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TRIBUNA

La sonriente revuelta catalana

Antonio Domínguez Rey
martes 12 de febrero de 2019, 20:12h

El incumplimiento de convocar elecciones inmediatas tras la moción de censura lanzada por Pedro Sánchez contra el gobierno de Rajoy, resta credibilidad democrática a su permanencia como actual presidente de España. Devalúa el compromiso ético entonces esgrimido. Al carecer del apoyo directo de las urnas, y no serle favorable la previsión de obtenerlo, deambula de aquí para allá, contrabalancea con declaraciones pronto anuladas por otras opuestas y esgrime poses que diluyen el efecto aparente de suficiencia en una incertidumbre propia de errancia y desconcierto. Pretende suplir con diálogos, reuniones oficiales, oficiosas y hasta encubiertas, un vacío ya peligroso de ideas e improvisaciones. Crea huecos, paréntesis, con la esperanza de que, por el camino, se llenen de soluciones, suspendan en el aire la urgencia de los problemas y acoten esperanzas día a día exangües.

A la deslealtad ética de su propio compromiso ante el pueblo español añade ahora el sesgo y la arrogancia de desviar el cauce parlamentario en el tratamiento de la secesión catalana. Inventa una mesa de negociación con el gobierno autónomo de Cataluña y con relator intermedio. Acepta y valida, profundizándola, la escisión semántica entre España y Cataluña. Consolida, al mismo tiempo, el eco internacional de las pretensiones secesionistas. Es decir, se sitúa al borde de la legalidad que representa y arbitra. Muchas voces ya lo han tildado de traición. Era uno de los clamores del 10 de febrero en la manifestación convocada por tres partidos nacionales en el paseo de Colón de Madrid contra este atropello constitucional. Al ser una propuesta pactada en vísperas de celebrarse el juicio, sin duda histórico, contra los cabecillas de la insurrección constitucional catalana del 1 de octubre de 2017, se sospecha que, bajo cuerda, hay por parte de las dos bandas, acuerdos previos que palien el posible efecto judicial. Tendrían como objetivo convertir a posteriori el juicio en máscara de transacción política. El precio sería, a cambio de consolidar a Pedro Sánchez en la presidencia, con la aprobación de los Presupuestos gubernamentales, el indulto de las penas por gracia del Gobierno y la celebración de un referéndum autonómico que sustancie, primero, la autodeterminación y, de inmediato, la separación de Cataluña del resto de España. Y esto segundo cuando se haya fortalecido el eco internacional y la causa con sólidos apoyos extranjeros.

Ignoramos si el presidente Pedro Sánchez piensa torcer luego las expectativas catalanas con algún artilugio de entretiempo o pretensión maquiavélica que justifique la intervención de la autonomía catalana. Tanto se acerca a los independentistas como anuncia distanciamiento, según el termómetro electoral acoplado por el profesor Tezanos a la circunstancia como aparato sociológico de propaganda sanchista. Sí sabemos, por las muestras, que el presidente hace lo imposible para mantenerse en el poder y equilibrar con él la imagen precaria que su partido está obteniendo.

Los esfuerzos catalanes se vuelcan en conseguir apoyo internacional. El 1 de febrero se estrenó en Quebec un documental del cineasta Alexandre Chartrand titulado Avec un sourire, la révolution! Es el segundo que dedica, y con entusiasmo, al tema catalán. Domina esta lengua y compara el sentimiento de autodeterminación de Quebec con el de Cataluña. Incluso admira el fervor de los catalanes frente a la resignación de los quebequenses, quienes, con referéndum, no consiguieron separarse del resto de Canadá. Él mismo votó en 1995, cuando tenía dieciocho años, en contra. Hoy está, en cambio, a favor de la independencia, como bastantes otros artistas e intelectuales canadienses. El documental anterior, de 2016, lo titulaba Le peuple interdi. A lo prohibido, le sigue ahora la revuelta.

El entusiasmo revolucionario de Chartrand por Cataluña, que se limita casi, si no del todo, a Barcelona, y frente a la opresión represora y brutal del Estado español –cargas de la policía para impedir la votación del 1 de octubre de 2017–, obedece, según declaraciones suyas al periódico Le Dévoir del 26-27 de enero del año en curso, a la admiración por la firmeza, determinación e ímpetu o “élan démocratique” del pueblo catalán.

El testimonio de Chartrand es otro ejemplo de la propaganda catalana en el extranjero con la intención narrativa de crear un contexto dramático con los ingredientes de la exaltación democrática: ansia de liberación del pueblo oprimido, represión consiguiente con el espectro de Franco en lontananza –el gobierno de Mariano Rajoy sería sombra suya-, el combate, el asombro que provoca la resistencia, la empatía con el entorno de las figuras populares emblemáticas, como los cantautores Lluís Llac de una parte y Gilles Vigneault de otra del océano…

Mucha agua y tierra de por medio. Para atravesar el Atlántico desde el norte del Mediterráneo hay que recorrer todo el resto de España. Y debajo de Canadá bulle Estados Unidos, dos países similares en muchos aspectos. Y encima de Cataluña, Europa. Los norteamericanos no quieren un Quebec libre y, con él, la flema de Francia a las puertas del Pentágono. Estados Unidos delineó perfiles claros a los franceses para permitirles su ingreso en el club de los países más ricos del mundo. Y Europa avisa a Cataluña de que no hay espacio para sus inquietudes soberanas. ¿Será lo mismo si Washington suelta lastre en pleno océano alejándose de Europa?

A los dos millones de catalanes embarcados en la aventura de la independencia no parece arredrarlos ningún mar océano, viene a sugerir el cineasta canadiense. Admira el ingenio catalán esgrimido para burlar a los servicios secretos y diplomáticos españoles empeñados en que las urnas del referéndum na aparecieran en los distritos de voto. Su periplo es uno de los relatos más vergonzantes para España. Las cajas vinieron de China, donde se contrataron, al puerto de Marsella y, de ahí, viajaron a la frontera catalana. Estuvieron ocultas cerca de Perpiñán –¡santuario del turismo pornográfico y liberación sexual de españoles en tiempos franquistas! – hasta el momento decisivo de introducirlas en Cataluña. Es decir, no solo fueron sorteados los servicios de inteligencia españoles, sino también los chinos, franceses y…, vaya usted a saber qué otros resortes de espionaje, pues Marsella es un emporio del tráfico de armas, de la droga, de la inmigración clandestina, del blanqueo. En una palabra, la Europa negra. ¡Puro ingenio!

Sorprende que la información de Estado no supiera nada de este viaje sinofrancés de las urnas hasta llegar a los centros de voto en Cataluña. ¿Ni el señor Valls, hoy candidato a la alcaldía de Barcelona, y ayer primer ministro ¡de Francia!, entre 2014 y 2016, sabía nada? Otro ingrediente para convertir el asombro ante el ingenio catalán en misticismo de la historia democrática en el mundo. A los independentistas les interesa tanto como a Pedro Sánchez incrementar la tensión hasta conseguir que las olas se conviertan en tsunami y no quede más remedio que negociar nacional e internacionalmente la cuestión catalana. Ya lo barruntó un ilustre miembro de la Real Academia Española. Hay que realizar un referéndum autonómico y otro nacional sobre el problema de Cataluña. ¿Y por qué no otro europeo, puestos a desvariar?

Más increíble y asombroso, con sombra de impotencia parda, resulta saber que son dos millones escasos de catalanes, entre siete y pico de la comunidad autónoma, quienes arman tanto ruido y ante el pasmo del resto de españoles.

Es un hecho que España necesita otra clase dirigente, otra política. La famosa Transición ha desembocado –seguimos con las aguas– en un mar de barro. Los partidos actuales son bien pasto de arribistas bien arrastre de sombras encadenadas por la impotencia.

Antonio Domínguez Rey

Filósofo, Catedrático de Lingüística y escritor.

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