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DESDE ULTRAMAR

De Zapata a Cuba

Marcos Marín Amezcua
jueves 11 de abril de 2019, 18:05h

Menuda semana llevamos, cuando se agolpan efemérides y acontecimientos dignos de mención, que nos ponen en una situación un pelín apurada, puesto que no es menos el predicamento a abordarlos. En efecto, se trata de una ligera cascada de notas que sustituyen las bravuconadas deslenguadas de Trump amenazando con cerrar por enésima vez, la frontera con México.

Calentones de boca del aturdido inquilino de la Casa Blanca, que me generan bostezos interminables, pues, ya ve, al final ni pasó nada y no pasará porque según nos adelanta la American Chamber of Commerce of Mexico, en esa dinámica frontera se efectúan transacciones comerciales binacionales en razón de un millón de dólares por minuto. Lo leyó usted bien: por minuto. ¿Cerrar? ¡Qué cerrar ni que niño envuelto! diría mi abuelita. El empresario Trump sabe la estupidez que supondría hacer tal. Dinero es dinero. Y menos tratándose de una frontera que cierra el paso a migrantes pobres, mientras deja pasar la millonaria droga con la absoluta complicidad de los yanquis porque, ya se sabe, la corrupción también habla inglés, faltaba más.

En tanto Trump espetaba al presidente colombiano Duque con un quejumbroso dicho de que Colombia está incrementando el envío de estupefacientes a su país, regresando así con tal discurso paniaguado e insolente a treinta años atrás a culpar a los productores de droga exculpando a la putrefacta sociedad estadounidense que no controla eficazmente a sus consumidores y mucho menos atiende las causas de tal comportamiento, es que prosigue a paso lento pero decidido con la construcción de su muro. Pagado por él, eso sí. Y de paso lanzaba sus amenazantes chillidos sobre ese cierre de frontera que se parece un poco al cierre de su cerebro.

Así que solo resta pasar a cosas importantes como que este 10 de abril de 2019 hemos conmemorado en México el centenario del artero asesinato del llamado “Caudillo del Sur”, Emiliano Zapata, un personaje tan emblemático de la Revolución mexicana. Un año dedicado a él nos coloca en la actualidad de su lucha con la bandera de su lema distintivo: “Tierra, Ley y Libertad”. Zapata alzó al campesinado, encabezó el movimiento agrarista, reclamó la devolución de las tierras usurpadas por los hacendados y terratenientes solapados por leyes arbitrarias y abusivas apadrinadas por la dictadura de Porfirio Díaz. El individuo inspiró luchas campesinas y su eco rebota hasta en movimientos como el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), que aunque se inspira en el prócer, usurpa su nombre, sin lugar a dudas.

El reparto agrario, la abolición del latifundismo son pilares de la Revolución mexicana. Parece increíble que un siglo después haya países del mundo hispánico que apenas comienzan a debatir o han postergado hacerlo, si empezar algún reparto de la tierra, por pequeño que sea. Y aunque Zapata no haya impulsado el ejido, no menos cierto es que se desmantelaron la Haciendas para consagrarlo, pese a que los culebrones mexicanos, esas telenovelas a las que les ponemos mucho tomate, siempre sitúen su lacrimógena trama en ellas. Ficción pura. Porque sépalo: las haciendas están muertas, son un espejismo y sus cascos antiguos suelen ser hoteles de lujo si alguno sobrevive.

Eso sí, parece que la lucha de Zapata no termina. México se torna como un país donde en la última década se han ejecutado a unos 44 activistas defensores de la tierra y del medio ambiente. Sea que se enfrentaron al narco, a poderosos empresarios talamontes o similares. El legado de Zapata no se cumplirá sin antes hacerse justicia a esos pueblos expuestos a codiciosos intereses, mientras sigan cayendo sus líderes que reclaman justicia. Para variar y no lo vamos a callar, es al inmediato sexenio anterior del putrefacto y nauseabundo PRI, irremediable en sus conductas y extravíos característicos, y que es más oscuro que ese agujero negro que nos ha obsequiado la tecnología apuntando los telescopios al espacio sideral –dotando a este 10 de abril de una segunda razón para ser histórico– que se lleva el palmarés en el número de muertos y perseguidos por la defensa de los recursos naturales y la venta de tales recursos a intereses privados, minando la riqueza de México. Si Zapata no murió, su lucha tampoco, por más que se empeñen en abaratarla y minimizarla.

Empero, esta jornada ha sido triplemente histórica: nuestra vecina Cuba mueve a girarnos hacia ella al proclamar su nueva constitución –la más moderna de América frente a la más antigua, la estadounidense de 1787– empalmando el acto solemne de proclamación con el sesquicentenario de la promulgación de su primera carta fundamental, la histórica Constitución de Guaimaró, dictada en plena guerra por la independencia, la Guerra Grande (1868-78).

La de 2019 no rompe con el régimen castrista. Al contrario: sentencia que el socialismo es la vía y que jamás se regresará al capitalismo. Esta vez surge con la madurez del socialismo y sin Fidel, pese a aparentar que todo está bien atado y a saber cómo perdurará sin los Castro. Nace ya con una Revolución cubana consolidada, a 60 años de haber triunfado y no con el grosero intervencionismo yanqui que se verificó en 1901 con la ampulosa y desvergonzada Enmienda Platt, abusiva como Trump y que dio nacimiento a la vergonzante República mediatizada. No podemos ningunear el mérito de su lanzamiento, puesto que lo hace una Cuba libre que le planta cara a las adversidades, a su mismo enemigo cercano, nos guste o no. No se ha doblegado. Y sí, con la natural denostación del exilio, sin olvidarnos de que aun descalificándola, 391 de sus 978 propuestas fueron incorporadas de alguna manera a su texto definitivo.

Y renunciando a expresiones tales como “ciudadano” por la de “pueblo” (un retroceso, me parece) va recuperando figuras como la del presidente y el vicepresidente, o explicitando que adquirir una nueva ciudadanía no conlleva perder la cubana, distinguiendo un proceso legislativo de iniciativa de ley de uno de reforma constitucional. La nueva constitución se ha declarado heredera de su historia nacional y sensata va en la valoración de la realidad cubana, calificándosela como “hija de su tiempo”. Se refiere en su preámbulo a sí misma como heredera de la lucha de su pueblo, obedeciendo a hechos tales como que nace: “[…] por los patriotas que en 1868 iniciaron las guerras de independencia contra el colonialismo español y los que en el último impulso de 1895 las llevaron a la victoria de 1898, que les fuera arrebatada por la intervención y ocupación militar del imperialismo yanqui”.

¡Tómala! Y sí, observa usted correctamente: “colonialismo español”. Y conste que soy consciente de la estrechísima relación hispano-cubana perdurable y que en la Gran Antilla ni hubo aztecas ni Tenochtitlan, aunque sí otras modalidades de coloniaje. Que lo exprese Cuba dice mucho al suceder desde la más española de las repúblicas de América, tal y como la denominó desde la misma España, la cubanísima Olga Guillot. Dura expresión la del texto cubano que no apela ni a perdones ni a dimes y diretes de ida y vuelta, estériles y trasnochados. Lo sostiene con la prontitud que caracteriza al cubano. Tampoco entre españoles y cubanos se van a contar cuentos. Ella puntualiza. Nada más y no obvia la Historia. Y me pregunto a ver cómo evolucionará el intríngulis hispano-cubano ante tal referencia histórica. Nada más falta que salte algún ofendido. Sí, sí que son comunistas, dirá (ya me sé la consabida postura). Sí, será el sereno, pero la Historia allí está y no nos vamos a marear la perdiz con tiquismiquis.

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