca. En uno de sus poemas juveniles, fechado en 1920, con el título “Canción oriental”, lo declaraba taxativamente: “La manzana es lo carnal” La manzana, pues, de la pasión, la del disfrute que impulsa a los sueños con los ojos abiertos, la manzana de la creación y del enigma que incita a más vida. Un sueño ilusionado que nos aleja de las tumbas de los cementerios. Ese sueño predilecto de Lorca, es el sueño que elige María Caudevilla, en vez de decantarse por lo lúgubre o lo depresivo.

“Cuando yo me muera”, nos dice Federico García Lorca en “Memento”, y reitera la Mujer-niño como broche que pone punto final al espectáculo. Ese "cuando yo muera" nos sugiere que no está muerto, al menos no espiritualmente muerto. Porque sus sueños reviven en nosotros y estimulan nuestra vida. Y si el sueño es vida, como declarase Lorca en su último drama, El sueño de la vida, entonces María Caudevilla le vuelve a hacer respirar en este vitalista drama, porque ésta es su forma de soñar a Lorca, de proporcionar ese oxígeno poético para que subsista tanto en el escenario como en nuestros corazones sin hacernos sentir abatidos.

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