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RESEÑA

Trilogía del exceso, de Juan Bas

José Manuel López Marañón
viernes 04 de septiembre de 2026, 19:56h
Trilogía del exceso , de Juan Bas
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La editorial Reino de Cordelia ha tenido el acierto de publicar, en un solo volumen y con el título Trilogía del exceso, las novelas protagonizadas –hasta la fecha– por Francisco Javier Murga Bustamante. Nacido en 1959, Pacho (así gusta nombrarse y que lo llamen), es un desmesurado personaje creado por Juan Bas. Los títulos que conforman la suma que hoy reseñamos son: Alacranes en su tinta (2002), Voracidad (2006) y Ostras para Dimitri (2012).

Fue el poeta, pintor y grabador londinense William Blake (1757-1827) quien, rechazando el racionalismo de la Ilustración y basándose en el misticismo y la imaginación para conectar con lo divino, dejó escrito: «el camino del exceso conduce al palacio de la sabiduría».

Y en la autobiografía que es Trilogía del exceso, Pacho precisamente nos muestra, a conciencia y casi por obligación de tan exagerada como disfrutable manera, esa senda vital –llena a partes iguales de ilimitado placer e intenso dolor– por él gozada y sufrida. Resignado en un caserío a las faldas del vizcaíno monte Amboto, ya en las páginas finales del libro, este bilbaíno sintetiza el itinerario que ha desembocado en su clarividente conformismo:

«Así es mi sencilla nueva vida. Al final del camino del exceso, el epicureísmo me lleva a lo ascético. O eso intento creer. Todo lo que necesita un ser humano para ser feliz es la ausencia de dolor, un rayo de sol, agua, un par de sardinas, un poco de pan y un puñado de aceitunas. Y que alguien le quiera. Yo le añado alguna gollería y un poco de imaginación y buen gusto para que no me fagocite el autismo rural».

En Alacranes en su tinta primogénito de una familia de clase alta y cuarentón devoto de Tintín sin oficio ni beneficio, Pacho es, todo a la vez: ludópata, putero, bebedor de champán y dry martinis; además, confiesa, «la tensión nerviosa me produce siempre un hambre compulsiva, sibarítica e incontrolable». Este plácido pasar entre casinos, bares y restaurantes de Bilbao acaba cuando el padre le corta el grifo. «Aquí termina la vida y comienza la supervivencia», se dice un angustiado Pacho. Inútil para ganarse la vida (lo intenta como crítico gastronómico o agente cultural), pero buen conocedor de la micrococina excelsa, convence al cocinero guipuzcoano Antón Astigarraga Iramendi (un cincuentón dipsómano clavado al capitán Haddock de Hergé y discípulo de Paul Bocuse, el mejor chef del siglo XX) para poner un bar que siendo ineludible referente gastronómico atraiga a políticos y artistas adictos al canapé. En un sórdido antro, La cocina del infierno, contemplando el perfecto culo de un travestido, lo ha sacudido una epifanía joyceana:

«A los cuarenta y un años, en una letrina y en medio de una orgía de fenómenos de feria, acababa de descubrir mi misión en la vida: poner en pie el Mapamundi de Bilbao, el mejor bar de pinchos de creación del planeta».

En solo cuatro meses Pacho convierte su Mapamundi en ese «local de primera categoría y con un toque británico: un bar de Bilbao de toda la vida y a la vez atemporal, por encima de modas efímeras». Diciembre de 2000 aporta la ocasión para que el ya conseguido prestigio alcance su cénit: el ágape navideño para mil invitados que el gobierno vasco da en el Guggenheim será servido por Astigarraga. Pero el socio de Pacho, para esa velada, prepara una obra maestra de la maldad... Antón acaba resultando un personaje tan fuera de norma y desequilibrado como nuestro propio protagonista:

«Pero tenga en cuenta que toda mi vida estaba basada en el exceso, desde mis gustos a mis planes de venganza; y le aseguro que una existencia sin matices acaba por imprimir carácter».

En Voracidad, tras un coma de dos años, Pacho despierta sin gusto por la cocina de creación. Ahora prefiere la comida basura y alterna Vega Sicilia con cubatas baratos. Se descubren nuevos atributos suyos. Uno es que si, por condición familiar, debería votar a la derecha él lo hace a partidos de izquierda; otro engloba gustos literarios y cinéfilos, siempre de altura: no solo en Voracidad, también en sus demás novelas cita con oportuno acierto a Borges, Cortázar o Shakespeare, o recurre a clásicos del séptimo arte –como John Ford– para ilustrar acontecimientos. Pero su afición por la bebida va in crescendo. Cómo le afecta este vicio queda resumido en un párrafo revelador:

«Cuantas cosas buenas y malas me ha reportado el alcohol a lo largo de la vida: desde momentos sublimes de conversación, bienestar, destellos brillantes de la inteligencia y el ingenio, hallazgos humorísticos, capacidad de seducción, lágrimas felices y la aceptación de la pesada broma que es la vida, hasta despilfarros de tiempo y salud, lóbregas resacas enajenadas o ruines, fealdad o feísmo, exacerbación de la ira y la intolerancia, debilitamiento, abulia, impaciente torpeza, degradación mental e inmadurez para estar a la altura del compromiso amoroso. La cara y la cruz; la luz y la oscuridad. Mezclo a partes iguales, le añado unas gotas de encogimiento de hombros, agito en coctelera enfriada y brindo por el conjunto».

Su padre muere dejando solo deudas y Pacho pretende, sin éxito, que unas tías suyas de caserío le hagan una donación en vida. El Mapamundi de Bilbao se ha transformado en Eros, un tugurio prostibular. Allí conoce a Ricardo Ares, gallego de ácido sentido del humor que lo convence para ir a Madrid a probar fortuna. En un sórdido piso él y Ricardo malviven comiendo en restaurantes chinos y cenando amazacotados churros. El vizcaíno asiste impotente a la autodestrucción del coruñés, original individuo lector de Kipling, Kafka y Oscar Wilde que es «una mezcla de Peter Pan y nihilista misógino».

Gracias a contactos de Ricardo ambos se incorporan a un equipo de guionistas a las órdenes del director de origen rumano Vasili Karlovo, que les pide series de ficción a 8.000 euros cada una. A la muerte de sus tías de Lemona Pacho hereda el caserío y Ricardo, tras idear el concurso «Adelgaza o vete» (que vende por 300.000 euros), se lo compra. El programa de los gordos encerrados alcanza diez millones de audiencia. Es entonces cuando este triunfador televisivo despliega aspectos bestiales de su esquizoide personalidad…

En Ostras para Dimitri Pacho reaparece en un Moscú apocalíptico. El antiguo caballero bilbaíno, intelectual, librepensador, dandi y gourmet, cambia el lujo carcelario por practicar la mendicidad en la avenida Novi Arbat. En el presidio canario Salto del Zambo ha conocido a Dimitri Leonárdovich Urroz, ruso guapo y moreno de cincuenta y dos años; un jugador de dudoso sentido del humor, contradictorio, generoso, manipulador, encantador, amoral y salvaje. Condenado por ser un jefe del crimen organizado internacional, Pacho lo salva de morir en las duchas. Agradecido, el mafioso lo asila en su celda-suite.

Al salir, el ruso, que habla español por sus orígenes navarros, promete que se ocupará de su amigo. Puesto en libertad Pacho Dimitri cumple: le invita a su yate donde brindan acompañados por el primo Iván, siempre seco y austero, y dos rubias muy del gusto erótico del protegido.

En restaurantes de su propiedad repartidos por diferentes capitales europeas (Madrid, París, Londres, Berlín), al llegar Dimitri la consigna es: ¡Ostras para Dimitri! Durante esta gira culinaria resulta visible ya cierto agotamiento espiritual en Pacho, quejoso por muchos manjares que coma y botellas de Dom Perignon que trasiegue:

«El desencanto que conlleva la experiencia de la madurez –la antesala de la senectud– y ser consciente de que todo es mentira, me han convertido en un cínico, no tanto que me dé igual todo, pero sí lo suficiente como para permitirme un cómodo refugio blindado frente a los ataques de escrúpulos. No recapacitar, no duele. Mi sentido de la ética es tan elástico como un liguero de Dior».

Iván le previene de cómo su primo Dimitri «no tiene ningún plan oculto hacia usted, ni lo va a usar de cabeza de turco, ni para un complot, ni de bomba humana, ni nada por el estilo». Pero el bilbaíno se hace imprescindible cocinándole al ruso la obra maestra de Astigarraga: sus ostras crocantes sobre migas crujientes. A él le parecen lo mejor que comió. Pacho pide incluirlas en las cartas y establecer su cuartel general en Chez Moncelet (una marisquería parisina, buque insignia en esa flota de restaurantes con estrellas Michelín).

En el caserío navarro de Dimitri Pacho cree jugarse la vida en una falsa ruleta rusa con Iván, pero para ir a París el ruso lo obliga a una última prueba: matar a un tipo maniatado con una bolsa en la cabeza. Otra de sus pesadas bromas.

Antes de viajar a Francia pasan por Moscú. En el palacio de Dimitri está alojada la bella princesa Vera, su alcoholizada y estelar amante. En un local suyo dedicado a la prostitución fina Dimitri cuenta a Pacho un penoso suceso: cómo unos mercenarios mataron a la hija de Iván cuando jugaba en el patio de su casa. Desesperada, la madre se arrojó luego al metro moscovita.

Además de narrar en primera persona el período de vida de Pacho Murga que abarca del año 2000 al 2007 (lo conocemos con cuarenta y un años, y nos despedimos de él con cuarenta y ocho), cada obra de Trilogía del exceso queda rematada con venganzas ideadas y ejecutadas por dos amigos principales de Pacho –Antón y Ricardo–, y por Iván, primo del tercero. De forma tan buscada como irremediable, Pacho se ve envuelto en ellas y pagará su precio (es sucesivamente envenenado, encarcelado y mutilado).

En Alacranes en su tinta Antón Astigarraga, genio del pincho de creación, se venga de los cinco etarras que, para envenenar a Franco en 1962, abusaron de su confianza. El magnicidio fracasó y Antón, vilmente utilizado por el comando, salvó la vida de milagro... Al salir de un coma que ha durado catorce años decide actuar. La soprano Blanca Eresi, comilona y ludópata; Patxi Iramendi, jefe político de ETA; el obispo de Bilbao, Crescencio Aizpurua; y Josean Aulkitxo, ex delantero del Athletic Club, van cayendo a manos de un implacable ejecutor que se sirve para ello de los más variados métodos (desde una mezcla de laxantes y antidiarreicos a una ingesta de peces vivos, pasando por mamporrazos o crueles torturas). Para el postre deja a Jon Ander Txoriburu, que ha llegado a lehendakari del gobierno vasco. Sobre el ampuloso marco del museo Guggenheim Antón ha diseñado un plan en el que sus celebérrimas ostras crocantes, plato estrella del Mapamundi de Bilbao, juegan un papel esencial…

En Voracidad Ricardo Ares, el exitoso gallego creador de concursos, se venga de quienes intoxicaron mortalmente a su mujer e hija con carne contaminada servida en un restaurante propiedad de Alberto Chalán, ideólogo de la secta Cruzada Catecumenal. Este es ajusticiado en su chalé de Puerta del Hierro. El director de programas televisivos Vasili Karlovo y su esposa Covadonga, involucrados también en aquellos decesos, terminan sus días en el sótano del caserío de las tías de Pacho. Las formas de matar elegidas por Ricardo son tan espeluznantes que mejor las descubren ustedes, si pueden.

Ostras para Dimitri (y Trilogía del exceso) acaba con la venganza de Iván Korol, primo de Dimitri Leonárdovich Urroz, tras descubrir al que tiroteó a su hija y provocó el suicidio de su mujer. Una orgía de sangre culmina en el valle del Baztán dejando once muertos entre familiares de Iván y Dimitri, gánsteres y guardaespaldas. Pacho resulta herido en la balacera y queda manco. En el hospital se enamora de una enfermera, nacionalista y vegetariana. Harto, nuestro héroe de Trilogía del exceso quema sus naves y se recoge en el caserío de Elena para, en su compañía, gozar del entorno rural. De vita beata.

Burla burlando, entre descripciones gastronómicas de canapés irresistibles para cualquier paladar trabajado, las mil y una aventuras y desventuras de Pacho Murga (repartidas entre Bilbao, Madrid y Moscú), o sofisticadas venganzas en las que ningún cabo queda sin atar, Juan Bas consigue, en las tres novelas que conforman Trilogía del exceso (su suma amplía el efecto individual), un complejo estudio del alma humana para el que, desde la sabiduría y soltura, este autor extiende todos los recursos literarios a su alcance con el único objetivo de que gocemos –durante más de seiscientas páginas– con una epopeya que desborda adrenalina y desconoce los tiempos muertos. Dicho queda.

No se me ocurre mejor inicio para esta rentrée que leer Trilogía del exceso, divertidísimo libro que deja poso.

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