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MINGOTE, EL GENIO

martes 15 de enero de 2019, 10:49h
Mingote, el genio, cada viñeta un tratado de metafísica, de ontología, toda la ciencia del ser en un trazo furtivo; Mingote, el genio...

Se cumplen ahora los 100 años del nacimiento de Antonio Mingote, uno de los 50 españoles más destacados del siglo XX. La Real Academia Española lo eligió académico el 22 de enero de 1987. Luis María Anson, director entonces del ABC verdadero, dedicó a Antonio Mingote la tercera que reproducimos a continuación como homenaje al excepcional personaje que llenó casi un siglo de la vida española.

Mingote, el genio, cada viñeta un tratado de metafísica, de ontología, toda la ciencia del ser en un trazo furtivo; Mingote, el genio, el que cada día pone al descubierto la incógnita del hombre, el alfa y omega de la existencia humana en la desolada sonrisa del pensamiento profundo.

Mingote, el genio, el que dejó pintados y bien pintados los muros de la España de Franco; el que pudo dibujar y dibujó la transición democrática; el hombre atónito ante la vanidad y la vaciedad de los políticos actuales; ante el patio de monipodio de los partidos españoles, el mayor espectáculo del mundo.

Mingote, el genio, el más auténtico progresista, con Miguel Delibes, de la España dolorida de nuestro tiempo; en todas las ocasiones al lado del débil; siempre en defensa del paisaje agredido, del animal asediado, del toro ensangrentado que dobla ante el torero de la espada y el verduguillo; del niño ante la incomprensión, ante la crueldad del mundo adulto; de la mujer sola, del ciudadano abrumado frente al poder, del pobre ante el rico, del negro ante el blanco, del subalterno ante el jefe, del joven cercado por el oscurantismo moral, de las pequeñas naciones marionetas de las grandes.

Mingote, el genio, el que ha dicho: “El día en que deje de aprender, ya nada tendrá sentido para mí”; el periodista, el ejercicio del lápiz contra quien manda; el que, sin ofender a las instituciones, siempre estuvo contra todo abuso de poder, contra el poder, si mal utilizado, del Gobierno, de la Banca, de los militares hirsutos, los resentidos eclesiásticos, los empresarios voraces, los corrompidos especuladores, la burocracia deshumanizada; el que denunció, sin dejarse jamás flexionar, los errores de los franquistas cuando gobernaron; de los centristas cuando lo hicieron; de los socialistas, ahora; el que combatirá los fallos de los conservadores si algún día las elecciones los encaraman en el podio.

Mingote, el genio, el hombre libre, el más libre de los ciudadanos españoles del siglo XX; el que considera el humor muy útil y no sabe para qué; la contenida admiración por el ácrata, el pasota, el vagabundo al borde del camino que nunca ha de tornar, ligero de equipaje, como los hijos del charco y el marjal.

Mingote, el genio, el erotismo limpio de la alegría, la carne joven al sol dorado del aire libre, el lápiz implacable contra la vieja puritana, la hipócrita de la gordura y el maquillaje, las cadenas de los convencionalismos, el agobio de las buenas costumbres falsas, los gamberros y los matones de las calles arrasadas.

Mingote, el genio, el de la pareja siniestra, grilletes, esqueletos, polvorientos castillos de la juventud del dibujante en la cripta de la dictadura; el de los hombres de negro, reaccionarismo estéril del viento oscuro de la sociedad, de los harapos de la Historia; la denuncia permanente del inmovilismo y el dogmatismo de los hombres de derecha y de izquierda, hijos de la ira, con cabezas furibundas y cuerpos de piedras inmutables.

Mingote, el genio, el que con el inefable Gundisalvo del bigotito del Movimiento y el incesante egoísmo dio el golpe de gracia a la política franquista; el que descarna ahora los nacionalismos estériles, las descabelladas autonomías, el retroceso a la disgregación de la Edad Media; el que, frente a la falsedad de los políticos, está siempre, y de verdad, al lado de los humildes, cerca de los que sufren, para vendar con su lápiz las heridas del pueblo.

Mingote, el genio, el que radiografía la condición humana y ha identificado en el hombre primitivo las mismas pasiones, los iguales sentimientos, la idéntica mentalidad del ciudadano civilizado de la jungla de asfalto y el tráfico agobiador.

Mingote, el genio, la delicadeza para los enamorados, la ternura para el largo paseo, para las apretadas manos, para el amor profundo y sosegado; la poesía en cada viñeta, en cada rasgo, en cada palabra; los largos días de Isabel y rosas; dibujos de amor como versos todavía sin cicatrizar.

Mingote, el genio, escritor de una veintena de libros, la precisión literaria, la belleza de la palabra, el éxito también en el teatro y el guion de cine; el oído atento para escuchar los quejidos de la Historia; el poder de síntesis para resumir en unas líneas el subconsciente colectivo, lo que piensan centenares de miles de ciudadanos sobre un asunto cualquiera de actualidad.

Mingote, el genio, uno de los mejores humoristas de la historia de la Literatura española, después de Cervantes; al que de tanto leer y tanto dibujar cuerpos y almas se le secó un día el corazón y le golpeó el infarto, y ahora saca todas las mañanas su alma herida a pasear por el Retiro y tiene en sus silencios algo de aquellos toltecas que eran ciertamente sabios porque solían dialogar con su propio corazón.

Mingote, el genio, uno de los grandes humanistas españoles del siglo XX; el que ha conseguido que un dibujo de humor diario se convierta en la sección más seria de ABC.

Mingote, el genio, el que corre a toda velocidad hacia ninguna parte y va de un lado para otro por el laberinto de la soledad; el que ha dejado con Hombre solo uno de los grandes libros de la España contemporánea; el que hoy ha sido sabiamente acogido por la Real Academia Española, que, honrándole, se honra y enaltece.

Mingote, el genio, el hombre bueno al que todos quieren, el que ha dicho ante la sociedad cruel que nos rodea: “Tengo que esforzarme muchas veces para no regalarle mi lápiz a un pobre y echarme a llorar”.