La salud, lo primero
sábado 02 de agosto de 2008, 21:04h
A mediados de mes, la Dirección General de Tráfico, abrumada por el número de caídos que origina la carretera, presentó junto al lama Jamyang Tasni, venerable abad del monasterio de El Garraf, un casco para motoristas que, además de ofrecerse como símbolo de paz, incluye dentro y fuera dibujos y bordados budistas destinados a mejorar la concentración de los conductores. La medida no pretende sustituir a las tradicionales estampitas de San Cristóbal, patrón de los viajeros, sino más bien actualizar la oferta y quizás completarla de manera que no sólo los católicos puedan acogerse a los beneficios de la protección divina. Desconozco si las autoridades habrán hecho indagaciones para conocer la religión de los cuatrocientos veintitrés motoristas fallecidos en accidente en el año 2007, pero imagino que este interés por los sortilegios budistas no se debe sólo a las dudas que ahora se ciernen sobre si el patronazgo de San Cristóbal incluye o no a los viajeros motorizados. El impresionante aumento de los españoles que se confiesan ateos –sólo comparable al número de los que declaran no leer jamás un libro- justifica desde luego esta clase de iniciativas. Aunque, como cristiano viejo, desconfío del poder de los lemas budistas, aplaudo la medida del gobierno. Más aún, la extendería en cuanto fuera posible a otros campos de la actividad pública, empezando por la enseñanza, donde un casco portador de paz que facilitara asimismo la concentración del alumno resolvería de una vez para siempre nuestros endémicos problemas educativos.
La iniciativa de Tráfico constituye, en opinión de importantes analistas políticos, el primer indicio de la pérdida de influencia del sector partidario del laicismo radical en el Consejo de Ministros. El anuncio del Papa de la futura celebración de la fiesta de la juventud en Madrid están teniendo ya consecuencias. Igual parece haber pasado con el Chaves americano, cuyas petrolíferas zalamerías de hoy han hecho olvidar los locuaces desplantes de ayer. El giro pragmatista de Zapatero en esta legislatura es cada vez más notorio. Son los efectos de la crisis, y aunque la venta de escapularios tal vez se resienta con el incremento de la de cascos chakra (permítanme que los llame así, invocando una palabra que significa, según he sabido,“centro de energía vital”), no hay duda de que los espíritus religiosos preferirán el nuevo multiculturalismo al laicismo combatiente de los últimos años.
Desafortunadamente, el gobierno parece incapaz de mantener este mismo nivel de creatividad en el terreno sanitario. Tras una primera legislatura brillante sus ideas dan la impresión de haberse agotado. El ministro Bernat Soria ha dejado incluso de sonreír. Entre la dirección general de Tráfico y el Ministerio de Igualdad, dirigido por la dulce Bibiana, acaparan íntegramente el caudal innovador del socialismo hispánico. Una vez erradicado el vicio del tabaco e incluida en los programas escolares la asignatura de hábitos saludables de vida, se diría que no encontraran a su alrededor ninguna tradición enojosa que abolir ni nada que contribuya a acrecentar los derechos de todo ciudadano a llevar una existencia de progreso.
Pero no se preocupen, en mi condición de ciudadano responsable, y como buen conocedor de la lógica socialista, me permito desde aquí sugerirles una posibilidad más que juiciosa: la supresión del saludo manual, lacra de nuestro sistema productivo. Dicen los médicos, y lo confirman las estadísticas oficiales, que buena parte de las ausencias laborales son causadas por enfermedades de poca monta producidas por culpa de esta bárbara costumbre de tomar la mano ajena y sacudirla. Como ustedes sin duda saben, los cambios de estación y los aparatos de aire acondicionado hacen que las personas se resfríen con mucha facilidad. Mocos y estornudos han acabado convirtiéndose en algo tan veraniego como el flotador y las chanclas. Las personas educadas suelen proteger a sus interlocutores de las estampidas respiratorias tapándose la boca y la nariz con un pañuelo, pero los virus, de los que se dice que un día exterminarán a la especie humana, se desperdigan por todas partes depositándose de forma inevitable en la mano pecadora. Una norma básica de higiene sería lavársela cada vez que uno estornuda, mas como esto es imposible, la fauna vírica anida en nuestros dedos y, luego, cuando tropezamos con alguien a quien debemos saludar, se aposenta en los suyos, cursándole cerricularmente la enfermedad.
Contra esto no hay nada que hacer. La única solución es prohibir legalmente el saludo manual. No es una medida tan traumática como parece. Cuando una costumbre resulta perjudicial, debe ser postergada. El único problema es encontrar una alternativa. ¿Qué haremos para saludarnos? Yo propongo la recuperación del sombrero, una prenda que reflotaría nuestra alicaída industria textil y daría nuevos temas a los ticianos de la moda. Por supuesto, no se trata de restaurar el ceremonial más o menos versallesco de otros tiempos, pero ganaríamos mucho, y no sólo en higiene, sino en dignidad, si cada vez que tropezáramos con un vecino hiciéramos el elegante gesto de acariciar las alas de nuestro tocado o el no menos sofisticado de alzarlo ligeramente sobre nuestras cabezas.
Naturalmente, no todo el mundo aprobará la medida. Habrá que contar, primero, con la oposición de algunos gremios, el de peluqueros, por ejemplo, y con las dudas de los profesionales de riesgo - notarios o directores de banca-, obligados a trabajar por lo común en recintos cerrados. Una solución sería recurrir en los interiores a la reverencia oriental. Comprendo que este tipo de saludos repugna a nuestra sensibilidad, enemiga de pleitesías predemocráticas, pero no se negará que encierra algunas ventajas dignas de tener en cuenta; gimnásticas, por ejemplo.
Si el gobierno actúa con la contundencia que le caracteriza, bastará muy poco para que sea olvidado el mal hábito del saludo manual. Pronto perderemos la necesidad de estrechar las manos de los conocidos y serán enormes los beneficios, tanto higiénicos como económicos. Cabe incluso que se produzcan cambios sociales notables. Un pudor sagrado terminará convirtiendo los dedos en partes pudendas, algo que sin duda revivirá nuestra aburrida sexualidad, despojada por culpa del destape de todo misterio. Hombres como Chevillard, aquel violonchelista belga que únicamente mostraba su mano virtuosa los días de concierto, se convertirán en precursores de una nueva época, una época de progreso liberada al fin del contagio digital.
En fin, no quiero agotarles con un tema sobre el cual deberán pronunciarse en el futuro los expertos. Me limito a plantear la posibilidad. Una nación progresista no puede permanecer encallada en prejuicios atávicos, ligados a un modelo de masculinidad que consagraba la violencia hasta el punto de que extender la mano desnuda para saludar era un modo de demostrar que uno no llevaba armas o que no iba a usarlas. Hay que estar a la altura de los tiempos. Bibiana lo ha dicho. Yo, por mi parte, y para dar ejemplo, he comenzado a abrillantar la bacía de don Quijote.