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Novela

María José Caro: Perro de ojos negros

domingo 24 de febrero de 2019, 19:59h
María José Caro: Perro de ojos negros

Alfaguara. Barcelona, 2018. 112 páginas. 14,90 €. Libro electrónico: 7,99 €.

Por Francisco Estévez

Nuestra conciencia, el nombre último de nuestro ser parece conocerlo en forma de aullido un “perro de ojos negros”. Aquel dolor es narrado por María José Caro (Lima, 1985), bajo el rótulo de una conocida canción de Nick Drake, Perro de ojos negros, parte de lo que presuntamente parece su propia biografía. Estemos o no ante el enésimo relato de corte autoficcional, que ya habla más de las carencias imaginativas de cualquier joven escritor, percibimos una clara muestra de los estragos que una sufrida literatura del yo puede deparar. En el relato, la protagonista Macarena o Maca (sufrida contracción del nombre y apellido de la autora, MAríaJoséCAro) es una joven peruana de vuelta a Lima tras estudiar un máster de comunicación en Madrid (como la autora) y participar en un taller de escritura creativa donde conoce al venezolano C., del cual se enamora.

La ansiosa, apesadumbrada e introvertida protagonista muestra una herida de largo aliento que conoceremos a mitad del presente relato, donde se incluye a modo de archivo el documento de word “Perro de ojos negros”, en realidad cuento dentro del cuento, donde se nos explica la raíz hereditaria de su depresión a través de la historia de la pérdida de sus abuelos. Así quedará levemente explicada la eterna desorientación de Macarena, quien anda en un tiempo que nunca es el suyo (anclada en pasados) y en un espacio que tampoco es el que está bajo sus pies (Lima en Madrid, Madrid en Lima); la desarraigada protagonista y peculiar Ulises no es reconocida ni siquiera por su perro.

El cuento será el trabajo de Macarena para el taller de escritura, enviado por C. al resto de participantes. Y en este narrar de muñecas rusas quedan reflejadas las contradicciones de la autora-narradora-protagonista, quien afirma sin pasmo alguno; “Soy mejor persona por escrito” y obliga a repetir “Sé que eres mejor por escrito. Mucho mejor que yo” a C., al cual condena al anonimato, al ser al único personaje que abrevia su nombre.

Sin embargo, la narración de tono pedestre, que pudiera alzar vuelo a través de la sutil simbología, los paralelismos sin calzador, la anagnórisis bien trabada, etc., aquí planea a ras de suelo sin posibilidad de redención. A pesar de las dolencias narradas, la realidad ficcional no pega una bofetada en la cara del lector. Hay una escena paradigmática, que ejemplifica bien el tono y ligereza de muchas páginas presentes. Es la escena del abandono paterno que sólo consigue relativa prestancia por un forzado Deus ex macchina al hacerlo coincidir con otro padre en la pantalla de la televisión que implora perdón.

Existen otros lunares de relieve. Por ejemplo, la dilatación de información en pos de efecto resulta aquí una mala dosificación de la misma, revoltijo emocional que sólo puede ser bien entendido como la confusión de la desarraigada Macarena. Estas son las alforjas de María José Caro. Hubieran tomado acaso mejor acomodo en un cuento breve y no en las costuras de un relato largo donde quedan más al desnudo los pespuntes, remiendos y otros agujeros de la narración que ni la garúa limeña -o como califica la protagonista, “colchón de nubes turbias”- consigue ocultar.

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