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Novela

Martín Sivak: El salto de papá

domingo 25 de noviembre de 2018, 17:30h
Martín Sivak: El salto de papá

Prólogo de Claudia Piñeiro. Seix Barral. Barcelona, 2018. 320 páginas. 19 €. Libro electrónico: 11,99 €.

Por Francisco Estévez

Este relato con la apariencia de crónica informal a caballo entre el periodismo, la memoria íntima, el diario reflexivo o la investigación detectivesca y escrito a la pata la llana, sin aparente estilo ni esfuerzo literario, resulta a la postre un ejercicio de reconstrucción poliédrica de un tiempo y un espacio convulso: los últimos 40 años argentinos, tan abigarrados ellos. El salto al vacío del empresario Jorge Sivak espolea a su hijo, el narrador del presente libro, a una indagación literaria con la cual saldar una deuda o siquiera cerrar un círculo ya demasiado amplio. El autor-narrador se convierte, a la postre, en un notario apasionado entre irónico y tierno del pasado. Con luz taquígrafa desvela las nieblas tramposas que dulcifican el recuerdo con su difuminar aristas: “El mito se cayó durante la verificación de datos cuando escribía estas páginas”.

En efecto, el suicidio, esa silenciosa muerte acallada por los medios de comunicación y que se alza año tras año como primera causa de fallecimiento por encima de las drogas, los accidentes de tráfico o la violencia de género, es el primer motor de esta narración. La larga sombra del padre viene aquí primeramente definida por negación, por lo que no fue, o sea “ni presidente ni gobernador, ni general, ni revolucionario, ni triunfante, ni intelectual, ni escritor, ni empresario influyente, ni deportista destacado, ni mártir”. Hábilmente el escritor pone sobre la mesa y ante el lector el problema: “Lo que sigue es una suma de esos restos y la dificultad para reunirlos”.

Napo, apócope de Napoleón, en virtud a su buena memoria con el que fue bendecido y una canción del prócer de la música uruguaya, Alejandro Zitarrosa, actuarán de rito iniciático del narrador. La importante y paradójica figura de Jorge Sivak viene recompuesta desde su estudio de abogados para defender a presos políticos hasta el detalle de algunos negocios disparatados o esa forma genial de resumir el declinar del banquero comunista: “Su banco prestaba mal y cobraba peor”, y de su empresa Buenos Aires Building, el monstruo que se lo terminaría devorando, “el fantasma que le empujo al vacío”.

La escritura del libro empieza poco después del nacimiento del hijo del autor, que funciona así como ofrenda doble a su padre suicidado, las letras y el hijo, como aquel precoz reconocimiento que tuvo al recibir noticia de la muerte de su padre a los quince años: “No va a conocer a mi hijo”. Desgajado en dos partes, la segunda comienza cuando el autor confiesa tener un borrador muy primitivo del futuro libro pero por consejo decide dar un vuelco a la manera de contar, añadiendo más allá de la memoria personal, con lo cual el libro ganará en documentación histórica.

Los capítulos se suceden in crescendo de manera hipnótica. Vale apuntar la narración del secuestro fallido de su tío Osvaldo Sivak en 1979 y del segundo secuestro, aquel fatal de 1985. Uno de los más célebres y polémicos secuestros dentro de ese infame y lucrativo negocio hispanoamericano de la extorsión. Es en estas líneas donde se presentará más crítico el autor contra parte de la familia, su tía, Marta Oyanarte. O el estupendo capítulo donde describe la asimilación de las influencias marxistas en la sociedad argentina, la mordaz ironía que despliega contra ciertos males que azotan los vendehumos, los arribistas, los ideólogos de bandera cambiante, los zarrapastrosos, en suma, de toda calaña. Hasta el recuerdo del presidente argentino, el general Lanusse, con su exceso de pulcritud, “hasta sus estornudos parecían pulcros y libres de bacterias”.

La escritura nos recuerda rápidamente cierta prosa de Ernest Hemingway. Ya saben, esa frase directa y lapidaria como un buen gancho de boxeo, no curiosamente Jorge Sivak practicaba ya el boxeo con las palabras, como observa el narrador, herencia a la que permanece fiel. Utilizando además aquella técnica de Miguel de Unamuno para narrar la historia, “intrahistoria” la llamó, esa que subyace por debajo de la gran Historia, la historia íntima que está por detrás pero que nos desvela las componendas nacionales y familiares en unos tiempos vertiginosos de Argentina.

La prosa presenta, en ocasiones, devaneos de torsión sintáctica: “No sabía que caminaba su contrariedad ante aquel exilio, la incomodidad del fugado”. Pero tiene el calado penetrante para dar buena cuenta de la pintura de la realidad, así, al narrar en qué tipo de mundo nació su hijo: “Postransgénico y de sobreprotección aparente en el que las plazas tiene pisos de goma para amortiguar las caídas de los niños”. Esa pincelada de “aparente” esconde toda una reflexión, pues, como bien indicara la teoría del iceberg de Hemingway, lo importante no es lo que se cuenta, sino cómo se cuenta, lo que queda por debajo del mar, toda la masa crítica del iceberg. En definitiva, de igual manera que en una escena del libro la magia literaria oculta en la polisemia desparramada de “nos confundimos en un abrazo”, permite al presente collage sobre la intrahistoria de la familia Sivak fundirse y confundirse en un abrazo con la historia de Argentina. Un cuadro de extraña belleza.

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