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RESUMEN DEL AÑO

La extinción de la era triunfal de Zidane y de la rivalidad entre Ronaldo y Messi

lunes 24 de diciembre de 2018, 08:45h
Además, el despido de Julen Lopetegui antes del Mundial ruso marcó el curso español. Por Diego G.

Este año que acaba será recordado en los anales del universo futbolístico como que vio al último capítulo de glorioso mandato de Zinedine Zidane como entrenador del Real Madrid. El técnico galo conquistó en Cardiff su tercera Liga de Campeones consecutiva en dos años y medio de estancia en el banquillo de Chamartín. Una barbaridad que él mismo se encargó de zanjar al anunciar que dejaba el timón de su obra semanas después de tocar techo en la leyenda de este deporte. El técnico veía cómo las riendas de la motivación y el compromiso sobre sus pupilos ya se le habían escapado.

Porque LaLiga demostró, a lo largo de los meses, que la regularidad no iba a resultar un concepto a conjugar por los merengues. Rondarían la desventaja de 20 puntos con respecto al impoluto e industial Barcelona -campeón del torneo de la regularidad, que perdió su condición de invicto en la peúltima jornada, en un 5-4 concedido en el Ciutat de Valencia-. 'Zizou' atisbó el refresco de los fantasmas de indolencia que persiguen a un camarín bajo sospecha de forma latente y activaría la aceleración de la obligada transición entre la apoteosis y la normalidad. Y con él hizo las maletas también Cristiano Ronaldo.

El luso cerraría su etapa en Concha Espina, de registros inigualables (ciclo de nueve años, con cuatro Copas de Europa, tres Mundiales de Clubes, dos Ligas, cuatro Balones de Oro, tres Botas de Oro y dos The Best FIFA, entre otros galardones), casi al término del 3-1 con el que su equipo venció al Liverpool en la final de la máxima competición europea de clubes. Sobre el verde, en ese emblemático 26 de junio en el que Gareth Bale reclamó los focos con un doblete -chilena y errores del meta Loris Karius mediante-, el portugués susurró lo siguiente: "Fue muy bonito estar en el Real Madrid". El mes siguiente estaba firmando el contrato con la Juventus a cambio de 105 millones de euros. Un traspaso chocante para el panorama internacional pero interpretado como inteligente por la cúpula madridista.

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Solo siento orgullo de haber sido tu jugador. Míster, gracias por tantísimo.

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"Es una decisión por el bien de todos. El mío primero y también de la plantilla. Un cambio es necesario para seguir ganando", dijo Zidane en su despedida. El gurú sobrevenido tras el despido de Rafael Benítez contempló cómo el desplome de la intensidad y concentración sólo era mitigado en las citad continentales. Destacarían las épicas batallas ante el PSG (3-1 en la ida y 1-2 en la vuelta), la Juventus (0-3 y 1-3, con terrible polémica arbitral) y el Bayern (1-2 y 2-2, en el cierre épico a un senda eliminatoria agónica). En el duelo ante el sistema dirigido por Jürgen Klopp -que venía de eliminar el City de Guardiola- sería capital la lesión de Mohammed Salah. Todo ello redondeó un escorzo de esfuerzo selectivo que valió el dibujo de una gesta sin parangón en este siglo. El galo se despidió con la racha más larga invicta para un entrenador del Real Madrid (amén de otras plusmarcas).

Antes de que llegara el verano, a Florentino Pérez le urgía localizar un entrenador para reconstruir la inercia ganadora. Eligió a Julen Lopetegui -seleccionador español-, toda vez que le fallaron un par de opciones. El acuerdo con el vasco explosionó la paz de España, pues el recién elegido como presidente de la Federación Española de Fútbol, Luis Rubiales, entendió el pacto entre el club y el técnico como una deslealtad y decidió echar al arquitecto del renovado combinado nacional. Por ende, Fernando Hierro asumió el brete y los octavos de final del Mundial ruso -ante la anfitriona- serían la frontera del rendimiento de la selección. Para la decepción generalizada.

Y toda la polvareda descarnada que envolvió a la arriesgada maniobra de la directiva madridista representaría un mal precedente que desembocaría en el doble despido de Lopetegui. "Ayer fue uno de los días más tristes de mi vida y hoy es el más feliz", relató el preparador en su presentación en el Bernabéu, recién llegado de la concentración mundialista (en dos días debutada con su selección). Y su estancia en Madrid duró 18 partidos: ganó la mitad, empató dos y perdió siete. Un total de 139 días en los que naufragó en el intento de imponer juego de toque y control a un conjunto de jugadores ganadores sobre una morfología física y contragolpeadora.

Dos citas marcarían el fracaso de Lopetegui. La primera aconteció en agosto. Se trató de la derrota en la Supercopa de Europa contra el Atlético de Madrid (2-4). Un aviso serio de lo venidero ante el club colchonero que había sido capaz de rehacerse de su eliminación prematura de la Champions hasta vencer en la final de la Europa League -0-3 al Olympique de Marsella, con doblete de Antonine Griezmann y diana de Gabi, antes de marcarse a Asia-. La cúspide que remarcó el dominio madrileño del fútbol europeo marcaría la distancia entre las ideas del vasco y las de sus futbolistas.

La segunda se vivió en LaLiga. Perdió en el Clásico contra el Barcelona (5-1). Esa fue su sentencia. El bloque estaba resquebrajado en cuanto a la táctica, energía y convicción, y viajaba lejos de una cima clasificatoria acaparada por los azulgrana. El Barça viviría esa victoria como una catarsis después del amargor de la remotada sufrida ante la Roma en los cuartos de final de la Liga de Campeones previa (ganaron 4-1 en el Camp Nou pero se derrumbron por 3-0 en el Olímpico transalpino). Y, al galope de la Messi-dependencia han logrado levantar el vuelo y la actitud con la vehemente intención de reconquistar Europa. En esas están los azulgrana, disconformes con sólo ser hegemónicos intramuros -le metieron un 5-0 al Sevilla en la final de Copa-.

Los madridistas, por su parte, todavía tratan de entender la profundidad del mandato asumido por Santiago Solari. El argentino se ha cobrado como víctimas a Marco Asensio e Isco, señalados en la convulsión buscada por el compañero de Roberto Carlos en la banda zurda del Madrid de 'Los Galácticos'. El respingo ganador trazado por Benzema, Bale y compañía, salipicado por el despertar de Courtois -fichaje estelar estival- y la oportunidad aprovechada por los hambrientos Lucas Vázquez, Marcos Llorente y Dani Ceballos, ha granjeado, por el momento, el tercer Mundial de Clubes concatenado. La eliminación de River Plate en las semis ante el Al Ain y el triplete del galés -MVP del evento- facilitarían el entorchado (4-1 ante los emiratíes, con tantos del Balón de Oro Luka Modric, Llorente y Sergio Ramos) que viene a registrar un bálsamo para el presente del aristócrata madrileño.

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La espectacular presentación de Luis Enrique, a ritmo de time-lapse

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En paralelo, el Atlético se ha reivindicado como el perseguidor más fiable del liderato del Barça en la lucha liguera. Lo ha hecho después de amarrar a Antoine Griezmann -que protagonizó una discutida retransmisión de su decisión- y de reclutar más talento técnico (con Rdri y Lemar a la cabeza). Los de Diego Pablo Simeone, en cualquier caso, todavía han de detectar la mezcla entre la técnica y la táctica para que no se escape un Barcelona falible pero más fiable que el resto. Que ha maquillado el adiós de Andrés Iniesta (se fue a Japón, como Fernando Torres) con Arthur, los vaivenes de Dembélé y la reacción de Luis Suárez y Jordi Alba.

Lo concerniente al plano alejado del césped -en el que dictó lo visto, para bien y para mal, un Real Madrid que ganó Liga de Campeones y Euroliga de baloncesto por vez primera en un mismo curso-, refutó la guerra de poder que vienen desarrollando Javier Tebas -presidente de LaLiga- y Luis Rubiales -regente de la RFEF después de imponerse al aspirante de Ángel María Villar, destituido en marzo, en las elecciones-. La cúspide de ese enfrentamiento -anticipada con la final de la Supercopa de España jugada en Tánger, con triunfo barcelonés- ha tenido al partido Girona-Barcelona como elemento de discordia. Tebas peleó por que se jugara en Miami, pero el órgano federativo, el sindicato de futbolistas, el CSD y la FIFA se negaron.

Finalmente, el Barcelona se bajó de ese barco y dejó "sin efecto" su disposición a viajar a Miami y disputar en esta ciudad estadounidense un partido de la Liga española, "después de constatar la falta de consenso existente alrededor de esta propuesta". "Mientras no se alcance un acuerdo entre todos los agentes implicados, este proyecto no puede prosperar", justificó la directiva culé, al tiempo que Tebas y Rubiales intercambiaban insultos sin cortapisas. Oscureciendo el potencial que los clubes españoles reivindicaron en la esfera internacional. Llegando a eclipsar la desazón por una selección nacional que busca su identidad con Luis Enrique como pastor y por una Liga que se ha quedado huérfana de rivalidad al deshacerse el antagonismo entre Ronaldo y Messi. Y por el fallecimiento de el mítico Enrique Castro 'Quini'.

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