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TRIBUNA

El estado educativo

jueves 16 de mayo de 2019, 20:53h

Ahora que el curso escolar se asoma a su final y hemos dado otra vuelta al ciclo del año académico se requerirá nuevamente a hacer balance. Y se harán cálculos de aprobados y suspensos, de menciones honoríficas, de promociones al límite y titulaciones asombrosas… nuevamente se pedirá al profesor que analice las razones de su fracaso y que considere las vías de mejora de su rendimiento docente.

En alguna ocasión me he esforzado por distinguir una educación elemental y ajena a la escuela de la educación escolar y académica. La primera se realiza en el terreno doméstico por vía del ejemplo, con los recursos tradicionales del premio o el castigo y abarca desde el control de esfínteres al uso apropiado de las fórmulas de tratamiento. Su valor fundamental deriva de su índole constructiva: no simplemente forma a un sujeto, sino que lo constituye. La segunda es inviable sin contar con la primera que es anterior, no sólo porque es primera en la corta biografía de los jóvenes, sino también por ser condición de posibilidad de la segunda. Pero la educación en casa se hunde cuando la casa – hace siglos un lugar sagrado o al menos un espacio de comunicación real – se convirtió en un terreno de coexistencia precaria, temporal, sujeta a las exigencias de la rentabilidad o a los vaivenes del deseo.

En esas condiciones ha llegado a parecer necesaria la delegación en la escuela de las funciones elementales de la familia, con el deleite tácito del Estado. Porque el Estado siempre ha encontrado en el hogar, espacio de la educación elemental, un escollo a vencer en su difusión integral por el cuerpo social. Así desde los orígenes remotos del Estado, cuando no podía dejar de contar en modo alguno con el terreno doméstico sobre el que necesariamente se apoyaba. Hace siglos pudo decir Platón: “Los padres no deben ser libres de enviar o no enviar a sus hijos a casa de los maestros que la ciudad ha escogido, pues los niños pertenecen menos a sus padres que a la ciudad”. Hoy los propios padres requieren que el Estado ejercite las funciones propias del parentesco y los hombres han de ser plena y definitivamente ciudadanos. Las primeras palabras de los nuevos seres humanos estarán dirigidas a un funcionario, su subjetividad tendrá un cuño enteramente civil o mercantil. En una sociedad tomada hasta sus últimos elementos por la política o la economía no queda espacio para el círculo sagrado de la familia: “…decís que abolimos los vínculos más íntimos al sustituir la educación doméstica por la educación social. ¿Y acaso vuestra educación no está determinada asimismo por la sociedad? ¿No lo está por las condiciones sociales dentro de las cuales educáis, por la intromisión más directa o indirecta de la sociedad, mediante la escuela etc.? Los comunistas no están inventando la influencia de la sociedad sobre la educación; solamente modifican su carácter, sustrayendo la educación a la influencia de la clase dominante” (Marx)

El peso abrumador de la sociedad sobre la educación es hoy definitivo. Una sociedad que es producto de las fuerzas conjuntas del Estado y el Mercado. Y así las conciencias de los ciudadanos, trabajadores y consumidores, son cada día más refractarias a formas firmes y estructuradas. El capricho intrascendente del consumidor, la flexibilidad infinita del trabajador, la tolerancia perfecta del ciudadano… conducen a una subjetividad insubstancial, efímera, abierta a los vientos de la opinión y las variaciones de la moda. En estas condiciones es absurda la demanda extemporánea de responsabilidad, compromiso o paciente disciplina. La vieja labor sostenida, consciente y sistemática del estudio es hoy una extravagancia sospechosa. La dedicación a un ejercicio arduo, cuya promesa de comprensión e inteligencia resulta no sólo remota, sino también improbable, es una actitud contraria a las fuerzas económicas y políticas dominantes. La escuela ha devenido un lugar de paso configurado por las figuras sociales dominantes de modo que ha de ser lúdica, dinámica, actual y orientada, finalmente, al mercado laboral y la integración social. Los expedientes registran rendimientos en competencias demandadas por el mercado y estiman normas y valores de convivencia social definidos por el Estado. Competencias tecno-económicas y valores políticos que adquieren sentido en perfecta simbiosis. Las nuevas formas de relación que se juzgan familias alternativas, pero que resultan alternativas a la familia, en armonía con la escuela modernísima son la vanguardia revolucionaria de una nueva educación: impaciente y rentable, flexible y tolerante, eficaz y técnicamente optimizada.

Pero realmente la escuela se encuentra, de hecho, en una situación de ruina perfumada en la que la convivencia es abrupta y pedregosa, cuando no abiertamente hostil y cualquier esfuerzo de comunicación de las actuales generaciones con su tradición se presenta como amenaza contra el nuevo orden cultural, cualquier crítica del presente se suma al coro de curiosas banalidades e induce sobre el pertinaz la sospecha de una rara extravagancia próxima a la psicosis. A nadie extrañará que en estas condiciones la enfermedad profesional de los docentes sea una abundante floración de trastornos psicológicos vinculados con la depresión. Una vez más, cuando hablamos de psicopatología, la etiología es moral y política.

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