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TRIBUNA

Dos lecciones de Colón

lunes 11 de febrero de 2019, 20:04h

De la manifestación pública de Colón contra el gobierno de Sánchez es menester extraer algunas lecciones para mejorar la calidad de nuestra democracia. La primera y fundamental es que los ciudadanos respondieron con criterio democrático y determinación nacional a la convocatoria de los tres partidos. La segunda, y no menos decisiva que la anterior, se refiere al ambiguo y sombrío comportamiento de los “líderes” políticos que nos invitaron a pedir en el espacio público lo que ellos han sido incapaces de resolver en los ámbitos institucionales de la democracia española. Nos invitaron a protestar contra Sánchez para que convoque “elecciones generales ya” y no negocie con los separatistas la soberanía nacional. El guión se cumplió por parte de los ciudadanos, pero los partidos rehusaron utilizar la principal pieza de la democracia. De la política. Sí, por motivos particularistas, prefirieron renunciar al uso de lo que les da vida. Sometieron la palabra al silencio, cuando todos pedíamos, discurso. Política. Y nos dieron un vulgar manifiesto leído de prisa y corriendo por tres que pasaban por allí.

Por lo tanto, queridos lectores, no perdamos el tiempo engañándonos con las cifras de participantes ni con los medios de (in)comunicación al servicio de Sánchez y los golpistas catalanes. Afirmemos lo obvio. Otra cosa sería regodearnos en la tragedia. Los políticos renunciaron a la palabra, sí, porque tuvieron miedo del poderío ciudadano, del espíritu democrático, que se concentró en Colón y su entorno. Los líderes de nuestros partidos democráticos parece que están atrapados entre los golpistas y los millones de españoles que no quieren dejarse humillar por los secesionistas y los socialistas; estos jóvenes líderes se muestran tan precavidos en sus manifestaciones que parecen enrejados entre Sánchez y el Tribunal que tiene que juzgar a los golpistas, entre los totalitarios y el Jefe del Estado que están con la ciudadanía española.

La renuncia a la palabra de estos líderes ha mostrado su principal debilidad: no tienen una idea común del Estado dentro de la Nación. Les falta cuajo intelectual y moral. No han conseguido una genuina autoridad para imponer una agenda democrática contra el desgobierno de Sánchez. La nueva situación política que ha surgido en España, después del golpe de Estado de Cataluña, aún no ha sido asimilada y digerida por los partidos democráticos. La huida cobarde de Rajoy y la instalación de los golpistas en el poder tienen a los partidos constitucionalistas secuestrados con extrañas conjeturas para las elecciones de mayo. ¡Pobres! Y encima, por si fuera poco, un pintamonas, un hombre venido de Francia con la ayuda del amigo Rivera y los protosocialistas catalanes, no deja de proferir majaderías.

Es menester, pues, decir, decir y decir los errores cometidos, o peor, queridos por los partidos que nos convocaron en la plaza de Colón para predecir, pronosticar y prever las posibles deficiencias y catástrofes. Sí, la organización de la manifestación no sólo fue mejorable sino que alimentó el peor vicio de la democracia postfranquista: generar desafección política y aumentar la apatía ciudadana. Ningún partido político con decencia tiene derecho a movilizar a miles ciudadanos para inmediatamente, casi después de producirse el gran acto de participación, desmovilizarnos a su antojo. Ningún partido puede jugar con el mayor bien común que tienen los españoles: la defensa de la unidad de España. O nos explican ya estos tres partidos las acciones conjuntas que harán en los próximos días, o sea, o nos explican de modo claro y distinto las consecuencias democráticas de Colón o tendremos que cuestionar su autoridad democrática. Política.

Los manifestantes estuvieron, en fin, a la altura de las circunstancias, pero los políticos que nos convocaron a salir a la calle se comportaron con torpeza y vileza, o peor, con tácticas y estrategias particularistas. Ni siquiera se hicieron una fotografía juntos los tres líderes que nos convocaron. Se negaron a recoger el espíritu público de cientos de miles de seres humanos, que tributaban un homenaje a la nación española, a un espíritu que pone por encima de los intereses particulares los de la Nación. Los políticos que nos convocaron a salir en Colón, se dice pronto, renunciaron a lo mejor de la política, a eso que nos hace genuinamente “animales políticos”: la palabra. Terrible fue la renuncia y terrible, sin duda, será el castigo si no corrigen pronto el error. En su poder está rectificar: el pueblo salió a defender la unidad de España y los políticos solo pensaban en cubileteos electorales.

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