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El embrujo de una reina

miércoles 30 de julio de 2008, 22:10h
La anécdota según la cual Cleopatra apareció ante César envuelta en el interior de una alfombra bien pudo tener sus visos de certeza. No en vano, el palacio en el que se produjo el encuentro estaba rodeado por los seguidores de su hermano Ptolomeo XIII, con quien mantenía una agria disputa dinástica. Así que, sabedora de que Julio César era su mejor baza, decidió a toda costa presentarse ante él, y el único modo de hacerlo era escondida. César terció entre ellos, y al parecer de forma ecuánime; lo cual no deja de ser significativo, toda vez que el romano y la egipcia habían pasado la noche juntos. Esta es una de las muchas historias que se han contado de Cleopatra, una reina que ha pasado a la posteridad con un aura de frivolidad no siempre justificada.

Conviene saber, por ejemplo que fue la primera de su dinastía -dinastía de la que sería su última integrante- en aprender la lengua egipcia. Provenía de una estirpe macedonia, que tenía como punto de partida a Ptolomeo Lágida, uno de los mejores generales de Alejandro Magno que, a su muerte, se quedó con Egipto. La reina, además, hablaba griego, hebreo y latín, y según Plutarco, eran también notorios sus conocimientos de astronomía, música y matemáticas. Pero ante todo, era una mujer pragmática que veía en César al aliado perfecto de un Egipto que había conocido tiempos mejores, y que se hallaba entonces en franco declive.

César y Cleopatra hicieron un romántico crucero por el Nilo que duró tres meses, seguidos por una comitiva de cuatrocientos barcos. Semejante travesía, con independencia de los escarceos amatorios de ambos personajes, tuvo un componente pragmático sumamente importante. Y es que Egipto era el granero de Roma, por lo que la comitiva, lejos de dar boato al viaje, tenía como misión aprovisionarse de la mayor cantidad de trigo posible. De su unión nacería un hijo, Cesarión, y juntos partirían hacia Roma, donde Cleopatra vivió dos años como concubina en la residencia de César. Pero éste caería asesinado en los idus de marzo del año 44 A.C., por lo que Cleopatra se vio forzada a huir, regresando a Egipto. Allí escribiría la última “pagina rosa” de su vida junto a Marco Antonio, lugarteniente de César. Este idilio daría como fruto dos nuevos hijos: Alejandro y Cleopatra, aunque, a la postre, también forjó su final. Antonio fue derrotado por Augusto en la batalla de Accio, ya en el 31 A.C. No pudiendo soportar la derrota, se quitó la vida con su propia espada. Capturada por el Emperador, la suerte de Cleopatra era cuando menos incierta. Así que, en un descuido de sus captores, dice la leyenda que se suicidó dejándose morder por una cobra que le habían traído escondida dentro de un cesto de higos. Moría así una reina, cuya leyenda frívola ha eclipsado desde siempre la trayectoria de una gran mujer.

Antonio Hualde

Abogado

ANTONIO HUALDE es abogado e investigador de la Fundación Ortega y Gasset

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