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TRIBUNA

Appocaliptica

jueves 14 de marzo de 2019, 20:13h

Vivimos en un frenopático social con notas de patíbulo, que deja un mal gusto a lupanar y cementerio industrial. Activistas humanitarios, defensor@s del derecho a tomar género, ensuciaron con consignas prostibularias la catedral de Santiago: “Yo no salí de tu costilla, tú saliste de mi coño”. Lírica proporcionada a la belleza y sutileza filosófica del movimiento. En Ancona, Italia, se absolvió a dos violadores porque su víctima resultó “masculina, fea y poco atractiva”. En la oscuridad en que vivimos, confundimos completamente términos y categorías: víctimas y verdugos, generosos y egoístas, violentos y firmes, corteses y dominadores. Por lo mismo hace tiempo que practicamos las bondades del suicidio: en Holanda se han triplicado en tres lustros los casos de eutanasia y se extiende una modalidad precautoria que nos conduce a la muerte en previsión de males venideros. No cabe más eficaz profilaxis: nos mataremos para evitar morirnos.

Se extiende una grave astenia sexual entre los varones, que han encontrado en la pornografía una salida higiénica y sin riesgos para la descarga cotidiana de su pulsión y han renunciado al hermoso y arriesgado ejercicio de la comunicación. No es fácil el juego de la seducción bajo las condiciones económicas del contrato; se rompe la atmósfera sugestiva cuando ha de hacerse explícito y directo el consentimiento. En estas condiciones, la industria pornográfica produce ríos seminales, mientras se difunde la práctica del sexo en la tercera edad. Silenciosas muchedumbres arrojan su semilla al suelo, mientras se reclama el derecho a servicios sexuales para discapacitados y se dispone la asistencia sexual al efecto. Los jóvenes se inician en el consumo de la mercancía erótica en torno a los 11 años, tres años después – estragados y solos – se abstienen de cualquier relación que no se ofrezca a través de una pantalla. Al mismo ritmo al que crece la presencia pornográfica se extiende también el imperio de los sin-sexo.

No deja de resultar notable que – según anuncia la prensa esta semana – esté creciendo el temor a que una tormenta solar destruya la civilización. Supongo que para muchos el temor procede de que semejante destrucción se ejecute gratuitamente, dado que esta (anti)civilización parece sostenerse sobre una industria nihilista de destrucción productiva. El moderno – dice Gómez Dávila – destruye más cuando construye que cuando destruye. Esa construcción destructiva ha podido alimentarse de la sustancia histórica de una civilización real y heredada. Pero parece estar llegando a su final por consumo de toda su realidad histórica y acaso muera merced a su enorme capacidad de auto-digestión. El temor a las grandes tormentas solares procede, al parecer, de su probable efecto negativo sobre redes eléctricas, sistemas de comunicación, satélites… Es fácil fantasear con esa ekpirosis, que podría acabar con la gran máquina tecnológica que aniquiló la realidad. Es fácil soñar con una destrucción que parece esconder una promesa de restauración.

Que la atmósfera se hace irrespirable no es ya una metáfora cuando cada año mueren en Europa en torno a 800.000 personas por enfermedades asociadas con la contaminación atmosférica. Entre tanto, nadie parece comprender que el llamado “desastre ecológico” es un momento secundario y derivado de la ruina espiritual que padecemos. La Iglesia de la Eutanasia promueve el aborto, la muerte dulce y la no reproducción con el objetivo declarado de restaurar el orden ecológico mediante la extinción de una especie, la nuestra, que apesta la tierra. Su mandamiento elemental reza: Thou salt no procreate. No procrearás. Es una expresión indudablemente directa del antihumanismo moderno, ya no ejercido en favor del superhombre o del hombre nuevo, sino – simple y llanamente – del fin del hombre.

Este final de los tiempos va a ser televisado, podrá seguirse en streaming o comentarse en redes sociales. Habrá ya quien se apreste a crear la plataforma imprescindible para poder disfrutar en línea y al instante de las delicias de la catástrofe. Desde cualquier punto del planeta. Aparecerá pronto una App que permita contemplar el progreso de la ruina (que es la ruina del Progreso) con detalle y al instante. Appocalíptica sería un nombre comercial y muy atractivo. En cualquier caso, no deben preocuparse: si no les agrada el espectáculo siempre encontrarán alternativa, porque disponemos de todas las posibilidades. Incluido un pack autolítico que, en este invierno a más de veinte grados en todo el país, acaso pospongamos un tiempo, ahora que Zidane ha vuelto al Real Madrid. En la calle no se habla de otra cosa.

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