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TRIBUNA

Lecturas para tiempos extraordinarios

viernes 04 de enero de 2019, 20:16h

Los tiempos de Navidad concentran momentos en que la razón del hombre sale un poquillo de la escena para dejar entrever unos instantes el milagro de Dios, un Dios creador nacido en un pesebre. Por ello es una época magnífica y propicia para leer a Shestov. Lev Shestov nos descubre en su Atenas y Jerusalén que la razón sobre evidencias y los conocimientos empíricos, interpretados racionalmente, han expulsado al hombre del Paraíso; es decir, de aquello que no es un constructo del hombre. El camino de la razón no tiene salida; te lleva a una inmutabilidad exenta de divinidad, del milagro, de los caprichos del Espíritu. No hay libertad en donde la ley de la razón se impone, porque la necesidad es la reina en el reino del “homo” pretendidamente “sapiens”, con sus lacayos de leyes y reglas de universo. Y no sólo el hombre se inmola como pobre esclavo a la razón, sino que al mismo Dios lo encadena a la Leyes de la razón y del universo interpretado por la razón, invadido por la razón de la pulga soberbia del hombre, haciendo de Dios un pelele inmóvil, al que se le prohíbe salvar al hombre a través de la aberración irracional del milagro. Dios enmudece sombrío y triste ante las Leyes del Universo con que el hombre ha aherrojado Su propia creación. La libertad determina, todo está predeterminado. Ni siquiera el “ipse creator et conditor mundi” puede cambiar las cosas. La libertad de Dios también se limita a obedecer. Kant va más lejos que Séneca: ni siquiera admite que Dios una sola vez haya ordenado. Nadie jamás ordenó, todos siempre obedecieron. Humanizada la creación de Dios por la razón, el Universo se transforma en una máquina programada por el hombre, y mecánicamente indiferente a los deseos del hombre verdadero, que Dios creó antes de que comiera del Árbol de la Ciencia del Bien y del Mal. “Eritis sicut Dii, scientes bonum et malum”, prometió la Serpiente al hombre y a la Mujer, si comían del Árbol del Conocimiento, y comiendo no se convirtieron en dioses conociendo el bien y el mal, sino en esclavos de su propia infinita soberbia inhumana. Cuando el conocimiento mató en nosotros la libertad, el pecado se apoderó de nuestra alma, porque todo lo que no procede de la fe es pecado, tal como nos enseñó San Pablo.

Si no hay ningún “quién” junto a la fuente del ser, tampoco puede haber ningún “quién” junto a la fuente de la verdad. Pero nada es imposible para el que tiene fe, y la voluntad de Dios se ríe de los ensoberbecidos conocimientos humanos. El milagro no es un acto de violencia contra la razón, sino contra la soberbia infinita del diosecillo Hombre. Tenía razón Sófocles cuando afirmaba en el segundo stásimon de su Antígona que “no hay cosa más terrible que el hombre”, porque tiene conocimientos pero no sabiduría.

A partir del momento en que el mundo dio la espalda a Cristo Redentor, el árbol del conocimiento ocultó para siempre el árbol de la vida. El conocimiento del hombre ha envenenado la alegría de existir y ha conducido al hombre al umbral de la nada a través de abominables y terribles pruebas. La situación de un hombre “qui sola ratione ducitur”, no es mejor que la del asno de Buridán, que moría de hambre entre dos haces de heno. Verbum Dei malleus est, conterens rationes humanas. La fuente de la verdad no es el conocimiento que la razón trae al hombre, sino la fe, únicamente la fe. Verbum Dei malleus est conterens petras”, dice Lutero repitiendo al profeta; sólo esa “palabra” puede destruir las murallas tras las cuales se atrincheró la razón. En todos sus escritos Lutero no habla sino del “malleus Dei” que quebranta la confianza del hombre en el conocimiento y en la virtud basada en las verdades provistas por ese conocimiento. En Martín Lutero, el “malleus Dei” golpea no al hombre, sino a esa “bellua” o “bestia obstinax” por la cual el hombre cree que, perfeccionándose moralmente, puede alcanzar la virtud que no exige ninguna recompensa porque ella misma ya es la beatitud, o, como él mismo dice: “homo superbit et somniat se sapere, se iustum et sanctum esse”. Por ello, “Dios necesita tomar este mazo en la mano para abatir y demoler y dejar en nada a esta bestia con su vana confianza, sabiduría, justicia y poder” ( Comentario de Martín Lutero sobre la Epístola a los Gálatas).

A pesar de las dudas de fe que toda criatura padece, las “tenebrae fidei” son más salvadoras que la ficticia y prepotente “lux rationis”. Lo contrario del pecado no es la virtud, sino la fe. El conocimiento, por su propia esencia, excluye la fe y el pecado “kat´exochén” – por excelecia -, o pecado original. Cuando el conocimiento mató en nosotros la libertad, el pecado se apoderó de nuestra alma. Se estableció un vínculo entre los frutos del árbol del conocimiento y la muerte. El sentido de las palabras de Dios no reside en que el hombre será castigado por desoír su mandato, sino en que el conocimiento encierra la muerte. “Se abrirán vuestro ojos”, así dijo la serpiente. “Moriréis”, así dijo Dios. La metafísica del conocimiento del Génesis está estrechamente ligada a la metafísica del ser. Si Dios dijo la verdad, el conocimiento conduce a la muerte; si la serpiente dijo la verdad, el conocimiento iguala al hombre con los dioses. Otra vez el segundo stásimon de la Antígona del piadoso Sófocles.

A los Reyes Magos ( Wise Men ) los guió la estrella de la fe durante su peregrinaje hasta llegar al Niño Dios y adorarlo. Es la fe que fundamenta la sabiduría cristiana.

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