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TRIBUNA

La muerte del ideal romántico

Fernando Zamora Castellanos
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fzamoraabogadosorcr/7/7/16/19
martes 19 de marzo de 2019, 19:58h

El elegante salón de columnas de mármol, le hacía marco a aquella noche especial. Un exclusivo hotel de la ciudad albergaba la graduación colegial de una de las distinguidas instituciones educativas de la nación. Ellos de estricta etiqueta oscura; ellas luciendo vestidos para la ocasión, que combinados provocaban una vistosa paleta de efectos multicolores. Tras el ceremonial solemne, inicia la alegre celebración. Al centro del escenario, no falta la esfera de espejos, ese mismo artefacto que se popularizó en las discotecas neoyorquinas de la década de 1980, y que impuso al mundo el estilo “disco”, con el cual los jóvenes estadounidenses de entonces dieron el tiro de gracia final a la corriente hippie, que caracterizó los años sesenta y parte de los setenta del siglo pasado. Pero esta vez, la música entonada por la discoteca móvil, -término desactualizado por cierto, pues hoy las móviles digitales de sonido ya no utilizan discos- correspondía a un género diferente. Lo que a todo decibel se oía era una suerte de declamación rimada, acompañada únicamente con un ritmo de fondo fuerte y cadencioso, que se ha popularizado por doquier en las frecuencias radiales para adolescentes. Al fenómeno se le ha dado diversos alias, entre otros hip hop, reggaetón, rap o ragga. Pero lo que verdaderamente impacta es la letra que acompaña a algunas de aquellas tonadas, algo nunca oído hasta entonces en la historia del canto: el insulto y la denigración a la mujer en su condición de pareja, haciendo de ello una tendencia tan popularizada, que incluso dio pie a darle al subgénero un alias que viene a ser un insulto a la mujer. Estadísticas académicas sobre el particular, han determinado la existencia de un 63% de manifestación de sobrenombres peyorativos contra el sexo femenino en esas letras, 45% de violencia sexual y un 35% de expresiones en las que se degrada la feminidad a tal punto de rebajarlas a la condición animal.

Y aquí no se trata de un fenómeno subcultural, como originalmente fue el tango en los suburbios bonaerenses. Allí no hay punto de comparación. El tango, pese a su condición hipersexual, conservó su adhesión al ideal romántico. Por eso pasó de ser un fenómeno inicialmente subcultural, hasta convertirse, con el tiempo y la superación artística, en una noble expresión de la cultura universal. Si alguien duda de ello, recordemos la preciosa balada de Gardel, cuya poesía era digna del nobel literario: “…acaricia mi ensueño, el suave murmullo de tu suspirar, como ríe la vida si tus ojos negros me quieren mirar, y si es mío el amparo de tu risa alegre, que es como un cantar, ella aquieta mi herida, todo, todo se olvida…el día que me quieras la rosa que engalana se vestirá de fiesta con su mejor color, y al viento las campanas dirán que ya eres mía y locas las fontanas, me contarán tu amor.”

Por el contrario, el actual fenómeno del “reggaetón” es una expresión contracultural. Aunque no entro a calificar la calidad de su sonoridad, -la mayoría de las veces grotescamente monorrítmica y fabricada a pura herramienta electrónica-, la realidad es que el lenguaje soez e insultante que le caracteriza, lo torna corruptor de cualquier aspiración de beneficio cultural. Ahora bien, ¿cuál es el verdadero trasfondo del fenómeno? Este tipo de tendencias tan en boga hoy, reflejan lo que parece ser el entierro definitivo del ideal romántico. El romanticismo, surgido en el siglo XIX, era una vocación idealista que tenía esencialmente tres objetivos: glorificar el credo del amor incondicional, inspirar la exaltación creativa y enaltecer la originalidad individual. Fue un movimiento revolucionario que pretendía elevarse frente al canon clásico. Pese a que fue una corriente estética propia de la primera mitad del siglo XIX, su poderosa impronta influyó el arte incluso en casi la totalidad del XX. El ideal romántico afectó portentosamente el arte en general, particularmente en la poesía (Becquer), la literatura (Jorge Isaacs), y por demás está indicar que la música.

Sin embargo, la extinción de la vocación romántica es un síntoma más de la decadencia en la que se sumen las sociedades comerciales de bienestar en el siglo XXI. En estas sociedades se ha entronizado un materialismo práctico y filosófico, cuya mayor expresión está en el cinismo posmoderno, el cual es en gran medida responsable de los estertores del romanticismo. De las distintas características del posmodernismo, hay cuatro de ellas que son importantes para entender por qué la posmodernidad actual transita en ruta de colisión contra la nobleza de la utopía romántica. La primera de ellas, es que al tener el posmodernismo una vocación presentista, -solo vale el aquí y el ahora-, ello contraría al ideal romántico, pues en él la conquista de la ensoñación a la que el romance aspira, solo es posible valorando la constancia perseverante y la paciencia como virtud. En cambio, la posmodernidad es profundamente utilitaria. Aún peor, provoca una peligrosa imposición del utilitarismo como pensamiento único. Para éste la única lógica legítima es la que es útil para conquistar los apetitos, en función de lo cual, solo se valora aquello que represente un instrumento práctico para obtener lo que se codicia y lo que gratifique los instintos. Por ello destruye al romanticismo que, por el contrario, es un ideal que encumbra al amor abnegado. El tercer aspecto: En su obra Ceguera Moral, Bauman nos recuerda que la sociedad posmoderna es hostil a las virtudes, al mismo tiempo que apologiza lo vulgar. Por ello en esta era se ha desnaturalizado el arte. El sentido original y natural del arte es la elevación espiritual. En palabras de T.S. Eliot, la voluntad que hizo posible el gran arte, nace de la aspiración del hombre por trascender espiritualmente. Sin embargo, la arremetida materialista del posmodernismo lo degradó a tal extremo, que el intelectual serio se indigna al ver que se le atribuye calidad artística a cosas que son verdadera basura. En contravía, el romanticismo exalta por antonomasia las virtudes hasta el extremo de la heroicidad. Finalmente, con la glorificación del amor, el romanticismo pone ese valor en el centro vital del hombre. En sentido contrario, la posmodernidad desprecia cualquier noción del valor, pues en ella no hay concepto de lo que la verdad es, y por tanto, allí donde la verdad siempre es relativa, los valores tampoco tienen jerarquía. En esencia, la hora oscura del ideal.

Fernando Zamora Castellanos

Abogado

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