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ORIENT EXPRESS

Así se roba la Navidad

Ricardo Ruiz de la Serna
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ricardo_ruiz_delasernayahooes /22/22/28
domingo 02 de diciembre de 2018, 19:18h

Viene sucediendo desde hace años. Cada invierno se da un paso más. Todo es paulatino, silencioso y, en apariencia, normal. La propaganda más efectiva es aquella que va ocupando el imaginario de una sociedad -sus representaciones, sus espacios públicos, sus narraciones- de forma inadvertida o, incluso mejor, bajo el camuflaje de la diversión, la tolerancia y aun la libertad. De este modo, so pretexto de una pretendida inclusión, se va consolidando una exclusión efectiva.

Así se viene borrando la Navidad de nuestro tiempo.

Deténgase un instante. Observe la iluminación de las calles y trate de recordar cuándo fue la última vez que vio símbolos claramente alusivos a la fiesta de la Natividad y las celebraciones que la rodean (la Epifanía, por ejemplo). Ojalá en su ciudad no haya desaparecido, por ejemplo, la iluminación con motivos navideños. En Madrid, desde luego, la sustituyeron hace ya tiempo por unos cubos infames que ni regalos parecían y por unas especies de escobas terribles cuyo significado los sabios aún no han descifrado por completo. Estos días la Gran Vía se ha revestido un diseño de “luminarias” que, según el Ayuntamiento, pretende emular “un cielo estrellado y en algunas de ellas se podrá ver la figura de un gato intentando atrapar las estrellas”. Cada vez se habla más de las “vacaciones de invierno” en lugar de las “vacaciones de Navidad”, que presagiaban encuentros familiares, vueltas a casa y cenas memorables. Desde hace varios años, recibo felicitaciones de paisajes nevados con frases inspiradoras que parecen sacadas de manuales de autoayuda del tipo “cree en tus sueños y se harán realidad”. Todas dicen “felices fiestas”.

En Barcelona, la alcaldesa Ada Colau ha instalado en la plaza de San Jaime una “performance” de sillas vacías con un manto azul que representa a la Virgen, un martillo que simboliza a San José y un babero como indicador de la presencia del Niño. No nos ha ahorrado, por fortuna, un pastor defecando que haga buena la tradición de los “caganers”. Esta alcaldesa sabe respetar las tradiciones cuando quiere. En la estación de Atocha, ha sido necesario que la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios pusiese el grito en el cielo y recurriese a los medios de comunicación para que el Administrador de Infraestructuras Ferroviarias (ADIF) permitiese la instalación del belén que ponen allí desde hace 26 años. En 2016, la alcaldesa de Madrid Manuela Carmena decidió suprimir el nacimiento que se ponía en la Puerta de Alcalá y así sigue la pobre puerta: triste y sola en estas fiestas.

Naturalmente, esta descristianización de la Navidad se hace so pretexto de la “diversidad” y la “ilusión”, que despoja a la celebración de su sentido religioso para convertirlo en un tiempo festivo sin referencia sobrenatural alguna. En Madrid, la Feria Internacional de las Culturas “ofrece más de 300 actividades gratuitas y para todas las edades, gustos y sensibilidades. Entre estas actividades, incluye puestos de artesanía, conciertos clásicos navideños y DJs, sesiones de baile y canto, juegos, talleres, desfiles de moda, espectáculos diversos, ciclos de cine y mucho más”. Como en el tango de Discepolo, vemos “llorar la Biblia junto a un calefón”.

La alcaldesa Manuela Carmena ha tenido a bien engalanar la Real Casa de Correos para convertirla “en el Pueblo de la Navidad”. Allí, nos dice el Ayuntamiento, “los visitantes podrán visitar la aldea donde viven los elfos que trabajan para Papá Noel, la sastrería donde se confección los trajes de los elfos, el despacho del mismísimo Santa Claus y, sobre todo, podrán descubrir la fórmula mágica para que todos los regalos lleguen a las casas en la noche más especial del año”. Como pueden ver -disculpen la ironía- todo es muy religioso, muy evangélico y muy cristiano. Ya hablaremos otro día de cómo el Niño Dios, que recorre la Hispanidad de punta a punta, está quedando arrinconado por un Papá Noel sospechosísimo. Ni siquiera las otrora gloriosas Cabalgatas de Reyes se han salvado en estos años de las tropelías y el mal gusto.

Al final, entre un señor mayor vestido con los colores de una marca de bebidas refrescantes, un montón de puestos y mercadillos y una exaltación del consumo en la fachada de unos grandes almacenes, la Navidad madrileña lo tiene todo menos lo importante: el nacimiento de Jesús en un portal de Belén “porque no tenían sitio en la posada”. Me temo que no es el único lugar en que esto sucede.

En efecto, en muchas ciudades y pueblos de España, hoy, la Sagrada Familia se va quedando sin sitio preterida por las compras, los mensajes “inspiradores” y la frivolidad de unas luces que no rasgan las sombras.

La Navidad es una fiesta cristiana. Como decía Karl Rahner en “El significado de la Navidad”, “es algo más que un poco de espíritu pacífico y consolador. En este día [el de Navidad] en esta noche sagrada, se trata del niño, de un niño en especial. Se trata del Hijo de Dios que se hizo hombre, de su nacimiento. Todo lo demás en esta fiesta vive de ello, pues de lo contrario muere y se convierte en algo ilusorio”.

Así, esta supresión de la Navidad tiene consecuencias. Todo este espejismo de los buenos deseos y las lucecitas con gatitos intentando atraparlas tiene un fondo perverso: soslaya el significado profundo, revolucionario y transformador de la Natividad para convertirla en un tiempo de sensiblería y emotivismo, que son los enemigos mortales de la sensibilidad.

La lectura del primer domingo de Adviento, con el que comienza el año litúrgico, ya anticipa lo que significa este acontecimiento para el que la Iglesia se prepara: “cobrad animo y levantad la cabeza porque se acerca vuestra liberación”. Si Dios se hace hombre, el hombre mismo es redimido de su condición. Una Navidad bien entendida debería intranquilizar a los tiranos.

Así que deberíamos también nosotros alzar la cabeza y reivindicar el sentido profundo de este tiempo de liberación y eternidad. Vuelvo a Karl Rahner: “Por eso, la fiesta de Navidad no es poesía ni romanticismo pueril, sino la profesión de fe -lo único que justifica al hombre- de que Dios ha resucitado y ha pronunciado ya su última palabra en el drama de la historia, por mucho que el mundo hable y grite”.

He aquí el valor y la profundidad de lo que se intenta robar descristianizando estas fiestas.

Ricardo Ruiz de la Serna

Analista político

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