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EXPOSICIÓN

Crítica de arte. Botero gran reserva 1959 y otras buenas añadas

lunes 11 de marzo de 2019, 14:06h
Crítica de arte. Botero gran reserva 1959 y otras buenas añadas
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Por Diego Gadir

Como es presumible, trato de establecer con este título un paralelismo aromático entre una estadía muy particular dentro de la dilatadísima carrera artística de Fernando Botero, en torno a 1959, y una buena cosecha vitivinícola. Para empezar, ambas compartirían diafanidad y cuerpo, de esto último menos generosamente de lo que, en su arte, es costumbre. El color se haría algo más transparente. La dulzura vendría por añadidura tratándose de Botero. En cuanto a la acidez… la justa. Y todo para brindar con orondas copas en el aposento de “La Cámara de los Esposos”, esa maravilla pintada por Mantegna en Mantua que Botero versionó más de una vez, al final de los cincuenta y principio de los sesenta, y que marcó una inflexión decisiva en su pintura y su carrera. Un brindis admirativo que muy especialmente mojaba a Diego Velázquez y Leonardo da Vinci.

Hace pocos años, en el suplemento il Venerdì di Repubblica, Luciano Caprile comenzaba su columna insertando unas líneas escritas por Fernando Botero en las que narra cómo conoció a Gabriel García Márquez y algunas peripecias compartidas. Se conocieron allá por 1958, en Colombia. Más tarde, coincidieron en Nueva York, en México, de nuevo en Colombia… Gabo había pedido una tarifa de mil pesos al periódico El Colombiano por la publicación de un relato suyo, amén de exigir, por claúsula, que fuese ilustrado por Botero. Años después, el pintor iluminaría Crónica de una muerte anunciada para el primer número de Vanity Fair USA.

“Pero yo era ya Botero una década antes que él se convirtiese en García Márquez” -enfatiza el pintor, esgrimiendo que la literatura de Gabo, por entonces, era aún deudora de Faulkner o Hemingway. No sorprende, viniendo de un artista tan único, la defensa que hace Botero de la independencia de su figuración respecto del imaginario literario de García Márquez. Pareciera que el galardón del Nobel -pesado hito- tratase de jerarquizar tiránicamente el puesto de ambos en el podium. Se reivindica justamente Botero. El gran pintor se defiende como gato panza arriba... Un gato henchido, como su escultura en el Raval barcelonés, relleno de esa individualidad que Vargas Llosa ha considerado siempre la llave de toda legitimidad creativa.

Nadie dudará, en esta estadía, que Fernando Botero es uno de los pintores más inequívocos, inopinados y peculiares de la historia, más allá de gustos y valoraciones. En unas décadas centrales del siglo XX hilvanadas con un hilo conductor chisporroteante de innovadores discursos artísticos y desafiantes pulsos de ardor iconoclasta… ¿quién habría sido el nostradamus capaz de predecir el advenimiento de Fernando Botero?

Botero es Botero, igual que Bacon es Bacon. Si la pintura de éste último, toda entera, es el desarrollo de su propio rostro, la del primero parece serlo de su apellido. Si en Bacon la identificación es fisiológica, por ser el mapa de una visceralidad de matadero interior que se somatiza, en Botero es heráldica. El botero es, antes que nada un artesano, con toda la humildad que ello conlleva. Don Fernando morirá -ojalá que dentro de muchísimo- con las botas puestas del cuadro hecho con las manos, que no es sino un producto de artesanía. El pintor y el escultor suelen reivindicarse artesanos, tanto como el tejedor de fibra de plátano y el botero, que hace pellejos, barricas... contenedores al fin. Los seres volumétricos de don Fernando son vasijas de barro hecho carne que contienen más que su propia alma, el alma de quien los ama al contemplarlos. Y hay también en su pintura una identificación idiosincrática preñada de hedonismo colectivo, ritual muy latinoamericano por otra parte. En Botero, están la música del pasado y la alegría de estar vivo.

Me contó, en Moscú, el artista armenio-soviético Nikolai Nikoghosyan, fallecido el año pasado a pocos meses de cumplir el siglo, que en algunos realismos solo está el rigor y la frialdad de los cadáveres. Si acaso existiese un rigor en las figuras de Botero, sería el de la cortesía de una época de modos galantes y un ritmo vital pianissimo fuera del tiempo, el de su limbo caribeño natal. ¿Acaso no se ve a las claras que las escenas de Botero están arrobadas por una música cachazuda, lejos de la música rampante de Toulouse-Lautrec? En las estancias de su pintura hay, latente, una soledad ensimismada, como la del Cristo de su Via Crucis rodeado por una multitud que, como escribe Luciano Caprile, se presta rápido a transformar el ¡Hosanna! en ¡Crucifícale!

Conocí a Luciano la noche que el gran Alberto Rolla celebraba junto a nosotros sus amigos, los treinta años de vida de la galería Menhir Arte Contemporanea, en La Spezia. Caprile ha escrito mucho sobre Botero, sobre su esculturas, en Pietrasanta, y sus exposiciones en Milán, Rosignano, Palermo, Locarno, Lugano… Un Botero distinguido en el imaginario colectivo mundial, como un Klimt o un Greco. Pero hubo unos años, allá por su encuentro con Gabo, en que su pintura, no siendo aún el Botero que es marca referencial, alcanzó ya una altísima cota de calidad y estilo: 1958, 59… Desde los primeros cincuenta, había ido absorbiendo influencias del arte europeo, fundamentalmente el del Renacimiento italiano (Giotto, Mantegna, Piero della Francesca, Uccello… ), que están en la raiz de su concepción volumétrica de la figura y los objetos, junto a la influencia recibida de los muralistas mexicanos (Orozco-Siqueiros-Rivera), de los que ya, en 1959, renegaba Botero. José Luis Merino da testimonio de la animadversión que mostraba también Rufino Tamayo hacia los grandes muralistas citados, como le confesó en México hacia 1970.

En el Expresionismo abstracto, en Picasso y en el propio Tamayo encontró Botero un hilo del que tirar en su deseo de encontrarse a sí mismo. El color y el fresco ductus de la pincelada desplazaron, por un tiempo, la volumetría escultórica de su pintura. Siempre he visto un punto referencial de su obra en el Picasso escenógrafo de Parade y en de las rotundas maternidades y matronas desnudas corriendo como locas por la playa, solo que, en Botero, el sopor domeña cualquier exultación.

Botero pinta, en 1958, La Cámara de los Esposos (Homenaje a Mantegna), que obtiene el máximo galardón en la Exposición de artistas colombianos. Entre 1958 y 1962, pinta La apoteosis de Ramón Hoyos, El niño de Vallecas/after Velázquez (varias versiones), Pequeña en el jardín, Mona Lisa a los trece años (adquirida por el MoMA de Nueva York), Apoteosis de San Juan, Niña montada en un burro, Retrato de Oswalt Krell… Obras de inspiración europea (Italia y España, fundamentalmente). Es el Botero antes de Botero, que me interesa mucho. Rehacedor del Renacimento histórico, en muy poco anticipa el estilo ingenuista puro de solo un lustro después, el de las apacibles escenas familiares y burdeles casi bucólicos, en el que la burra del volumen vuelve al trigo de la belleza. Prodigiosa transformación en un récord de tiempo.

Pero el Botero en torno al año 1959, al que nos hemos referido como el Botero de Europa, es también dueño de un estilo muy personal, una suerte de expresionismo naive, que no terminó de cuajar entre el público colombiano de los postreros cincuenta y primeros sesenta, aguijoneado por el estilo francés de importación, vicisitud que terminó de “echar” de su propio país a don Fernando y que, a la postre, fue lo mejor que podría haberle pasado. Me viene a la memoria aquel razonamiento repetido por Mario Antolín Paz: “Cuanto mejor te vaya fuera, peor dentro”. Me he preguntado qué habría sucedido de haber sido secundado, en aquellos años, por el favor y el calor de sus paisanos. ¿Habríamos tenido un Botero más expresionista y menos volumétrico?

Botero reniega de la usurpación directa de la naturaleza. Asegura no haber colocado jamás un bodegón de fruta fresca enfrente de su caballete. Prefiere que la imaginación pergeñe sus propios frutos. Me pregunto si actuará de la misma forma con los desnudos femeninos. He tenido la suerte de poder contemplar a mi antojo uno de ellos, Mujer entrando en la bañera, mostrado durante mucho tiempo en la colección de arte contemporáneo del Hotel Fairplay, cuando era propiedad de mi amigo el empresario y coleccionista belga Bernard Devos. Yo he presumido lo indecible de estar colgado entre Igor Andreev, Enrico Baj, Keith Haring, George Segal, Bengt Lindström, Niki de Saint Phalle, Van Lissum, Rik Wouters… y el propio Botero. Un gran honor.

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