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Ensayo

G. K. Chesterton: El fin de una época. Artículos 1905-1906

domingo 14 de abril de 2019, 18:55h
G. K. Chesterton: El fin de una época. Artículos 1905-1906

Traducción de Montserrat Gutiérrez Carreras. Encuentro. Madrid, 2019. 344 páginas. 24 €.

Por Fernando Muñoz

Gilbert Keith Chesterton, simplemente Chesterton, está conociendo una redifusión o un reconocimiento en los últimos años, que han visto la edición y re-edición en español de sus obras. “Simplemente Chesterton”, decimos, con inevitable injusticia porque también otros portadores de ese nombre, al menos Cecil Chesterton, merecerían una atención que, por el momento, no se les presta. Sea como fuere, el reconocimiento del gran maestro inglés es una bendición sin matices: absoluta.

Sin embargo, y pese al reconocimiento que el gran Chesterton recibe, los lectores españoles carecemos todavía de unas obras completas merecedoras de ese nombre, porque la edición en Plaza & Janés bajo ese título, que data de los años 60, no pasa de ser una breve antología, que agradecemos sobremanera. La editorial californiana Ignatius Press afrontó la tarea de editar las obras completas, tarea inacabada pero que presenta ya treinta grandes volúmenes.

En español numerosas editoriales han contribuido a una más errática difusión de tan prolífera escritura. En mitad de los numerosos pequeños volúmenes en que se nos va presentando la monumental figura del maestro inglés, corremos de uno a otro con la avidez de recibir la palabra, a la vez penetrante y transparente, del maestro alegre. Ahora la editorial Encuentro en colaboración con la Universidad CEU San Pablo y gracias, sobre todo, a la inteligencia tenaz de María Isabel Abradelo y Pablo Gutiérrez, ofrece el primer volumen de artículos para The Illustrated London News, correspondiente a los años 1905/1906. El proyecto es el de publicar un volumen al año hasta cumplir con los artículos que Chesterton escribió para esta publicación: “El más longevo de sus compromisos periodísticos pues duró hasta su muerte en junio de 1936”. Más de treinta años de constante contribución a la ILN con una fidelidad que sólo la más grave enfermedad o la muerte pudieron destruir. En la edición de Ignatius Press son diez los volúmenes que contienen los artículos para la ILN: los traductores y editores de esos volúmenes nos anuncian, pues, una década maravillosa.

¿Pero quién es ese Chesterton por antonomasia cuya publicación merece, por mi parte, el mayor de los elogios? En principio, Gilbert Keith Chesterton fue un periodista, un humilde caricaturista y soberbio lector, que se ganó bien la vida con la pluma. Ajeno a cátedras universitarias, sin ínfulas de filósofo, no es espécimen representativo de una “cultura superior”, sino la auténtica contrafigura del especialista académico titulado y convenientemente acreditado por agencias públicas.

Pero este periodista indocumentado conoce bien el valor de esa “cultura superior”: “El efecto que causa en las personas ricas que pueden dedicarse a ella es mucho peor que cualquier otra diversión de millonario, peor que apostar en el juego, peor incluso que la filantropía […] se traduce en la pérdida de toda solidaridad democrática. Se traduce en la incapacidad de hablar con un peón sobre deportes, o cerveza, o la Biblia o el Derby, o patriotismo o cualquier tema del que el peón quiera hablar. Se traduce en tomarse la literatura seriamente, algo propio de aficionados.” (ILN 7/4/1906)

En efecto, Chesterton reniega de esa “cultura superior” y es simplemente un periodista: un ignorante magistral. En 1909, tras pronunciar uno de sus abundantes discursos en el Club del Libro del Times, una admiradora pretendió elogiarle indicando que sabía de todo. La respuesta tiene valor fundacional: “Yo no sé de nada, señora, soy periodista”. Si la cultura superior “es triste, barata, impúdica, áspera, carece de honradez y de estilo. En resumen, es «superior»” la ignorancia chestertoniana, de evidente estirpe socrática, es alegre, querida, púdica, amable, honrada y formal. En resumen, es “profunda”.

Chesterton es acaso el último representante de una sabiduría tradicional cuyo sujeto no ha pretendido nunca erigirse en “conciencia crítica de la sociedad”, al modo del filósofo ilustrado o del acreditado especialista. Sólo a su pesar resulta una sabiduría crítica, pero crítica de la crítica crítica, para decirlo al modo marxista. Entiéndase que el “filósofo ilustrado” se esconde tras numerosas figuras: “científico social” y “agente revolucionario”, “técnico” que, al servicio del Estado, se pretende agente transformador y promotor de un orden social luminoso, liberado de las adherencias de una tradición basada en un saber “oscuro y confuso” de carácter teológico y metafísico. El crítico ilustrado apela siempre a un saber arcano o a una “cultura superior” -de pretensión científica- que, conociendo la condición del hombre y la sociedad, puede ofrecer las líneas maestras de su constitución para conducirnos finalmente al advenimiento de un tiempo nuevo para un hombre nuevo: lúcido habitante de su Reino de Razón y Bienestar.

La sabiduría que Chesterton encarna -el término no es baladí- es inseparable de su vida, porque no es un conocimiento teorético o especulativo, expresado en ensayos técnicos, sino un saber narrativo y dramático cuya abstracción es siempre figurativa -lean su Ortodoxia- frente a la reseca razón puramente abstracta del técnico que lo ha perdido todo salvo la razón, portador -en suma- de una razón pura o de una mera razón desentrañada y yerma. Chesterton y el saber que encarna no desprecian la razón, ni incurren en el moderno irracionalismo, pero saben ejecutivamente -sin renunciar a manifestar representativamente- que la razón humana es razón vital, que la vida excede de la razón y la ampara.

En 1922, poco tiempo después del fallecimiento de su padre, Gilbert K. Chesterton abrazó el catolicismo. La primera nota escrita tras su conversión va dirigida a su madre: “He llegado a la misma conclusión de Cecil sobre las necesidades del mundo moderno en materia de religión y recta conducta, y ahora soy católico, igual que él, después de haber pasado por el anglo-catolicismo… Nada puede cambiar el gran cariño que nos hemos tenido siempre… He pensado en ti y en todo lo que os debo, a ti y a mi padre, no sólo en cuanto a afecto, sino también en los ideales de honor, libertad y caridad y en tantas cosas buenas que siempre me habéis enseñado; y no advierto la menor ruptura o diferencia en esos ideales, sino una nueva y necesaria manera de luchar por ellos. Pienso, como Cecil, que la lucha por la familia y por la libertad del ciudadano y por todo lo decente, debe proseguir ahora con la única forma combativa del cristianismo…” (julio de 1922).

Me atrevo a afirmar que cualquier interpretación de la obra de Chesterton que no atienda este paso como el momento fundamental y determinante de su existencia, mal entiende y tergiversa el sentido de su pensamiento. Si Gilbert K. Chesterton es un filósofo es de modo inmediato un filósofo católico, pero si es un humorista, un periodista o un ligero conferenciante, será un humorista, un periodista o un charlatán católico. La antropología -teológicamente fundada- que este asombroso escritor fuera re-descubriendo es, sencillamente, la ortodoxia católica. La misma que caracteriza su visión del hombre y del mundo y es el aliento íntimo de toda su obra.

Chesterton ha reconocido los vestigios de la comunidad universal cristiana en los hábitos y costumbres que el industrialismo y el imperialismo victoriano venían a disolver, no sólo en Inglaterra sino en el mundo al que el imperio británico contribuyó a dar forma, sobrepujando otras maneras de universalismo. La Inglaterra victoriosa se alejaba así de su vieja Inglaterra, de la Merry Old England que, de algún modo, se incluía todavía en la vasta Cristiandad. El imperio británico contribuía -con la capacidad “constructiva” de un ariete- a erigir la nueva Sociedad Universal y su forma comercial y económico-técnica de globalización. Los más conspicuos portavoces de la nueva Sociedad Universal, detentadores de la visión científica del mundo y su cultura superior, hablaban en nombre de la clase de comerciantes, industriales y financieros que había tomado el Estado desde finales del siglo XVII en Inglaterra y un siglo después en el continente. Son éstos los auténticos revolucionarios:

“El creador del Padre Brown había estado explicando el cosmos al arremeter contra la "próxima herejía". Chesterton afirmaba que tal herejía "va a ser sencillamente un ataque a la moralidad y en particular a la moralidad sexual". No iba a venir "de algunos socialistas sobrevivientes de la Sociedad Fabiana, sino de la exultante energía vital de los ricos resueltos a divertirse por fin, sin Papismo, ni Puritanismo, ni Socialismo que les contengan". Era una herejía mucho más peligrosa que la débil teoría del colectivismo, ya que, a diferencia de ésta, llamada al fracaso por carecer de raíces auténticas en la naturaleza humana, estaba enraizada en las profundidades abismales de la raza humana. Era una herejía "cuya flor es la lujuria de la carne, la lascivia del ojo y el orgullo de la vida". El hombre que no puede verlo era "incapaz de contemplar por la calle los signos celestiales", una nueva clase de señales del cielo: "La locura de mañana no está en Moscú, sino mucho más en Manhattan, la mayor parte se encontraba en Broadway y ya está en Picadilly".” (Joseph Pearce: G. K. Chesterton. Sabiduría e Inocencia. Editorial Encuentro, 2009).

Frente a ese cenagoso mundo y sus especialistas acreditados, Chesterton encontraría en la Iglesia católica -“única forma combativa de cristianismo”- el manantial capaz de aclarar las turbias aguas de la ciénaga. El manantial y la ciénaga es el título de la última colección de artículos que publicó el maestro, próximo al final. Hay quien dice que Chesterton desesperó, hay quienes no lo conciben desesperado. Hay quiénes, conociendo nuestra frágil constitución, saben que en su corazón -como en el nuestro- se libró una durísima batalla. De un modo u otro, el manantial profundo y limpio de la Iglesia sostuvo la vida y la obra del último gran apologista.

Así pues, el sujeto de la sabiduría profunda, de la que Chesterton es magnífico portavoz, no es la sociedad y su conciencia crítica, esgrimida por especialistas y técnicos en planificación económica y política, es la comunidad universal -aunque rasgada y dividida- que, a cobijo de una Iglesia universal, resistía los programas de construcción integral del mundo procedentes de las fuerzas conjugadas del Estado y el Mercado. Su sabiduría, profunda como la tradición y diáfana como el hombre común, está presente en la mirada penetrante y transparente de Chesterton. Una profundidad transparente que significa la claridad que permite que la luz viaje hasta el fondo elemental de la vida. Emil Cioran escribió: “Comparado con Aristóteles, un santo es un analfabeto: ¿Por qué, entonces, nos parece que podríamos aprender más de este último?” Sin duda, por la misma razón por la que aprendemos más de la ignorancia chestertoniana (socrática o cristiana) que de las ciencias e ingenierías del hombre.

Pero Chesterton fallece en el umbral de la gran guerra, cuyo preámbulo fue nuestra Guerra Civil, el 14 de junio de 1936. Nos preguntamos si su desaparición señala el fin de una época -título del volumen que publica Encuentro- o el mismo devenir de la Iglesia, tras la contienda mundial y el último Concilio, no significa también el final de una Era: de nuestra Era, de la Era que solíamos llamar cristiana.

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