Para el doctor Samuel Johnson, una de las figuras literarias más importantes de Inglaterra en el siglo XVIII, “la moral y la ética son los valores esenciales de toda sociedad”; también, podemos agregar que han sido y lo serán de todas las épocas. Sobre todo lo deberían ser en los asuntos públicos donde las cuentas deben ser claras por donde se las mire. Sin embargo, la mayoría de los políticos que nos gobiernan parecen no tener demasiado en cuenta estas premisas esenciales. Los candidatos que se postulan para ser elegidos en una elección suelen no tener una trayectoria intachable, y lo hacen casi siempre con discursos en detrimento de los otros; son muy pocos los que confrontan en una pretendida campaña limpia. Esa vieja artimaña hizo que en la década del ’80, cuando la Argentina retornaba a la democracia, de manera inescrupulosa, cierto sector de Peronismo se atreviera a exhibir un ataúd para descalificar al candidato de la oposición, el doctor Raúl Alfonsín, que finalmente accedió a la presidencia.
En un almuerzo en la embajada de Chile, ofrecido con motivo de la visita de Volodia Teitelboim, al que concurrimos con Alejandro Vaccaro, biógrafo de Borges, actual presidente de la Sociedad Argentina de Escritores, y en el que estuvieron presentes los poetas Gonzalo Rojas y Horacio Salas, nos acompañó el ex presidente Raúl Alfonsín, también amigo y colega de Teitelboim, que había sido senador en Chile. Saludablemente se habló mucho de poesía y poco de política. Don Raúl estaba feliz de participar de ese entrañable encuentro con gente a la que -confesó- admiraba profundamente. Concluido el almuerzo, ya en la calle, me ofrecí para llevar en un taxi hasta su departamento de la calle Santa Fe a nuestro ex presidente.
“Se lo agradezco -se atajó don Raúl-. Prefiero ir caminando; no son tantas cuadras y si usted se anima a acompañarme me dará mucha alegría. Soy partidario del aristotélico diálogo paripatético; conversando y caminando se entienden mejor los hombres”.
En el generoso trayecto hablamos de muchas cosas, pero, como buen periodista, no me privé de hacerle preguntas que el amable conversador que era Alfonsín tampoco dudó en responder de manera espontánea y complaciente. Empecé por preguntarle sobre su llegada al Gobierno después de crueles y dilatados años de dictadura militar.
“Mire, mi principal objetivo cuando asumí la presidencia fue poner en marcha un Estado de bienestar general que llevara tranquilidad a todos los argentinos, que venían de zozobra en zozobra por la política económica de la dictadura -respondió sin dilación Alfonsín-. Pero bueno, como usted se imaginará, no fue cosa sencilla; después de la mano dura de la dictadura y de una economía, que estuvo en manos de un nefasto personaje como Martínez de Hoz, nos encontramos con un país en bancarrota, por no decir desquiciado en casi todos los sentidos, con una crisis estructural espantosa. La deuda externa era altísima y el manejo de la economía muy complicado, por consiguiente, todo era demasiado difícil. De manera tal que las malas cosas que sucedían eran atribuidas a nuestros errores y no faltaban los que nos culpaban a nosotros de cierta perversidad. Imagínese, estábamos en cesación de pagos, no había crédito privado ni tampoco para la cosa pública y corríamos el riesgo que al llegar un barco argentino a puerto extranjero, se lo embargara. Asumir el gobierno en ese año de 1983 fue dificilísimo debido a esa suma de cuestiones”.
“Si mal no recuerdo -intervine- estábamos en cesación de pagos y sin ningún tipo de crédito para el sector público”.
“No sólo eso. Le mencioné los barcos en el exterior; eso se hacía extensivo a los aviones de Aerolíneas Argentinas que no podían aterrizar en los aeropuertos del exterior, ya que hacían cola para embargarlos. Un bochornoso y verdadero desastre.
“¿O sea que el contexto internacional no ayudaba para nada?”
“Para nada, por supuesto. Teníamos que luchar permanentemente con esos contratiempos para imponer nuestras ideas en el campo económico y social. El neoconservadurismo, potenciaba el libre mercado y pretendía un Estado mínimo, prácticamente desertor; consideraba, además, que era inocua cualquier medida que se tomara en defensa de los sectores más necesitados. En el marco de esta concepción, que algunos llaman neoliberal, y en medio de una vulnerabilidad mayor de la economía argentina por el problema de la altísima deuda, habíamos perdido independencia. Y cuando recurrimos al crédito internacional, los organismos establecieron condiciones horrorosas con nuestro Gobierno.
“¿Eso, sin duda, comprometió la promesa suya de campaña “con la democracia se come, se cura y se educa?” -pregunté, quizá de un modo incómodo.
Don Raúl se detuvo, me miró de frente y poniendo su mano sobre mi brazo, al tiempo que lo apretaba, respondió con una mueca melancólica:
“Es cierto, empezamos pedaleando en el agua, como se dice. Yo quería poner en marcha la concepción del Estado de bienestar, pero como los índices de pobreza eran muy altos; apenas pudimos poner en marcha el Plan Alimentario Nacional (PAN), que fue aplaudido por organismos internacionales. En primer término había que darle de comer a los chicos; acto seguido lanzamos un Plan de Alfabetización, que se llamó ABC, que entregaba útiles escolares a millones de niños pobres. En un plano superior, terminamos con la limitación que existía para el ingreso a las facultades. Estas eran las políticas de esta concepción fundamental y básica del Estado de bienestar. No teníamos medios para encarar otras.”
“Ahora, hay algo que siempre me intrigó -lo interrumpí-. ¿Explíqueme cuál fue el criterio para procesar a las cúpulas militares y ciertos resabios de la guerrillera?
“Mire, hay tres formas de encarar el enojos asunto de los derechos humanos: una es la amnistía y el olvido, que se ha aplicado en todos los países del mundo; otra es pretender procesar a todos los que puedan parecer imputables. Eso no se había aplicado nunca en ningún país de la Tierra. Y, la última, era buscar conductas paradigmáticas para demostrar que no hay impunidad. Esa regla era la que yo, personalmente, creía que debíamos aplicar. Por eso, mientras procurábamos la detención y el procesamiento de la subversión, también lo hicimos con las Juntas Militares. Y con los resabios de la guerrilla, como dice usted. Ahora bien, con cierta lógica, nadie se quería comprometer con los que tenían las armas; había un miedo natural. Ni los jueces militares ni los civiles hacían marchar los expedientes; todo estaba en punto muerto y las tensiones militares subían extraordinariamente. Yo advertí entonces la necesidad de movilizar a los jueces y establecer un punto, que fue la llamada “Ley de Punto Final”, después de la cual, quienes no hubieran sido procesados debían quedar afuera del proceso. Claro, se comentó esto como si hubiera sido un desastre, pero sin embargo, aumentó considerablemente el número de los procesados porque todos los jueces procesaron a todos los que tenían imputados. Fue una medida que aceleró el proceso, movilizó las instancias, y es más, no hubo ningún perjuicio desde el punto de vista de los derechos humanos; sino todo lo contrario. Mire Alifano, le confieso con la mano en el corazón que fue un tema espinoso si los hay, pero yo estaba convencido de lo que hacía y mis colaboradores también y, por supuesto, el pueblo argentino, que en esto nos acompañó sin reparos”.
“Yo recuerdo -lo interrumpí- que la multiplicación de los juicios aumentó el malestar militar y llevó a la sanción de la Ley de Obediencia Debida, que implicó la libertad para centenares de represores y torturadores. También, como dice usted, fue un tema espinoso”.
Don Raúl volvió a detener su paso y abriendo grandes los ojos, levantó los brazos y apretó los puños en señal de energía y decisión:
“¡Qué le parece, amigo!. El tema llegó a una situación tal que finalmente los juicios se extendieron también a otros niveles más bajos, y la situación se puso muy grave. Nosotros no lo hicimos público para no alarmar a la gente, pero llegaban amenazas de todos lados. En lo personal yo me había obligado a volver a lo inicial de la ley, que establecía la presunción de que quienes hubieran actuado cumpliendo órdenes estaban equivocados. Había un error acerca de la legitimidad de la orden impartida. El tema de la “obediencia debida” no me pertenece a mí, venía de atrás. En definitiva, se hubieran llevado a la Corte todos los juicios y la Corte hubiera tenido que operarla, porque era la ley más benigna al momento de la comisión del delito y este es un axioma del derecho penal, ¡qué le vamos a hacer!”
Después vino, todos lo sabemos, la sublevación militar y el diálogo con el coronel Aldo Rico en la Escuela de Infantería en aquel famoso Domingo de Pascuas. Aquí Alfonsín se entusiasma y me cuenta con los ojos brillantes, poniendo sus manos en actitud de rezo:
“Aquellos no fue fácil, Alifano. Cuando llegué a la Escuela Militar vi a un soldado, un muchacho joven, que estaba muy nervioso, muy sensible. Me pareció una persona sincera. Venía de las Malvinas; estaba realmente emocionado. Tanto Rico como este muchacho repetían que no realizaban una acción contra el gobierno, sino contra su jefe.”
“Se suponía que el jefe era usted”, lo interrumpí.
“Claro, yo era el jefe, qué duda cabía. Era el comandante de las Fuerzas Armadas, tal como lo establece la Constitución… Bueno, en esa Semana Santa logramos encontrar soluciones sin derramamiento de sangre. Ahora, eso de que yo hice una negociación son mentiras. No hubo ninguna negociación. Pusimos a disposición de la Justicia militar a todos los que habían actuado, y así concluimos el asunto.”
“Hay otro tema, referido a lo económico, que también me intrigó siempre y se lo quiero preguntar -volví a interrumpir-. Sé que es algo irritante, pero no puedo pasarlo por alto. Dígame, ¿por qué a su criterio fracasó el Plan Austral?”
“No, no es ninguna pregunta incómoda y me parece bien que me la haga. En la Argentina, como usted sabe, uno de los principales problemas es la inflación, el peor impuesto que de manera absurda deben pagar los que menos tienen. Bueno, nuestro propósito era terminar con la inflación; pero, al mismo tiempo, veíamos que era imposible cumplir con lo que nos pedía el FMI, que era un déficit que llegaba a tal punto del presupuesto que hubiera significado una enorme desocupación y una peor pobreza de la que teníamos. En un principio los resultados del Plan Austral fueron buenos, pero al mes de ponerlo en marcha, los sectores sindicales se montaron en una legítima defensa de los derechos de los trabajadores y, en el marco de una crisis de tal envergadura, no podíamos satisfacer todas las demandas. Además, la gente recordaba nuestros eslóganes de campaña y nos exigía, como es lógico, su cumplimiento. Muchos, quizá la mayoría, pensó que lograda la libertad iban a encontrar solución para todos sus problemas, y la crisis dijo que no. Nos dijo que no. Fue así, como usted lo recordará, que sufrimos hasta catorce huelgas generales y miles de huelgas particulares, con una prédica populista y de la izquierda tremendamente dura que día a día nos arrinconaba más. Esa crítica, sin embargo, había sido bastante blanda cuando debió pronunciarse contra la dictadura. La derecha, a su vez, exigente siempre de sus privilegios, era también tremendamente intolerante.”
“Es lo que le sucede a los gobiernos que aspiran a reformas sociales y a soluciones de tipo social; o sea a la democracia con contenido social -lo interrumpí-. En el marco del liberalismo político son naturales esas las andanada y condenas de ambos lados. ¿Por qué, tras los éxitos iniciales, volvió la inflación hasta transformarse en híper, don Raúl?
“Mire, las tuvimos todas en contra a pesar de nuestras buenas intenciones. En ese momento se vivió la caída de los precios internacionales de los productos agropecuarios. Fue una caída terrible, estrepitosa; una caída que nos obligó a poner impuestos obviamente impopulares para cubrir el altísimo déficit. Poco a poco, tuvimos que emitir, porque habíamos quedado desfinanciados por la caída de los precios. Todo esto se daba mientras la situación político-institucional generaba ciertas incertidumbres que conspiraban contra la economía. Desde la Semana Santa tuvimos varios problemas militares; después, como si fuera poco, tuvimos el de La Tablada, ¿se acuerda? Eso fue en enero de 1989, que fue una cosa totalmente inusitada, un golpe de gracia también a la economía y a la tranquilidad de la gente.”
“Y a su criterio ¿Por qué el establishment se decidió por Carlos Menem?
“Yo creo que cuando la gente advirtió que las encuestas daban triunfante al doctor Menem, quisieron saber qué proponía. Y, ¿qué proponía? Bueno, algo bastante demagógico: una revolución industrial con salariazo, disminución de impuestos y no aumentos de tarifas. Evidentemente, como siempre ocurre, todos salieron corriendo hacia el dólar. Los bancos aconsejaban irse al dólar. Fue un problema muy agudo. Tuvimos que cambiar la política. Así llegamos a las urnas y, a pesar de que perdimos, hicimos muy buena elección. Tuvimos una oposición permanente muy sistemática, casi una oposición desleal, porque si bien defendió el sistema en su momento, procuraba el fracaso del gobierno.”
“¿Y quiénes, a su criterio, fueron los responsables de la hiperinflación?”
“Bueno, yo debo sumirlo, era el presidente, así que soy el primero. Ahora bien, le contesto Ideológicamente: el neoliberalismo, el neoconservadurismo operaban para eso. La hiperinflación fue el resultado de varias cosas. Creo que ya todo el mundo estaba contra nosotros. El FMI estaba muy fastidiado porque el Banco Mundial nos había dado un crédito sin la luz verde del Fondo.”
“Sin embargo, en aquel momento usted acusó a la izquierda. Recuerdo las detenciones de algunos dirigentes. Aunque ningún neoliberal fue a la cárcel en aquellos días del 89.”
“Mire, Alifano, yo tenía que pelear todo el tiempo a dos puntas. Por un lado estaba la Sociedad Rural Argentina, por el otro los sectores gremiales y la izquierda. Los grandes grupos, además, se negaron a pagar impuestos a partir de diciembre del 1988. Esos grupos agroexportadores se sentaron sobre las divisas, a la vez que otros se sentaban sobre sus bienes. No vendieron sus cosechas, por ejemplo, para perjudicarnos. A pesar de que luchamos durante todo nuestro tiempo contra la receta del FMI, finalmente terminaron ganándonos la carrera a través de la inflación.”
“Ya perdida la elección, ¿por qué se produce su anticipada renuncia?”
“Bueno, yo me di cuenta de que por una razón de orgullo personal no podía poner en riesgo lo que habíamos logrado en el campo democrático. Había que defender la democracia en primer lugar y eso nos llevó a producir una anticipación de la entrega. Creo que el error fue hacer las elecciones con tanta anticipación. Quise buscar una solución con el peronismo, que desarrolláramos en común un pequeño plan que nos permitiera llegar hasta el 10 de diciembre, pero ellos se negaron. Entonces comprendí que ya había logrado el objetivo más importante que me había fijado, que era entregar el gobierno a otro ciudadano elegido por el pueblo. Y allí concluyó mi tarea, digamos, democráticamente.”
Llegados a la puerta del departamento de la avenida Santa Fe al 1600, donde vivía, el doctor Raúl Alfonsín me invitó a subir para mostrarme su biblioteca y compartir un café.
“Usted es de pura cepa gallego, ¿no es así, don Raúl?”
“¿Qué le parece, el apellido me delata? Y a mucha honra, señor”, respondió con evidente orgullo. “Pero bien argentino hasta la muerte”.
Seguimos conversando de muchísimas cosas, que pueden dar para un voluminoso libro; pero, ante su magnífica biblioteca, cerramos el diálogo hablando de literatura.
“Me considero un buen lector o, mejor dicho, un buen relector. Cada tanto vuelvo a los clásicos y entre ellos incluyo a Borges, Pio Baroja y a Bioy Casares. Acabo de leer sus cuentos que son magníficos. A veces también leo poesía, Leopoldo Lugones es mi preferido. Mire, aquí hay un libro de Carlos Mastronardi, dedicado a Silvina Ocampo, que le compre a un librero de viejos. “Seguramente usted conoció a este gran poeta?”
“Sí, y lo frecuenté bastante. Fue uno de los grandes amigos de Borges”.
“Bueno, este libro le pertenece. Se lo obsequio, en sus manos estará muy bien”.
Siempre recuerdo aquella tarde con lágrimas en los ojos. Más allá de cualquier signo partidista, don Raúl Alfonsín fue, sin duda, un hombre ético y nuestro gran paladín de la democracia.