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TRIBUNA

Melancolía política

jueves 28 de febrero de 2019, 20:52h

La política es el arte de la negociación, de la cesión y la exigencia, de la condescendencia y el límite. Tendrán que hablar, qué duda cabe, los que tengan tras de sí un número adecuado de votos y, aunque se entiende estratégicamente el anuncio de “líneas rojas” y “cordones sanitarios”, podrían ser inmediatamente suspendidos ante los porcentajes de representación que arroje el plebiscito. Por otra parte, es bien sabido que la correspondencia entre votos y escaños está mediada por una ley electoral que, como el orden autonómico en general, se definió en función de una integración asombrosa que pretendió aunar fuerzas polarizadas cuya síntesis es peligrosamente inestable. Semejante ley electoral ha venido suponiendo una representación aumentada de territorios y partidos etno-nacionalistas. En política hay que saber acoger al disidente y asumirlo en la unidad, pero hay que defender las condiciones elementales o los fundamentos intangibles que constituyen la posibilidad misma de la disidencia. Más allá de esos elementos o condiciones se pasa de la disidencia a la discordia, del debate a la batalla. Dar cabida al adversario no debe impedir reconocer al enemigo.

Los partidos de izquierda de un modo más o menos oscuro y confuso siguen enredados en la vieja idea de una sustantiva lucha de clases cuyo olvido, por parte de la socialdemocracia, siguen concibiendo muchos como colaboracionismo. Íñigo Errejón sufrió este reproche recientemente, aunque, entre quienes le abordaron en la calle, algunos aludieran a una plataforma o fundamento intangible de unidad distinto de la clase: la nación política. Al parecer, le gritaron, a causa de vuestra traición (a la clase) muchos obreros votan a Vox (en nombre de la nación). Pero también desde ese fundamento se le reprochó colaboracionismo, en este caso con las fuerzas secesionistas que el orden autonómico trató de acoger o reunir en unas condiciones inestables pero que, más mal que bien, se han sostenido cuarenta años. De entre los que hablan en nombre de la clase son todavía muchos los que conciben la nación política como superestructura ideológica, como son muchos los que, hablando desde la nación, conciben la clase como un fenómeno secundario, si no irrelevante. El político lúcido ha de conducir la incesante dialéctica de clases y de estados sin reducir un término a otro, sabiendo siempre que cursan mutuamente mediados: la nación por la clase, la clase por la nación: patriotas obreros, trabajadores españoles. Sin olvidar la disposición en una circunstancia histórica en que figuran unidades político-económicas de características análogas y envueltas en la misma dinámica.

Ahora bien, los estados modernos y sus mercados, abiertos hoy al huracán de la globalización, se presentan como estructuras idealmente abstractas o vacías formalmente de todo contenido. Ese vacío fue ejecutado mediante sucesivos edictos de tolerancia que forzaron la retirada del espacio público (político o económico) de todo contenido real, de toda cuestión sustantiva. Inicialmente fue la retirada de la fe religiosa al claustro de cada conciencia, descargando de su presencia un espacio público que quedaba así vacío de contenidos religiosos. Tras estos irán contenidos morales, estéticos o culturales. Sin embargo, no han desaparecido enteramente quienes tratan de llenar el espacio pretendidamente vacío del Estado y/o el Mercado, y sitúan las fronteras insalvables o las “líneas rojas”, más allá del equilibrio de fuerzas político-económicas, en el terreno de una vida en común fundada en contenidos culturales, morales y religiosos determinados. Quienes sitúan en la prohibición del aborto, de la eutanasia, de las gestaciones subrogadas… la raya intransitable que impone las condiciones de negociación. Frente a estas pretensiones hay que recordar que el Estado destiló una mínima moral – o una moral de mínimos – cuyos principios estrictamente negativos se orientan exclusivamente a la salvaguarda de semejante tolerancia, en cuanto condición de una paz social que permita una co-existencia que, aunque vacía del sentido compartido de una vida en común, garantice el lento y pacífico paso de los días sobre las masas de ciudadanos y su constante ir y venir entre el trabajo y el consumo. Así pues, el político parece inexorablemente destinado a conducir enormes masas de individuos que, pretendiéndose autosuficientes, describen un estado de inercia mortal moviéndose en un espacio en el que su existencia se resuelve en un ir y venir sin vínculos, ni ataduras, en el vacío que definen la política y la economía modernas.

Llenar de sentido y contenido real esa mortecina paz social es ir contra el aterrador relativismo que nos asfixia y contra una tolerancia debilitadora que destruye las condiciones de la vida en común. Pero esto no es tarea para los políticos de la hora, pese a su urgencia. Otros, mejores que nosotros, fracasaron en el pasado en circunstancias análogas. Ahí también fracasó Ortega, por ejemplo, pese al merecido homenaje que le ha rendido Agapito Maestre (El Gran Maestro. Almuzara, 2019) Se diría, incluso, que ese fracaso es condición necesaria de las sociedades modernas que “gozan” hoy de esta “paz de los cementerios”.

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