La séptima temporada de Homeland, la serie protagonizada por la agente estadounidense Carrie Mathison (Claire Danes) dedica sus primeros capítulos a un intento de desestabilización de los Estados Unidos a través de noticias falsas, bulos y propaganda. No falta ni el agitador de masas a través de la televisión -una especie de Alex Jones- ni los sospechosos habituales. Estamos tan acostumbrados a leer sobre la trama rusa en la política estadounidense que ni siquiera nos parece ficción verla reflejada en una serie. No desvelaremos, por supuesto, el final. Baste señalar, sin embargo, que a lo largo de sus siete episodios se va planteando el dilema que hoy afrontan las democracias: cómo hacer frente a la desinformación sin socavar, al mismo tiempo, las libertades de expresión e información.
En realidad, es uno de los grandes temas de nuestro tiempo. Los últimos dos siglos son incomprensibles sin el creciente poder de la propaganda a través de los medios de comunicación de masas. Habría que añadirle el adoctrinamiento a través del sistema educativo y las distintas formas de censura y control de los medios de comunicación desde la exigencia de una autorización previa para publicar ciertos contenidos hasta fiscalización del suministro de papel. Por fin, quedaría el recurso a la violencia. A través de todos estos dispositivos, puede imponerse una servidumbre que, tras la apariencia de ser voluntaria o- al menos, consentida- en realidad es una tiranía como cualquier otra.
Se suele analizar este problema desde la óptica de qué pueden hacer los medios y los gobiernos. Proliferan las reuniones, los informes y las estrategias para hacer frente al peligro. Ha surgido el nuevo negocio de las agencias de verificación que pretender hacer ahora lo que los periodistas tendrían que haber hecho siempre. Abunda la literatura académica sobre la crisis de credibilidad que atraviesa el periodismo y que se suma a la que viene padeciendo la política. Las grandes plataformas tratan de convertirse en parte de la solución y dejar de ser parte del problema. Esto abre, a su vez, nuevos escenarios de controversia: los usuarios se sienten amenazados por la censura y el sesgo de los algoritmos. Además, ¿quién vigila a los vigilantes? Habrá que pensar quién verificará la información de los pretendidos verificadores.
Por otra parte, no toda la desinformación está en los géneros periodísticos informativos. Abunda también en los formatos de ficción que, so pretexto de no pretender reflejar la realidad, contribuyen sin embargo a representarla de un modo poderosísimo. Piénsese en las ambientaciones, las narraciones de hechos pretendidamente históricos, las denominaciones y el uso del lenguaje. Ya hablamos aquí hace algunas semanas de cómo Netflix distribuía la serie “Knightfall” con su tergiversación de la historia de Cataluña y, por lo tanto, de España”.
Por eso, junto a los intentos de actuación en el ámbito de los emisores de los mensajes, es necesaria una educación de las audiencias. En primer término, a través de la formación en medios de comunicación y su funcionamiento, su estructura y la producción de los contenidos. La Federación de Asociaciones de Periodistas de España (FAPE) propuso en 2017 una asignatura en este sentido.
Sin embargo, me temo que esto no será suficiente. En efecto, no se trata sólo de cómo se hacen las noticias ni de cómo funcionan los medios, sino de los conocimientos que uno debe tener para afrontar como ciudadano libre los intentos de persuasión. No basta con conocer cómo funcionan los medios, sino que es necesario disponer del fondo cultural y antropológico que dan las Humanidades. Por supuesto, esto no protege por completo frente al error, pero fortalece frente a la manipulación. La carencia de una formación humanística es una vulnerabilidad muy peligrosa.
En efecto, no se prescinde de la “Retórica” de Aristóteles en vano. No se soslaya a Cicerón y su oratoria ni a Homero y sus narraciones llenas de héroes y combates sin que, al mismo tiempo, la formación de la persona se resienta. Durante décadas, se ha arrinconado a la Historia, la Literatura y el Arte. Se ha rebajado la Lengua Española y se ha convertido al idioma extranjero en algo que debe aprenderse porque sirve para fines laborales y no porque enriquezca el espíritu. Se ha despreciado -digámoslo con todas las letras- a la Filosofía porque algunos sostienen que no sirve para nada. Se ha soslayado el Latín y el Griego so pretexto de que son inútiles. La Música camina olvidada y sólo encuentra refugio en los conservatorios como si Euterpe sólo favoreciese a quienes desean aprender a tocar un instrumento.
No sólo ha ocurrido con las Humanidades. También las ciencias puras, como la matemática o la física teórica, sufren cierto abandono. La nefanda distinción entre “gente de ciencias” y “gente de letras” ha causado estragos en la formación de generaciones de ciudadanos que se creían amparados por una etiqueta que les daba carta blanca para ignorar cosas esenciales. El origen filosófico de la Geometría debía servir como ejemplo de una formación integral, pero eso yace ahora arrumbado en un rincón.
Es momento de rescatarlo.
Stefan Zweig, uno de los europeos más lúcidos del siglo pasado, dedicó un capítulo completo de sus memorias “El mundo de ayer” a la alta cultura que se estudiaba en el “Gymnasium” y describió, así, el sistema educativo que los nazis destruyeron. Victor Klemperer aplicó sus dotes de filólogo a la manipulación de la lengua alemana por parte de los nazis. El ideal humanístico no debe pertenecer al pasado, sino que ha de convertirse en una aspiración de futuro. Me temo que los intentos de enfrentarse a la desinformación fracasarán si las audiencias no están formadas o, peor aún, si están deformadas por el adoctrinamiento político, el sentimentalismo y la ignorancia. Las Humanidades y sus primas hermanas, las Ciencias Puras, pueden “no servir para nada” -y aun eso tendríamos que discutirlo- pero dan una visión del mundo, del ser humano y de la vida que se convierte en una barrera sólida frente a la mentira en sus distintas dimensiones.