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TRIBUNA

Hablar por hablar

jueves 07 de febrero de 2019, 20:41h

El vaciado semántico del discurso gubernamental ha alcanzado un grado difícilmente superable: nuestros gobernantes han llegado a afrontar los asuntos políticos más entrañables con la vacía abstracción del formalismo lógico. El codiciado mediador que el independentismo vasco o catalán trató de imponer en sus relaciones con el gobierno del Estado ha sido instituido bajo el título de relator. Un término lógico-formal que da idea del enfoque desde el que contemplan la realidad histórica de España. Descargada de contenido semántico, es decir, descarnada y convertida en una estructura formal o un aparato jurídico y administrativo esa España real puede recibir con propiedad el título de El Estado. Un título venerado por el independentismo, pero también por los partidos de izquierda y, con algunos matices, también de la derecha más formal – quiero decir políticamente correcta –.

Habrá que contar, en fin, con el conector lógico que tendrá que ser un hombre sin atributos, un razonador abstracto o un aparato de calcular. Un conector que, al servicio de la desconexión – que es un término que ya se ha usado para referir a la secesión – será un sujeto sin sangre en las venas, todo él fabricado en razón pura, con los últimos acabados en ilustración: demócrata ante todo, moderado hasta la más fanática tolerancia, un pacifista absoluto o un político integral, en el sentido orteguiano de la expresión. Ese conector será la perfecta contrafigura del pontifex. No esperemos verle el rostro porque ha de ser un hombre sin rostro o, como dice el común, con un rostro de cemento armado.

Y, por supuesto, la luminaria del ejecutivo y vicepresidenta del avío, Carmen Calvo, se ha revelado heroína y mártir: dispuesta a recibir el castigo que merezca ante aquellos que ven en el sublime diálogo un acto de traición: “Si dialogar es delito, soy culpable y espero mi condena”. No señora, dialogar en el vacío o “hablar por hablar” no es delito, aunque cuando no es un gesto tentativo de cortesía es, simplemente, una lamentable pérdida de tiempo. María Zambrano ha escrito: “Pensar por pensar no está bien visto en España (…) en pocos lugares del planeta el pensamiento se hace vida tan rápidamente como en España, porque brota de la vida y apenas nos está permitido lujo alguno de abstracción”. Sin embargo, durante muchos años la Cadena Ser presentó un programa de radio con el título de Hablar por Hablar. Un programa de rotundo éxito. Sin duda han cambiado mucho las cosas en El Estado desde que se ha borrado de nuestra materia humana e histórica lo que Zambrano llamó el cuño hispánico, cuyo rasgo más acusado hallaba en “un realismo improstituible”. Si se habla, ha de hablarse de algo o para algo y es ese objetivo o contenido del discurso, que quiere esconderse bajo un vacuo formalismo, el que puede resultar delictivo. Como ha señalado incluso la feble oposición, es en el contenido del diálogo donde puede anidar un acto de traición. La aceptación del mencionado relator – intérprete innecesario entre españoles – no es signo de otra cosa.

El cuño hispánico tan refractario a pensar por pensar o hablar por hablar, tan contrario al formalismo racionalista, ha sido erosionado hasta su perfecta laminación. La supresión de ese carácter es el resultado de un programa de desconexión efectiva del presente con el pasado de la tradición cultural española. En el desolador resultado que es nuestro presente se manifiesta la íntima solidaridad del cosmopolitismo globalizador y europeísta con el secesionismo. Desde los años sesenta nuestra tradición filosófica ha sido suspendida, remitida al fondo de un pasado sin continuidad, que nos aboca a un presente ingrávido: inconsistente e incapaz de gestar futuro alguno. Bajo toneladas de traducciones irrelevantes y de interpretaciones espurias y secundarias, yacen obras fundamentales de la tradición filosófica española. Las palabras de Zambrano están recogidas, dicho sea de paso, en un reciente libro de A. Maestre que aún se esfuerza por rastrear la continuidad perdida con esa tradición, que pasa todavía a través de las páginas de José Ortega. Pero el cosmopolitismo europeísta que nos invadió hace décadas rinde hoy únicamente el fruto sin sabor del más puro y gastado pensamiento abstracto. Hoy nuestros gobernantes hablan con vacía precisión esa extraña lengua artificial en la que es posible hablar por hablar pero jamás comunicarse, porque no tiene más contenido que la nada. Pese a todo hay quienes no renuncian a sacudir esta inerte España con la esperanza de que no yazca muerta sino dormida. Entre ellos Agapito Maestre, cuyo libro (Ortega y Gasset. El gran Maestro. Almuzara 2019) queda para más holgada ocasión.

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