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TRIBUNA

Cómo proteger la democracia

jueves 16 de mayo de 2019, 20:56h

Es imposible reconocer las condiciones que fortalecerían nuestra democracia, sin antes comprender cuáles son las patologías que la enferman. Por ello intentaré tal síntesis, la de comprender los síntomas y enumerar nociones para su mejoría. Iniciemos repasando los “pecados capitales” de una democracia enferma. El primero de ellos sucede cuando se generaliza en la clase política una vocación codiciosa por el poder, hasta llegar al extremo de buscarlo, -o peor aún-, mantenerlo de una forma abusiva e insana. No anotaré ejemplos de ello, pues aquí y en el extranjero conocemos tantos casos, que robaría espacio necesario a otras ideas que quiero señalar. En esencia, desconfíen de aquellos que se obsesionan por alcanzar el poder, y que hacen, de sus intentos y reintentos por conquistarlo, una forma de vida. El segundo es la tentación del autoritarismo. El autoritarismo puede derivar en totalitarismo, que es la máxima expresión de esta anomalía del ejercicio del poder político. El autoritarismo empieza como síntoma de la democracia enferma, que impregna progresivamente el tejido político alrededor de quienes ejercen el poder, al extremo que, combinado con una ideología política o algún credo perverso, el totalitarismo se impone. En el totalitarismo, el control sobre todos los aspectos de la vida ciudadana es absoluto. De ahí las tres grandes ilustraciones de la historia reciente: el marxismo, el fascismo y los regímenes de las teocracias islámicas.

El tercer pecado capital de la democracia es la demagogia, que es precisamente la antítesis del autoritarismo, pues es una suerte de entropía. El primero en definirla fue Aristóteles. Para éste filósofo, cuando se corrompían los ideales de la República, el afán de las muchedumbres se enseñorea sobre las instituciones, al extremo que el poder lo toman los ciudadanos menos virtuosos. Es lo que D´Ormesson llamaba “ineptocracia”. También se le llama “oclocracia”, que alude al desgobierno de las turbas irracionales que linchan. Consecuencia de ello, el típico síntoma que antecede a la demagogia es la fragmentación del poder. Antes de la demagogia viene la atomización del poder. Las organizaciones políticas se fraccionan en pequeños archipiélagos traducidos en toda ralea de partidos, partiditos, tendencias y demás corrientes disidentes, de tal forma que, cada fragmento se anula recíprocamente hasta que el sistema pierde toda eficacia y credibilidad. Tal “insularización” es agravada por la “democracia de cuotas”. La España parlamentaria de hoy, prolífica en opciones partidarias, y que hace algunos años alcanzó cientos de días sin formación de gobierno, es un ejemplo dramático. También Latinoamérica ha venido experimentando esa peligrosísima tendencia a fraccionar la democracia en cuotas. En la centenaria democracia costarricense se llegó al extremo de que, para las elecciones del 2018, se inscribió un partido de transportistas. No nos extrañe cuando los interesados en eliminar los exámenes de incorporación a los colegios profesionales hagan su partido, y así hasta el absurdo. En lugar de movimientos que velen por los ideales generales de la colectividad nacional, se están engendrando cascarones electorales representando cada interés creado. Un escenario digno de la dramaturgia de Jacinto Benavente.

El cuarto pecado capital de la democracia es el populismo. El populismo es una maquinación astuta para la toma del poder. El ego es la semilla que le da origen, pues proviene de una propensión vanidosa sobre sí mismo. La inspiración auténtica del líder no debe provenir del ego sino del ideal, y por tanto, del espíritu. El idealista confronta la adversidad en virtud de las visiones anticipadas que tiene acerca de alguna mayor perfección con la que sueña. El ególatra es su antítesis, pues no lo inspira la convicción de una posible perfección venidera, sino una enfermiza ansiedad de protagonismo y poder. El populista es un sociópata disfrazado de prohombre, que incita las bajas pasiones de los ciudadanos -sus prejuicios, resentimientos, temores y anhelos-, para dirigirlos hacia sus propios objetivos, los cuales siempre derivan en la quiebra de las instituciones republicanas.

El quinto y último pecado capital es cuando se hace de la política un modus vivendi. Me refiero a los políticos vividores del presupuesto. No me refiero a los funcionarios técnicos del Estado, que por razones obvias es conveniente su labor permanente allí. Aludo a lo que Felipe Gonzalez refería como los políticos que saltan de una posición de poder a otra, definiéndolo como “la profesionalización de la actividad política que llega al extremo que no queda otro horizonte que mantenerse en ese carril”. Y entonces, es cuando vemos a políticos que se eternizan en las posiciones de poder pues la fuerza de su competencia no radica en el prestigio que le otorga alguna actividad profesional o intelectual, ni la destreza en alguna actividad productiva, sino en función de medrar del poder político. Y usualmente eso sucede cuando se usufructúa de las herencias políticas otorgadas por generaciones anteriores que forjaron un ideal, o de los padrinazgos y compadrazgos tan usuales en el ejercicio vacío del poder.

Ahora bien, para evitar sumirnos en esa espiral decadente, es menester promover dos realidades consustanciales al buen ejercicio de la actividad democrática y electoral. La primera de ellas es el fortalecimiento de aquellos partidos de naturaleza permanente y no personalista, o en otras palabras, que su organización permanezca en el transcurrir de los procesos sin estar sujeto a la voluntad caprichosa de un caudillo. Además, que sean organizaciones políticas que ostenten coherencia en la defensa y práctica de una filosofía política, y que no sean partidos sustentados en la defensa de intereses gremiales o de grupos de interés, sino con una agenda país integral. El segundo aspecto radica en la necesidad de invertir en la capacitación política de las nuevas generaciones. Esta capacitación debe fundamentarse, más que en la enseñanza del activismo electoral, en la confrontación y estudio de las ideas políticas, sin que ello implique una mera programación mental, pues el sectarismo atenta contra la formación en libertad que merecen los jóvenes. La combinación de partidos políticos permanentes, filosóficos, no personalistas ni gremialistas, y con una vocación educativa enfocada en sus ideales, es lo que permitirá consolidar una genuina democracia, y una generación de líderes cultos dignos de ella.

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