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TRIBUNA

Vida y obra de Friderike Mª Zweig

miércoles 15 de mayo de 2019, 17:59h

Stefan Zweig dio conferencias en español y escribió con donaire sobre Sevilla. Pero su primera mujer, que no le iba a la zaga, brindó al Museo del Prado un piropo insuperable y leyó a Ortega con provecho. Friderike Maria Zweig (Viena, 1882 - Stamford, 1971) fue esposa y colaboradora del literato Stefan Zweig durante veinte años. Y aunque en ella residen, sí, algunas claves para enriquecer nuestra recepción del genio austriaco, Federica María Zweig es sobre todo una gran escritora por descubrir.

Autora de una docena de buenos libros, entre novela y ensayo, sólo tres de sus obras han sido vertidas al español. Y únicamente sus memorias, más parte de su correspondencia, ha llegado hasta nuestros días con escaso y frívolo eco. Quizá porque no es fácil, para la crítica actual, hacerse con una mujer compleja. Una pensadora rica en matices que conjugó el feminismo con la familia, el cosmopolitismo pacifista con la lealtad patriótica; y su herencia judía, y su mentalidad liberal, con la vocación católica. En resumen, modernidad y tradición.

Juventud (1882-1914): El presente de ayer

Benjamina de seis hermanos en una familia de la alta burguesía austrohúngara, Friderike recibió una esmerada educación liberal. Fue una lectora voraz desde la infancia, y una de las primeras señoritas en pasar por la Universidad de Viena, donde estudió Literaturas francesa y alemana, con ampliación en Pedagogía y Psicología para habilitarse por oposición como maestra de francés.

Tanto ella como sus hermanos fueron criados al margen de la religión. Su padre, Emanuel Burger, era un judío secularizado. Y aunque su madre, Theresia Elisabeth Feigl, de niña había sido pulila en las Ursulinas de Linz y seguramente no era judía, tampoco parece que fuera creyente. Sin embargo, a los 23 años Friderike decide bautizarse, adoptando el segundo nombre de Maria. Un hecho fundamental en el modelado de su pensamiento, y que la transformó para siempre en una mujer profundamente devota.

En 1906, Friderike Maria contrae matrimonio católico con Felix von Wintenitz, un joven funcionario, e hijo de un influyente periodista del Ministerio de Asuntos Exteriores. Tendrán dos hijas: Alexia Elisabeth (1907) y Susanna Benediktina (1910). Su marido la inicia en asuntos de política exterior, y a través su suegro accede a nuevos círculos intelectuales y artísticos. Sin embargo, parece que Félix no arrima el hombro ante las dificultades y el proyecto familiar se viene abajo: “Ya no esperaba apoyo ni asistencia alguna de él (…) Su despreocupación, por desgracia, no conocía límites”, resumirá ella en sus memorias.

En enero 1914, ambos acuerdan un discreto divorcio civil, quedándose ella con las niñas. El trámite le exige a Friderike solicitar una separación voluntaria de la Iglesia. Para entonces ya ha encarrilado su apaño con Stefan Zweig, del que se había enamorado en 1912 y que la acepta con sus dos hijas. En esta época, Federica combina la docencia con el periodismo cultural. Ha escrito un opúsculo no encontrado (El aspecto anímico en el cuidado de enfermos, 1913), publicado en prensa su primera novela (Los soñadores, 1912-13), y pronto le editarán otra elogiada por Rilke y por el propio Stefan Zweig: La llamada de la patria (1914).

Madurez (1914-1939): La destrucción del futuro

Al declararse la Primera Guerra Mundial, Zweig pretende alistarse para combatir en el frente de Polonia y Friderike le desanima; finalmente es destinado como propagandista en el Archivo de Guerra de Viena. Ella servirá como enfermera en Baden e ingresa en la Asociación General de Mujeres de Austria. En 1916, ambos consiguen un traslado a Salzburgo y se establecen en el Monte de los Capuchinos. Zweig escribe y dedica a Friderike el alegato de su conversión pacifista, el drama Jeremías (1917). Y ella comienza su tercera novela, Las avecillas (1919), para la que Zweig gestionará una adaptación cinematográfica que no prosperó.

Con el advenimiento de la República, Friderike obtiene una dispensa para casarse con Zweig por lo civil. Lo que formaliza en 1920, pero delegando poderes para no acudir a ceremonia. Empiezan los años dorados en el famoso caserón de Kapuzinerberg. Esta etapa, crucial en la ingente producción de Stefan Zweig, es incomprensible sin la criteriosa asistencia de Friderike. Que volcada en sus hijas, y en los triunfos de su marido, anestesia su propia ambición literaria. Colaborará, eso sí, en numerosas traducciones del canon francés. Y en 1925 concluye su cuarta novela, Los gigantes están solos, que no logra editor y todavía sigue inédita.

Este mundo se hundirá en 1934. Ese año, una guerra civil liquida la democracia austriaca y Stefan Zweig emprende el exilio con su nueva secretaria, Charlotte Altmann. Con Hitler en el poder, Zweig fija su residencia en Londres. Friderike aguantará un poco más. Pero tras la anexión de Austria al Tercer Reich, y la sentencia de su segundo divorcio, en 1938 se expatría a París. Allí impartirá Stefan su última conferencia en Europa (“La Viena de ayer”, abril de 1940), que Federica contribuye a organizar y de la que recordará asombrada el amor que Zweig seguía profesando a su Austria natal: “La añoraba desde el fondo de su corazón; él, que había interpretado como traición mi lealtad interna a la patria y la de mis hijas”.

Pero una vez declarada la Segunda Guerra Mundial, la tabla salvadora de Friderike será sobre todo la religión. Los católicos austriacos –memorará más tarde– vivieron un momento conmovedor cuando un obispo les recordó que no se habían quedado sin hogar, ya que la Iglesia era un suelo del que nunca podrían ser expulsados. Y concretaba agradecida: “Yo había rechazado legalmente ese mismo suelo dieciocho años atrás, ya que debí renunciar a la Iglesia para poder casarme por lo civil. Pero el clero parisiense permitió que volviera a ella”.

Senectud (1939-1971): La construcción del pasado

Este retorno al hogar de la comunidad creyente, en compañía de sus compatriotas desterrados, nos desvela el exquisito círculo íntimo de Federica María. Autores cristianos como Franz Theodor Csokor, René Fülöp Miller, Franz Hildebrandt, Dietrich Von Hildebrand… También escritores judíos atraídos por el cristianismo, como Franz Werfel o Scholem Asch. Y sobre todo el ya bautizado Joseph Roth, que según Friderike no se perdía una misa. Fortalecidos en su amistad por la fe común, cuando en mayo de 1939 Roth sea enterrado cristianamente en las afueras de París, será ella quien actúe en nombre de la familia.

También, en 1939, Friderike rompe su silencio y publica en Berna Luis Pasteur. Su vida y su obra. Penetrante semblanza del gran bacteriólogo francés, que para la autora simbolizaba el equilibrio perfecto entre ciencia y tradición. El libro será elogiado por el mismísimo Pasteur Vallery-Radot. Pero estamos ya en la Segunda Guerra Mundial, y los nazis empujan las puertas de Francia. El verano de 1940, Federica pasa la frontera de los Pirineos gracias a una carta de Von Hildebrand y a las gestiones de un sacerdote español. La acompañan sus hijas, sus yernos, y el propósito es embarcar en Portugal hacia Estados Unidos. España está entonces de posguerra y Federica así lo constata. Pero sobre todo es un puerto seguro en el camino de su libertad y también lo disfruta: “Todos pudimos respirar por fin al llegar a Barcelona. Aunque yo no fui del todo persona hasta llegar finalmente a Madrid, en el Museo del Prado”.

Friderike desembarca en Nueva York en octubre de 1940. Por entonces Zweig está de gira en Argentina. Pero el mismo día 30 le escribe desde Buenos Aires: “Tengo que escribirte rápido. Ayer tuvo lugar la primera conferencia en español (…) y resulta que hablé bien”. Su amistad no se ha roto, ella sigue llevando su apellido y continúan apoyándose. Y aunque él no la citará en su célebre autobiografía póstuma El mundo de ayer. Memorias de un europeo (1942), fue ella quien le ayudó a recordar muchos de sus pasajes. Otros los recordaría por su cuenta en su Stefan Zweig (1946), que emprendió a instancias del editor de los Zweig en Buenos Aires, el argentino de origen andaluz Antonio Zamora.

En 1943, Friderike funda en Estados Unidos un organismo para canalizar la ayuda a los exiliados europeos, el Writers Service Center. Y en 1954, la American-European Frienship Association. También retoma su actividad docente, implicándose en proyectos de formación para discapacitados. Paras estas tareas contará con el apoyo del filántropo Milton Koblitz, y con el de su admirado George N. Schuster, presidente del Hunter College y prominente católico estadounidense.

Friderike Maria Zweig halló en Stamford, Connecticut, un paisaje amable donde asentar el último tercio de su vida. Ahí tuvo por vecino y contertulio al polémico Scholem Asch. Y desde ahí escribió el resto de sus obras. Como el ensayo Milagros y señales: grandes figuras de la Alta Edad Media (1949), su quinta novela Erik Neegard y las hermanas (1951), o sus inteligentes memorias Reflejos de una vida (1964; en Plaza y Janés, 1967). Después de todo lo había logrado. Había sobrevivido al derrumbe de un imperio, a dos guerras mundiales y a dos matrimonios frustrados. Su secreto era viejo: “A diferencia de mi esposo, Stefan Zweig, jamás sufrí la pérdida de la seguridad; la mía se encontraba y se encuentra en otro lugar”. Y allá se nos fue a la edad de 88 años.

Adenda

El lector en español de Friderike Maria Zweig cuenta hoy con una reedición de sus memorias, publicadas como Destellos de vida (Papel de liar, 2009). Y con una selección de sus treinta años de correspondencia con Stefan Zweig (Acantilado, 2018). El resto, que yo sepa, o no está traducido, o dormita en librerías de lance. Como su Stefan Zweig (Claridad, 1946; Hispano Americana de Ediciones, 1947), y su sosegado clásico Vida y obra de Luis Pasteur (Claridad, 1942). Ambas trasvasadas, a nuestro idioma, por el suizo hispanizado Alfredo Cahn, el perspicaz agente literario y traductor de los Zweig en Argentina. Que en abril de 1942 escribió sobre Federica: “Esta mujer, cuya vida llena de sabias enseñanzas sería digna de ser recordada para siempre en un libro que estuviese a la altura de su sentimiento y de su entendimiento, ha sido en todo momento una escritora de singulares dotes”. Una mujer que vio el anverso y el reverso de las cosas. Siempre supo que el futuro empieza en el mundo de ayer.

Imágenes:
1.- Friderike Maria Zweig [entonces Winternitz] en 1912.
2.- La llamada de la patria (Der Ruf der Heimat, Schuster & Loeffler, 1914).
3.- Vida y obra de Luis Pasteur (Claridad, Buenos Aires, 1942).
4.- Stefan Zweig (Hispano Americana de Ediciones, 1947).
5.- Milagros y señales… (Wunder und Zeichen… Bechtle Verlag, 1949).
6.- Destellos de vida (Papel de liar, 2009)

Más información:
Perfil de Friderike Mª. en la Casa Stefan Zweig
Bibliografía de Friderike Mª Winterniz Zweig

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    Últimos comentarios de los lectores (2)

    9729 | Francisco Ortega - 07/06/2019 @ 08:26:30 (GMT+1)
    Dice: ...jamás sufrí la pérdida de la seguridad, la mía se encontraba y encuentra... Qué bueno. El ancla. Gracias Casesemeiro. Somos fanáticos de Stephan. Todo lo suyo nos gusta. De Viena a Petrópolis.
    9623 | carlos Mallo Rodriguez - 18/05/2019 @ 11:52:06 (GMT+1)
    Buenisimo comentario de Jorge Casesmeiro sobre FrideriKe y Stefan Zweig, que contiene una honda investigacion sobre la via y obra de estos dos personajes que les toco vivir en una epoca muy turbu lenta.

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