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TRIBUNA

Ferlosio 1927-2019

jueves 04 de abril de 2019, 19:59h
Actualizado el: 04 de abril de 2019, 20:19h

Rafael Sánchez Ferlosio vomitó sangre – no era la primera vez – tomó un taxi y se dirigió al hospital donde acabó muriendo a las pocas horas. Su mujer, convaleciente, no pudo acompañarle. El tránsito ha sido rápido y lúcido. Cuando se supo morir se despidió de un amigo leyéndole un poema de G. Leopardi en la lengua de su madre, que no ha sido su lengua materna. Sempre caro mi fu quest'ermo colle… En el momento final, la lengua materna se revelaría dividida entre la madre en la carne y la madre en el espíritu.

No sé si la desaparición de un prosista exacto, que ha labrado textos cuya dignidad y pureza manifiesta el escaso, pero formidable, número de sus lectores, es o no es la noticia más importante de la semana. Acaso es irrelevante que muera un hombre donde caen millares a diario, acaso es un signo abismal la desaparición de un entendimiento capaz de armar figuras asombrosas en nuestra lengua de cada día. La firmeza sintáctica de su prosa expresó, a mi parecer, no sólo rigor en el razonamiento, sino también una desolación geométrica. Su gesto atrabiliario, su vestir descuidado – según las modas del tiempo –, su indiferencia patente a las normas sociales, no parecen compadecerse con la arquitectura medida de su escritura y, sin embargo, el orden y conexión de su verbo es condición de la libertad sin medida que trasluce en su modo de vivir o de morir. Más allá del acuerdo o desacuerdo con sus posiciones queda la alegría de seguir el ritmo calmo, pero inexorable de su gramática: pulida, metálica, arquitectónica y la precisión infinitesimal de sus palabras. Que hay una lírica de la
formalización, una pasión que figura estructuras cristalinas y abstractas, queda patente en todas sus páginas. Se desdijo de aquellas juveniles que le han dado un lugar en la memoria de bachilleres y estudiantes de literatura española y se inclinó por un modo de decir, que es también vivir, a la altura de la más definida escolástica.

No creo que le importara – más allá de los más próximos – el vano recuerdo que el público lector y el otro pudieran guardar de su figura falsamente desabrida, de una virtud destemplada. No creo que le importara que yo – como hoy tantos otros – le haya dedicado una página de dudoso valor. Con Ferlosio se pierde una figura cada día menos probable, la de una extravagancia literaria ceñida con precisión a formas canónicas, meticulosamente talladas. Un escritor con aliento de clásico y voluntad manierista que exige al lector una atención templada a cambio de salir de la página aguzado y más diestro en el filosófico arte de mirar y ver. Lo que le he leído me ha dejado siempre ese regusto de palacio granítico y bien fundado, incluso cuando negara sus afirmaciones o recusara sus principios. Este disfrute de su forma translúcida y dura, pese al rechazo de sus posiciones, constituye un caso asombroso y, a mi juicio, es signo de una potencia radical de composición literaria. Ferlosio acaso no haya sido uno de los mejores filósofos del siglo, pero ha sido uno de los grandes escritores de una lengua hoy
estragada y roma, desteñida y dañada. El español de Ferlosio tiene el timbre inquebrantable de la vieja lengua española y su propia figura tenía algo del hidalgo enloquecido por la lectura y perdido en la fantasía ejecutiva de una vida narrada en algunas de las páginas recorridas por sus ojos.

Con su pérdida se merma severamente la potencia regenerativa de nuestra lengua. Son muy pocos hoy los que esgrimen la pluma con la demoledora potencia de un ariete, la precisión absoluta de un reloj atómico o la sutileza divisoria de un gran cirujano. El español del común se ha degradado en los últimos cincuenta años de modo alarmante, al mismo ritmo en que se degradó la unión común de los españoles, porque la lengua es precisamente la atmósfera universal en que respiramos. La degradación de una sociedad se manifiesta, primaria y esencialmente, en su lengua. La pérdida de complejidad de las formas de vida se corresponde con la simplicidad creciente de nuestra habla. Recuerdo que Rafael Sánchez Ferlosio contribuyó hace años a oscurecer la negra leyenda que pesa sobre la historia y el presente de España, esa oscuridad desmerece, sin embargo, al lado de la brillante organización que conforma la gran mayoría de sus páginas. Apenas nos quedan maestros – por discutibles que sean y porque lo son – con los que puedan medir sus armas los que empiezan a orientarse en la comprensión del mundo y a esforzarse en afinar el instrumento único de ese ejercicio de penetración en los senos de la realidad que es su lengua materna. La de Ferlosio ha sido el español, aunque a la hora de morir puedan muchos dejar escapar – como él – en lenguas extrañas, aunque muy próximas, sus últimas palabras. A la hora de hundirse en el infinito puede uno olvidar la realidad bien determinada desde la que se abrió al mundo. Entonces es comprensible hablar otras lenguas y aún más comprensible es resignar para siempre la palabra, ofreciendo la última lección de un silencio grave y absolutamente significativo. El escritor ha callado para siempre, ya sólo su obra sostiene su palabra.

Fernando Muñoz

Doctor en Filosofía y Sociología

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