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TRIBUNA

¿Son los universitarios españoles culpables de su fracaso?

viernes 01 de marzo de 2019, 20:01h
Es un hecho conocido que las universidades españolas no quedan en muy buen lugar cuando se las compara con el resto de universidades. Son diversas las causas que se proponen como justificación de este hecho. Quizás la que recibe más atención por parte de la comunidad universitaria sea la de falta de financiación, pero también concurren en los análisis la baja calidad media del profesorado, la excesiva regulación, la mala gestión, o la falta de liderazgo de sus responsables máximos. Casi nunca suele proponerse como causa añadida a las anteriores la baja calidad media de los alumnos, auténtica materia prima de la acción formativa universitaria.

Si uno analiza las universidades mejor posicionadas en los rankings al uso, observa que estas universidades consiguen atraer hacia sí a alumnos auténticamente excepcionales. ¿En qué medida son estos alumnos responsables de la calidad de estas universidades? ¿Depende el éxito académico y profesional de estos alumnos de que sus profesores sean especialmente buenos, o, por el contrario, delante de un alumno de estas características, lo de menos es el profesor?

Decía el matemático Paul Halmos en su autobiografía que él había tenido la suerte de contar, en su larga trayectoria como docente, con algunos alumnos realmente excepcionales. Definía a estos alumnos como aquellos que, si fueran sometidos al peor sistema educativo posible, no cejarían en su empeño por aprender. Los que llevamos ya unos cuantos años en las aulas, y hemos tenido algunos alumnos excepcionales, sabemos que Halmos acierta en su definición.

Lamentablemente, hay muy pocos alumnos excepcionales en España en la actualidad. Hay alumnos brillantes, con altas calificaciones en el Bachillerato y la EVAU. Muchos de ellos compiten por las limitadas plazas en las facultades de Medicina del país, en una dinámica que parece estar alimentada por el hecho de que si uno tiene buenas calificaciones, parece un "desperdicio" no estudiar Medicina... No todos estos alumnos son excepcionales en el sentido "halmosiano". Pero lo que resulta indudable es que, fuera de este ámbito sanitario, los alumnos excepcionales escasean.

En consecuencia, uno tendería a pensar que, analizadas sectorialmente, las facultades de Medicina españolas estarían mejor posicionadas internacionalmente que, por ejemplo, las facultades de ADE y Ciencias Económicas. Si tomamos como referencia el ranking de The Times Higher Education, en su edición de 2019, observamos que hay cuatro facultades de Medicina españolas entre las 200 primeras del mundo (Universidad Autónoma de Barcelona, Universidad Pompeu Fabra, Universidad de Barcelona y Universidad de Navarra). La UAB, primera en aparecer, ocupa el 68º puesto de la lista. Sin embargo, si uno analiza las facultades de ADE y Ciencias Económicas, se encuentra, contra todo pronóstico, a cinco universidades españolas entre las 200 primeras (Universidad Pompeu Fabra, Universidad Autónoma de Barcelona, Universidad de Navarra, Universidad Carlos III, y Universidad de Deusto).

La UPF, primera en aparecer, ocupa el puesto 57º. Y todo ello con unos alumnos que, en promedio, presentan calificaciones de entrada a la Universidad mucho menores que las de sus homólogos en Medicina.

La comparación anterior, aunque sin base estadística sólida, parece confirmar la tesis de que las universidades no son necesariamente mejores por los alumnos que reciben, sino por cómo los "procesan" hasta convertirlos en profesionales. A las buenas universidades las hacen buenas sus profesores, responsables últimos de la extracción del máximo potencial de cada alumno, al margen de sus calificaciones de entrada.

David J. Santos

Director de la Escuela Politécnica Superior de la Universidad CEU San Pablo. Director de LIEU (Laboratorio de Innovación Educativa Universitaria).

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