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EDITORIAL

El caudillismo de los líderes

lunes 18 de marzo de 2019, 13:27h

Este fin de semana, en la presentaciones de las listas electorales, los líderes del PSOE, PP y Ciudadanos han dado sus respectivos golpes de autoridad, han dejado claro que los disidentes no tiene cabida, han demostrado que acaparan todo el poder en sus partidos. Pedro Sánchez, Pablo Casado y Albert Rivera han elegido a su antojo, y entre los más fieles, a sus candidatos. Las purgas, los dedazos y hasta las primarias manipuladas han sido sus herramientas para colocar a sus afines en los puestos clave.

Pedro Sánchez no ha perdido la ocasión de vengarse de Susana Díaz, su mayor adversaria dentro del PSOE. La purga ha sido de manual. Todos los seguidores de la anterior presidenta de la Junta han sido expulsados de las listas. Ferraz ha impuestos sus candidatos. También ante los comicios europeos, Sánchez ha prescindido de dos de sus pesos pesados, Elena Valenciano y Pepe Blanco. Cometieron el error de formar parte de los miembros del Comité Federal que echó a patas a Pedro Sánchez de la secretaria general del PSOE. El todavía presidente del Gobierno ha alejado a todos los socialistas que se oponen a que Podemos, los golpistas catalanes y los filoetarras hayan sido los socios de su Gobierno y que podrían seguir siéndolo si salen las cuentas.

Pablo Casado ha borrado de un plumazo todo rastro de Mariano Rajoy, mientras anunciaba algunos fichajes mediáticos. Solo repiten en las listas del PP tres de los ministros anteriores, Isabel García Tejerina, Rafael Catalá y Ana Pastor. El nuevo presidente del partido ha querido dar un golpe de timón para alejarse de los errores del “marianismo”. De ahí, la candidatura de Cayetana Álvarez de Toledo por Barcelona. Más que mediático, que lo es, el fichaje resulta un acierto. Se trata de una mujer con experiencia política, valiente en sus planteamientos políticos, y brillante como escritora. Y denunció con firmeza los errores de Mariano Rajoy ante el desafío secesionista. Por su parte, Pablo Montesinos es un buen periodista, moderado, atractivo y buen litigante, aunque se desconocen sus posibles cualidades políticas. Más llamativo y mediático es el caso de Juan José Cortés, que encabezará la lista del PP por Huelva y solo se sabe de él que ha defendido con constancia la pena permanente revisable para los casos de violación o asesinato de menores. Su hija Mari Luz fue asesinada cuando tenía 5 años.

Albert Rivera, que no cuenta con “dinosaurios” en sus filas”, se ha dedicado a hacer fichajes estrella y se ha tropezado con alguna denuncia de “pucherazo” en las primarias. La elección de Manuel Valls para encabezar la lista municipal de Barcelona ha resultado un fiasco. Al margen de sus posibilidades electorales, el exprimer ministro francés se ha empeñado en llegar a un pacto con el PSOE y el PP, que por desgracia, y mientras Sánchez dependa de los separatistas, nunca se va a producir. Y esa obsesión le impide denunciar las reiteradas y humillantes cesiones del Gobierno socialista ante los dirigentes de la Generalidad. Se ha diluido el rotundo discurso de Ciudadanos en Cataluña, en especial de Inés Arrimadas, en defensa de la unidad de España y en contra de los golpistas. Rivera, en cambio, ha presentado un par de fichajes mediáticos: Edmundo Bal, el abogado del Estado apartado por Pedro Sánchez de la causa del 1-0 por defender el delito de rebelión, y a Marcos de Quinto, el ex vicepresidente de Coca-Cola y gran experto en marketing. Y en su afán por hostigar al PP, ha patinado al fichar a Silvia Clemente como candidata a la Junta de Castilla y León al no ser elegida en las primarias tras el fiasco de un más que posible pucherazo, que todavía no se ha aclarado.

Aciertos o errores al margen, Pedro Sánchez, Pablo Casado y Albert Rivera gobiernan con mano de hierro. Los partidos políticos siempre han sido presidencialistas, sin duda la fórmula más cómoda para dictar las líneas ideológicas del líder y unificar los discursos. Por eso, resulta una hipocresía que luego hablen de democracia interna y de que la soberanía reside en los militantes. Todos imponen a sus candidatos, algunos, incluso, manipulando las primarias.

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