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TRIBUNA

En abril repúblicas mil

domingo 14 de abril de 2019, 19:15h

Algunos modos de gobernar de la izquierda durante la II República fueron excesivamente expeditivos: “Tiros a la barriga y que no quede ni uno” (Manuel Azaña ante el incidente de Casasviejas), y “Usted ha hablado aquí por última vez” (Desde su escaño en las Cortes, la Pasionaria a José Calvo Sotelo, quien horas más tarde sería vilmente asesinado por guardaespaldas del socialista Indalecio Prieto). Un crimen de Estado similar al cometido en Italia años antes por los fascistas contra el diputado socialista Matteotti.

También fueron demasiado expeditivos por parte de la izquierda sus modos de comportarse en la oposición: organizó un golpe de Estado resultando una revolución en Asturias y la independencia de Cataluña. Si a eso se suma la quema de iglesias y conventos en las primeras semanas del régimen iniciado el 14 de abril de 1931 y la persecución de religiosos y civiles por el Frente Popular desde febrero de 1936, la II República no tuvo de idílica más que el abrileño sol de una mañana madrileña calentando a las masas reunidas en la Puerta del Sol.

El régimen republicano careció de legitimidad de origen. Su advenimiento no fue consecuencia de una votación o referéndum. Se proclamó de forma espontánea, callejera y, sobre todo, insólita, tras unos comicios municipales en los que 14.018 concejales monárquicos triunfaron sobre 1.832 concejales republicanos. Estos y sus partidarios ignoraron el sufragio universal provocando la abdicación y marcha de Alfonso XIII.

El deterioro de la Monarquía no fue culpa del rey, sino de un aciago proceso originado por el mal funcionamiento de los partidos políticos y, especialmente, por el sectarismo, que apartó del poder al conservador Antonio Maura en la crisis de 1909. Maura pudo haber sido el hombre de la situación, pero la intransigencia antimaurista le cerró el paso. El grito de ¡Maura no! sería un anticipo del Frente Popular en 1936.

Esa intolerante cerrazón se reprodujo en 1933 contra el jefe de la CEDA, José María Gil Robles, a quien se le impidió formar Gobierno cuando había sido el gran triunfador de las elecciones. La izquierda siempre tuvo una concepción patrimonialista del régimen republicano considerándolo como una obra exclusivamente suya. Con razón dijo “El Socialista” que a la revolución comenzada en 1931, la Institución Libre de Enseñanza le había dado los jefes y el socialismo obrero, las masas. De entre los políticos republicanos, el más desacertado fue, sin duda, Niceto Alcalá Zamora, que con su conducta personalista y raquítica negó el poder al partido triunfante en las elecciones de 1933 y terminaría por entregar la República al marxismo.

Cuando hoy se oyen vivas a la República, muchos desearíamos que lo sean a la de Platón o a la de Ikea. Y preferimos republicanos de Ronald Reegan, más amantes de la libertad y menos revanchistas que otros republicanos. ¡Qué necesaria va siendo la memoria histórica! pero la de verdad, no la interesada. Tanta insistencia con la Segunda República y nadie se acuerda de la Primera.

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