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Ensayo

Fernando Fraga: Rossini y España

domingo 13 de enero de 2019, 22:47h
Fernando Fraga: Rossini y España

Fórcola. Madrid, 2018. 176 páginas. 15,50 €.

Por Rafael Fuentes

Aunque hoy nos dé la impresión de ser un arte elitista, la ópera no se halla tan lejos del pensamiento popular como pudiera parecer a primera vista, pues en los escenarios del bel canto se ha fraguado una parte muy sustancial -mucho más amplia de lo que sospechamos- del imaginario colectivo occidental moderno. Si esto afecta, sin duda, a toda la cosmovisión de la historia occidental, incumbe todavía de una forma más poderosa y exacerbada a la idea pública de España, de sus caracteres y de episodios clave en su trayectoria histórica, acompañada por las fantasías estéticas e ideologías soñadas en las partituras operísticas. No solo en la visión de lo español mirado desde otras culturas, sino también, en muchos casos, en la autopercepción que los españoles tienen o han tenido de sí mismos. Piénsese en la fuerte impresión que en la idea de lo español poseen las historias de don Juan, de la cigarrera Carmen, de Felipe II en liza con su hijo Carlos, de la peripecia de Hernán Cortés, o entre otros muchísimos ejemplos más, el celebérrimo Fígaro sevillano burlándose del poder de la aristocracia hispana, arquetipo del pueblo español frente al poder.

Cierto que don Juan toma carta de naturaleza con El burlador de Sevilla, de Tirso de Molina, ¿pero habría alcanzado tal difusión internacional sin la ópera de Mozart? Carmen la cigarrera surge de un relato de Mérimèe, y sin embargo, ¿gozaría de su actual universalidad si no la hubiera subido a escena, con toda su belleza vocal, Georges Bizet? Schiller inventó ese quimérico príncipe Don Carlos, alzado delirantemente contra el poder despótico de Felipe II, y, sin embargo, ¿poseería su carácter mítico si Verdi no hubiera confeccionado a partir de esa tragedia alemana su Don Carlo? Es memorable la astucia que Beaumarchais otorga a su Fígaro frente al conde de Almaviva, pero, no obstante, ¿habría disfrutado de la impresión global que causó durante siglos si no hubiese subido a las tablas como El barbero de Sevilla de Rossini y Las bodas de Fígaro de Mozart? Hasta el mismísimo Napoleón encargó a Gaspere Spontini en 1809 su Fernand Cortez, o la conquista de México, con la ladina intención de presentarse a sí mismo como un segundo Hernán Cortés digno de expulsar a la monarquía borbónica y sustituirla por la suya propia. Conocía, sin duda, la fuerza política del arte, y el enorme poderío y sugestión de los escenarios y de las obras del canto lírico.

Gran parte del repertorio operístico más influyente gravita sobre España –y muy en particular, en torno a Sevilla-, y no son ajenos a esta ascendencia trascendental compositores como Gaetano Donizetti, o Gioachino Rossini. Fernando Fraga nos acaba de entregar un amenísimo y exhaustivo recorrido por los motivos que vinculan la ópera de Rossini con España y las numerosas y muy diversas consecuencias que esto tuvo, incluso para posteriores compositores. Destaca, sin duda, la ascendencia de lo español en el gran músico tras instalarse en Nápoles, muy cerca del teatro San Carlo que había fundado el que llegó a ser el rey Carlos III de España, y donde estrena su primera obra napolitana Elisabetta, regina d'Inghilterra.

Las páginas del ensayo biográfico Rossini y España nos descubren la no menos impronta española recibida por Rossini a través de su primera amante, y después esposa, Isabel Colbran, italianizada con el nombre artístico de Isabella Colbran, una de las grandes divas del bel canto de la época, nacida en Madrid -en una calle hoy barrida por la Gran Vía-, e hija de un padre trompetista de Valladolid y una madre oriunda de Almendralejo, Badajoz. Los vínculos de la precoz mezzosoprano española y el genial compositor ocupan un lugar privilegiado en la influencia de lo español sobre Rossini, además de formar todo un extraordinario relato novelesco con giros melodramáticos y contrapuntos bufos que podría constituir por sí mismo el entramado de una ópera del propio Rossini.

No deja de tener idéntica importancia el banquero que gestionó la inmensa fortuna que atesoró el excepcional compositor de Pésaro, no solo conservando un capital que solía perderse con la mima rapidez con que se recibía, sino sabiendo invertirlo audazmente hasta hacer a Rossini inmensamente rico. Ese banquero no era otro que Alejandro María de Aguado, español nacido en Sevilla en 1784 y con una existencia no menos asombrosa y novelesca que la de Colbran, la esposa del autor de El barbero de Sevilla. Aguado había luchado contra Napoleón en Tudela y Uclés, pero en Sevilla se alistó en las filas de las milicias de José Bonaparte, nada menos que bajo las órdenes del mariscal Soult. Tras alcanzar el grado de coronel, la derrota francesa le obligó a exiliarse en París, donde los azares de aquella Europa parecían tenerle predispuesto un triste desenlace como menesteroso pordiosero. Pero su audacia le hizo ser pionero en el comercio con las repúblicas hispanoamericanas recién independizadas, convirtiéndose en la primera fortuna del mundo.

Sus lazos con Rossini no eran casuales. Desde su fabuloso patrimonio, Aguado financió el teatro francés, la Ópera de París, y alentó a escritores como Balzac y Nerval. Aunque su relación con Rossini fue particularmente privilegiada. Les unía la pasión política, su desprecio por las monarquías y su entusiasmo por el republicanismo.

Se nos narra aquí con elocuencia esa alianza política entre el capital y el arte, que contribuyó decisivamente a una renovada ascendencia de España en Gioachino Rossini, incluyendo el patronazgo de la visita de este a Madrid, en olor de multitudes constatada por Mesonero Romanos, así como la composición de su Statab Mater sufragada por el canónigo gallego Manuel Fernández Varela. Consecuencias que solo fueron el inicio de una sorprendente cadena de carambolas entre Rossini, la ópera y España, contadas con un delicioso estilo por Fernando Fraga.

Vista en su conjunto, esta concatenación de vínculos entre el creador de L’ italiana in Algeri y lo hispano, no solo animó el interés del mundo operístico por temas españoles, sino también a presentarlos siempre -a veces retorciendo, bellamente, la veracidad histórica-, como un duelo entre el ímpetu del pueblo en busca de la libertad y la cerrazón obtusa de los poderosos, algo que no deja de constatarse en las óperas de Beethoven, Mozart, Bizet o Verdi. A través de esa ascendencia, Rossini contribuyó de forma poderosa a elevar a escala mundial bellezas y estereotipos de España hoy todavía en plena vigencia.

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