TRIBUNA
Teatro del bueno
miércoles 30 de enero de 2019, 20:34h
Los días 12 y 13, sábado y domingo, del mes que termina hemos tenido ocasión de ver en el teatro de La E.M.T., cercano a Plaza de Castilla, la obra titulada “La Diva” de la autora novel Mila de Juanes. De esta autora yo había leído no hace mucho su novela “Acoso a Jaramaga” que ambientada en el mundo rural del agro español de hace cierto tiempo me gustó sinceramente, los personajes estaban diseñados con brío y el argumento, aunque recordara en determinados momentos al maravilloso Delibes de “Los Santos inocentes”, no obstante lo hacía la autora con probada soltura y eficaz dramatismo.
De aquella lectura de “Jaramaga” me quedó el sabor y por qué no ocultarlo el recuerdo de una autora en agraz que podía dar mucho juego. He de confesar que después la conocí y encontré en ella una delicadeza y un trato especial que me agradó sobremanera.
He seguido sus pasos y efectivamente ha seguido escribiendo aunque a un ritmo entrecortado. Saben los lectores que cada persona tiene su perfil, que cada persona tiene su peculiar hábitat espiritual, espiritual y por lo tanto su ritmo.
De una familia rural hacendada, con uno de sus miembros pintor de gran talento, cuyos óleos han sido comprados por personalidades conocidas e instituciones financieras.
La amistad con esta autora ha formado parte de un asiduo coro que en un segundo plano me han acompañado con frecuencia en distintos ámbitos, a veces culturales y otras de esparcimiento y veraneo, en los útimos estíos en el Hotel Vista Alegre de Benicassim (Castellón).
Ahora salta a las tablas como dramaturga con la obra “La Diva”, que ha sido dirigida por el también amigo Ángel Borge, director, actor, adaptador de piezas teatrales con muchos años de experiencia. Posiblemente Borge sea de los últimos directores vivos con experiencia y oficio artesanal que aún quedan. De él podemos aprender mucho teatro y teatro del bueno, pues formado en París y también en el cine de René Clair, sabe hacer bien el teatro siempre escrupulosamente acorde con el texto y el espíritu de sus autores. Creo conocerle bien pues nos hemos tratado a intervalos durante décadas, él me conoce prácticamente desde mi estreno y lanzamiento con mi oba “la Tienda”, que fue Premio Nacional, y donde tuvo que ser, en el Nacional María Guerrero de Madrid. En mi producción y a lo largo de mi vida algo turbulenta, dada mi salud siempre precaria, he alternado con los mejores profesionales o por mejor decir, los más conocidos, y con otros que sin tener ese relumbrón sin embargo sabían una burrada.
Cosa que me sigue ocurriendo ahora, en las postrimerías, con hallazgos para mi grandemente sentidos y enriquecedores como ha sido el de la directora, adaptadora, bailarina y actriz de primerísima fila Paloma Mejía, y el no menos cordial, encantador y de dinámico empuje el empresario Juan Carlos Rodero, sobrino del famoso actor, uno de los mejores sin duda de la segunda mitad del siglo XX, con el que coincidí en varias ocasiones en los estudios de Prado del Rey donde grabábamos las Series de los Premios Nobel y los grandes escritores del siglo XX .
Pero a lo que vamos, “LA DIVA,” escrita con admirable pulcritud y sentido del teatro por Mila de Juanes, ha brillado con luz propia en la sobria, profunda y meditada dirección por Ángel Borge, y magníficamente interpretada, en sus diálogos, en sus silencios, y en su admirable y equilibrada fuerza interior por los actores y actriz, Consuelo Luengo, en el papel de “La Diva”; y el siempre magnifico en su profesionalidad acreditada Javier de Blas, en el papel de Hildemaro, hijo precisamente de “La Diva·”, y David Martín, en el papel de amigo de Hildemaro en las secuencias de su estancia en la elegante casa, junto al mar.
Es el mundo de los pintores y es simultáneamente el mundo del amor, del desamor y de los sentimientos encontrados y complejos, de las pasiones, de los malentendidos que podrían dar origen a desenlaces no deseados.
Por eso el producto final es impresionante, teatro del bueno queridos lectores/as, no mamarrachadas, ni miniteatro, ni distorsiones o deformaciones de determinados textos consagrados en una concesión muy dañina a la galería y a la incultura de cierto sector aborregado o embrutecido de la España actual, pues ya precisamente en aquella mi obra “La Tienda”, el dependiente tan crítico, llamado Nico, le espeta un día al seño Timo, dueño del negocio, en alusión a lo que allá por los años setenta del siglo ya pasado podía ocurrir: ”Si el pueblo pide mierda, dadle mierda.”
Eso que ya entonces comenzaba a ocurrir, en la actualidad se ha visto incrementado hasta unos límites alarmantes en los diferentes ámbitos de la vida y por lo tanto también en el del teatro.
Y si el pueblo pide mierda, se le deja en ayunas y a palo seco un tiempo prudencial y suficiente, para a continuación volverle a reeducar como si se tratara de un niño pequeño y olvidadizo.