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DESDE ULTRAMAR

Huachicol: desfalco exorbitante

Marcos Marín Amezcua
viernes 18 de enero de 2019, 20:45h

“Huachicol” es un vocablo de origen maya que le sonará extrañísimo a usted amigo lector en citramar, tal y como a mí en ultramar me suena “escrache”. Claro, ambas palabras describen algo, pero no se utilizan en el contexto español, la primera, y en el mexicano, la segunda, aunque a los lectores mexicanos adelanto que ya sucede el escrache cuando algunos ciudadanos acuden a la casa particular de López Obrador a gritarle tres verdades. El escrache es la onda, tal parece, aunque como siempre pasa: sí que hay opiniones divididas en torno a tal.

Pues bien: el huachicol en un término que significa ‘forastero’ y por antonomasia, ‘ladrón’. Ligado luego a la idea de crearse bebidas adulteradas, el tequila, por caso, para venderlas más baratas –diluidas para su mayor rendimiento y en cierta forma, favoreciendo su impostura y la suplantación de las auténticas– tal ejecutor, huachicolero, derivó en ladrón, a una clase de malandrín que perfora los ductos estatales de combustible, sustrayéndolo ilegalmente y revendiéndolo mediante extorsión al comprador que es el gasolinero, las más de las veces. Suplanta al Estado. El huachicoleo es la actividad y el huachicolero quien la efectúa. Suplantar al Estado en la distribución del combustible y desde luego con su carga de adulteración y amago al amenazado comprador, nos conduce al huachicol.

Este robo de la gasolina desde los ductos estatales para revenderla de manera ilegal a los despachadores del carburante, mediante extorsión o simple (la menos) búsqueda de mayores dividendos al mejor costo por parte de aquellos, implica que los huachicoleros existen porque siendo ordeñadores de los ductos, se los permitió, solapó e impulsó por años hasta generarle a México perdidas por 30 mil millones de pesos anuales, cifra estratosférica en contra de todos los mexicanos y exhiben el problema de la corrupción, cuyo agravante es el ser institucionalizada, pues no hay misterio inextricable: el Estado mexicano fue el propagador y sostenedor más absoluto del huachicol y la prueba nos evidencia y nos recuerda que la responsabilidad recae de forma directa en los partidos que lo detentaron: PRI y PAN, hoy reclamantes de soluciones al problema de desabasto de gasolina generado por la obligada obstrucción de ductos perforados, mientras se apresa a los responsables del desfalco sistemático, que mal atendieron, si es que lo hicieron de verdad en su respetivo turno. Al partido gobernante, Morena, lo acorralan como es previsible. El trance es entendible en un cambio de gobierno que rompe contubernios. Por eso salpica a tantos combatir el huachicol y enoja a muchos más. ¿Capturados oficialmente, hasta hoy? Nadie. ¿Versiones? Todas.

No hay país que aguante semejante sangría, un boquetote al erario público santificado por los gobiernos del PRI y del PAN, como que sus dudosas acciones de prevención fueron un rotundo fracaso. Como puede usted adivinar, tales partidos en plan de ofendidos, lo niegan.

Los esfuerzos por frenar el huachicol han partido de cerrar los ductos por donde transita el combustible (que están perforados para su ordeña ilegal), interrumpiendo así su flujo y al detener el suministro para distribución, golpea a los gasolineros y a empresas que lo adquieren robado, sea por retraerse los huachicoleros o quedarse sin producto, afectando el reparto normal y la venta; mientras se frena el desembarco de gasolina, pues no tiene sentido desembarcarla si cae aquella en manos de los huachicoleros que perforan los ductos por donde pasará. Y el retraso genera problemas de almacenamiento en tierra. Eso nos cuesta ya en sí de 30 a 50 mil dólares diarios por la renta de cada barco fondeado sin descargar. Las fuerzas armadas han tomando instalaciones de la petrolera Pemex, Petróleos Mexicanos, endeudadísima y saqueada, distribuidora de los combustibles y han enfrentado el boicot y la agresión de los huachicoleros que no están dispuestos a soltar su botín tan fácilmente conseguido por años. Mas detrás va Hacienda y las clausuras de expendios. Y la configuración del delito de huachicol. Gasolinerías que ya no abrieron delatan a quién le compraban el carburante. Estrategia hay, mal que no les guste a los opositores a López Obrador y aun juzgando sus resultados, son todavía tempranos para tal enjuiciamiento de la opinión pública polarizada.

Las pérdidas colaterales se calculan ya en la economía nacional rondando los 24 mil millones de dólares. Y créame que hay a quien lo que le preocupa es que López habla lento, a juzgar por sus doctas observaciones. Y sin embargo, las encuestas alertan que amplios sectores, los más, apoyan la medida del combate al huachicol y no obstante que usted deba formarse un largo tiempo en las gasolinerías para recibir el combustible, pues la distribución se realiza ahora por falta de los ductos perforados, con base en pipas (camiones cisterna, como los denominan en España) lo que dada la extensión del México, dificulta y retrasa el abasto, sumándose las compras de pánico donde no hacían falta, entorpeciendo satisfacer la demanda. Las extenuantes filas de espera nos convierte en Venezuela, lanza histérica la oposición. Desde luego que es un disparate afirmarlo y un desatino tragarse la propaganda opositora. Pero no lo dude: yo le avisaré si un día nos tornáramos en tal.

La afectación a la economía, existe. A los ciudadanos en concreto, igual. Pero al país, sin lugar a dudas, porque eso nos deja el huachicol: una economía fracturada. Repito: el huachicol, no el gobierno que lo persigue sabedor de su clandestinaje difícil de asir. Para unos todo esto facilita culpar al gobierno de izquierda de López Obrador. Para otros, donde me incluyo y que se permita alardear sensatez, el problema es puntual: se dejó crecer la ordeña. El robo del combustible y ello aparejó un saqueo a las riquezas nacionales. No sé si se consiga detenerlo al cien por ciento, pero desde luego que el golpe a su práctica ha sido certero, porque ha hecho perder a sus protagonistas y evidenciado redes de explotación, tráfico y ordeña, compra-venta ilegal de gasolina, evasión de impuestos de los gasolineros– que compran robado, pero cargan al automovilista el impuesto, sin enterarlo todo– y a funcionarios que permitieron esta red de complicidades y una podrida manera de entender la riqueza y como esquilmarla, pero en contra de México. Puedo decirlo más alto, pero no más claro.

A mí no me paga decir que López Obrador es el culpable del desaguisado creado por la falta de distribución de combustible al cerrar los ductos desde donde lo propinan. Prefiero apuntar de momento a los sexenios previos que fomentaron y lucraron con esta práctica deleznable en detrimento de todos los mexicanos. Infelices ladrones, ¡malparidos! es lo mínimo que se merecen decirles a todos los involucrados. Y me quedo corto. Por mí que siga esta lucha porque desde luego, como decía mi abuela: “si nos va llevar el diablo, siquiera que sea en caballo”. O dicho de otra manera: si vamos a perder, que perdamos todos, incluidos los del actuar ilegal, los primeros. Para que la cosa sea pareja y ¡bravo! por las autoridades que se fajan ahora sí y afrontan el escabroso tema.

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