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Ensayo

Por qué la literatura experimental...

domingo 23 de diciembre de 2018, 17:33h
Por qué la literatura experimental...

Jekyll & Jill. Zaragoza, 2018. 205 páginas. 14,50 €.

Por Francisco Estévez

La ópera prima de Rubén Martín Giráldez, Menos joven, sorprendió con sonoro mazazo y elevado revuelo la mesa de novedades. El boca oreja llevó su nombre en volandas a ser una de las voces jóvenes más valiosas entre un club de selectos letraheridos. Su segunda novela, Magistral, extendió el secreto a voces de su excelencia y aupó a los semanales de cultura al autor (dejemos hoy a un lado esa piecita de singular belleza que tiene sobre Thomas Pynchon). Las lógicas del mercado arrastrarían al incauto a consumar rápido y publicar nueva novela en poco tiempo, desoyendo al propio ritmo creador no siempre coincidente con el motor económico. Sin embargo, si no leemos muy al sesgo, Martín Giráldez escapa de la ley implacable del anterior desencuentro de tiempos, sin concederse pero sin relajar muñeca y presenta bajo ropajes ensayísticos, incluso de traducción, lo que podríamos llamar “nonovela” a falta de otra acuñación menos vaga; este ensamblaje de poéticas bien le sirve para avanzar en la reflexión sobre la escritura por otros medios distintos a sus textos anteriores.

Contra lo que pueda apuntar el propio autor, el presente libro, Por qué la literatura experimental amenaza con destruir la edición, a Jonathan Franzen y la vida tal y como la conocemos de Ben Marcus con unos pinitos en pedantería a cargo de Rubén Martín Giráldez, no es un “pegote”, o un “hueco resudado”, sin pies ni cabeza. Así, nos encontramos primero y supuestamente con las deslenguadas y pertinentes argumentaciones contra Jonathan Franzen de Ben Marcus, (traducidas muy creativamente por el propio Martín Giráldez, como bien advirtió Vicente Luis Mesa). Tras ello, unos “pinitos en pedantería” del propio Martín Giráldez que alargan el discurso de Ben Marcus, accesorio en lo sustancial, al terreno patrio, y excusa narrativa para hacer dialogar con un fragmentarismo de “aforismos, sentencias y razonamientos” donde no hay pies ni cabeza porque, al igual que dijera Charles Baudelaire de sus Pequeños poemas en prosa, todo es pie y cabeza al mismo tiempo en este libro.

En pocas palabras, el volumen consta de tres ensayos, por concretar más, una diatriba y dos poéticas, que pueden dejar más plantado que una estaca al desprevenido. En efecto, aquí leemos a la postre una sofisticada elaboración donde se emborrona el deslinde entre creación y crítica, ensayismo o poética, forma y fondo, porque, como en el mismo tema a discusión, a saber: realismo frente a experimentalismo, tradicionalismo frente a vanguardia, comunicación o conocimiento, la naturalidad de la obra de arte y artificialidad de la naturaleza, quizá no sean más que maneras de ver un mismo temple (el buen entendimiento del formalismo ruso no induce tanto al extrañamiento de la forma sino al de desplazamiento del sentido).

Entre las interesantes reflexiones, destacar al menos una al vuelo. Si Roland Barthes ya dio muerte al autor, ¿dónde nos deja la estremecedora muerte del lector propugnada en estas páginas? Y la desgarradora conciencia de que no es sino una constatación de la realidad que sorprende que pocos manifiesten tan a las claras. Analizar aquí la enjundia y delicia de los grandes pormenores que amontona aquí la escritura de Martín Giráldez al repasar la vasta literatura que hay sobre el tema superaría los límites naturales de esta reseña, pero atienda el lector a sus propias delicias y ello sin entrar, por ejemplo, a ver las intertextualidades y tradición en la que se inscribe la propia página del “índice analítico” o el sarcasmo final acerca del encantamiento literario, acaso como prevención a vanagloria fatua. No presentaremos más detalles, dejemos a cada cual al curso de su gusto.

La elección de un género menor como es la diatriba, trasvasarla a otra categoría, mezcolanza de ensayo, poéticas ecosonantes más que dialogantes, es, aparte de la obvia nota de posmodernidad, vaya a saber qué se pretende señalar con el palabro, otra forma original de trascender narrativas desvencijadas, traer al siglo XXI una manera de narrar más propia de este tiempo. Las geniales torsiones del lenguaje y otras acuñaciones marca de la casa, como pueden ser aquí: “barriosesameo”, “ganivetadas” o “Pound apandao”, con genial nota a pie de página, y, por recordar otra torsión si cabe más gráfica, el vuelque de la nota 56, guiños tipográficos acordes con la forma/fondo de la escritura de Martín Giráldez y solo posibles gracias a un auspicio de tiempo atrás ahora confirmado, que nadie advertía y todo lo era, la fértil relación entre Rubén Martín y Víctor Gomollón, editor simpar de Jekyll & Jill, de una fidelidad similar a la que Jean-Paul Sartre y Albert Camus establecieron con la célebre Gallimard o como aquella que Cesare Pavese impregnó en los ánimos de Einaudi.

A la contra de distintas opiniones, esta nueva muestra de la obra de Rubén Martín Giráldez no resulta a este lector una rareza del tozudo contracorriente o el esnobismo del virtuoso, una filigrana en las ramas. Más acá, es una de las vías de presente y futuro de la literatura de buena ley que abandera con el mayor sentido estético pero, sobre todo, con la responsabilidad para su propio quehacer.

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