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Novela

Haruki Murakami: La muerte del comendador. Libro 2

domingo 03 de marzo de 2019, 19:17h
Haruki Murakami: La muerte del comendador. Libro 2

Traducción de Yoko Ogihara y Fernando Cordobés. Tusquets. Barcelona, 2019. 496 páginas. 21,90 €. Libro electrónico: 12,99 €. Tras La muerte del comendador. Libro 1, el gran autor japonés nos propone la segunda parte de una historia, ahora con toques a lo Alicia a través del espejo, llena de seductores enigmas. Por José Pazó Espinosa

La muerte del comendador es la última novela de Haruki Murakami, este fenómeno nipón de la literatura mundial. Suicidado Foster Wallace, muerto Roth, y difuminado Paul Auster (empeñado en hacer obras menores), Murakami es de los pocos autores que concita la atención de los lectores de los cinco continentes, sea para loarlo o para criticarlo. Ese hombre algo gris, desdibujado, “sin color” y ya mayor, se ha convertido en referente de unas letras globalizadas que cada vez avanzan más hacia una enorme brecha entre superventas y autores de culto, semiculto u olvido, entre estrellas que trascienden fronteras y otros que tienen su obra cercada por ellas. Cómo ha logrado Murakami algo así es un asunto que merece una reflexión. Desde una sensibilidad ajena al mundo occidental pero usando sus significantes, marcas y referencias, Murakami ha lanzado un torpedo extrañamente pop al corazón de la literatura del hombre blanco. Un torpedo muy nipón que, al alcanzar su blanco, explota en imágenes propias del otro Murakami, el pintor: imágenes planas y bidimensionales que van desde el horror de la bomba atómica a la figura bicolor de Doraemon.

Tusquets ha publicado recientemente el libro 2, la segunda entrega de La muerte del comendador. En total, junto con el libro 1, suma 1000 páginas, un mamut alejado de las dimensiones de la mayoría de las novelas actuales. Aunque, si tenemos en cuenta que Murakami ha declarado muchas veces que escribe una media de cinco páginas diarias, podemos hacer un simple cálculo: mil páginas entre cinco corresponden a 200 días de trabajo. Si añadimos descansos y revisiones (y somos así generosos, ya que el autor ha confesado ser amante de la rutina del metrónomo), quizá podamos aventurar que esta novela es el resultado de un año de trabajo, algo ya no tan descabellado. Un año dedicado a dos protagonistas sin color, a una niña sin pechos y a su tía con unos pechos “murakamiosamente” atractivos. Y a otros seres descabellados, salidos de un cuadro kitsch. Pero sobre esta curiosa familia volveremos después.

Cuando escribimos la crítica del primer libro, hicimos referencia al Gran Gatsby, a los monjes budistas que practicaban la automomificación y a cierta obsesión por los pechos, los coitos y los licores escoceses con hielo. También a la morosidad de su ritmo y a la dosificación de la narración en acciones y reacciones: algo pasa y el narrador lo analiza; o, el narrador analiza algo y entonces algo pasa. En este segundo libro, este mismo esquema narrativo continúa. Pero aparecen algunos elementos más, abstractos, para aparentemente complicar la trama, aunque el final sea de una simplicidad apabullante. Como casi siempre en Murakami, el desenlace del problema es un canto a la felicidad mediante la aceptación del problema en sí. Una estrategia budista basada en el autoanálisis y la práctica del vacío. Pero vayamos por partes.

La muerte del comendador trata de un pintor sin hijos que es abandonado y arrastrado a un divorcio que no ha buscado. Como consecuencia de la ruptura, deja el hogar familiar y comienza a deambular con un Peugeot 205 por Tohoku, la región al nordeste de Tokio famosa por el terremoto y tsunami de Fukushima. Allí se topa con la enigmática figura de un hombre en un Subaru blanco y tiene una relación sexual con una mujer que le pide que la estrangule (aunque no del todo). Tras estos pasos perdidos, acaba en la casa de un amigo cuyo padre era también pintor, en la región de Odawara, al oeste de Tokio, cerca de la bahía de Kamakura, un atractivo lugar histórico y de veraneo, y la región donde vive el propio Murakami. Allí conoce a Menshiki (“Sin color”), un Gatsby nipón, rico, apuesto y misterioso. Un hombre que siempre va en coches de la marca Jaguar que rugen como felinos. Y que espía una casa vecina en la que vive Marie, una niña que Menshiki cree que es su hija, con su tía Shoko. El narrador va retratando a todos ellos mientras penetra en sus vidas. A la vez, el narrador encuentra en la casa de su amigo dos elementos extraños: el primero es un cuadro del padre de su amigo, La muerte del comendador; el segundo, un pozo enigmático, que también pintará.

La muerte del comendador es un cuadro bastante kitsch: representa la muerte del comendador a manos de la espada de Don Giovanni (don Juan) mientras otros dos personajes observan el asesinato: doña Anna, su hija, y un extraño hombre al que apoda “Cara larga”. Estos caracteres saldrán en su momento del cuadro para mezclarse con el narrador y los otros personajes de la novela de Murakami. Son seres pequeños que no llegan al metro de estatura y hablan en un japonés antiguo. Uno no puede imaginarse ni cómo visten ni su aspecto físico. Además, ellos mismos se autodenominan “ideas” de un mundo de “conceptos” en el que sus enemigos son las “metáforas”.

Como se puede imaginar, estamos ante un cuadro alucinógeno, bastante pop, pero con fondo musical de Richard Strauss en vez de los Beatles. Como siempre, use los símbolos y los referentes que sea, la literatura de Murakami acaba siendo lisérgica. Estos seres ayudarán a que el protagonista y narrador, mediante una experiencia especular con Menshiki, resuelva su amor y su paternidad, y acabe descubriendo, tras un viaje por un laberinto que debe mucho a Alicia en el país de las maravillas, su propio amor y su propia paternidad, es decir, que acabe encontrando su lugar en el mundo. Y es que, lo que empezó como El gran Gatsby acaba en este segundo libro como Alicia a través del espejo.

La literatura de Murakami es un enigma, placentero pero enigma. Y esta obra, que no es la mejor suya, más. Cómo un tocho de mil páginas, con tal cantidad de elementos no solo pop sino directamente kitsch, con tal ristra de referencias a lo preppy, “fresa” y pijo del mundo, con tal gusto por la metafísica de cuento infantil, tenga la atracción que tiene y nos empuje a acabarlo como lo hace es una cuestión literaria y semiótica al menos intrigante. Y una forma de intentar resolver esta cuestión es sin duda sumergirnos en esos pozos que, como trampas, nos pone este hombre nipón sin color que tiene la anacrónica costumbre de escribir cinco páginas al día.

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