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Novela

José Carlos Llop: Oriente

domingo 19 de mayo de 2019, 17:26h
José Carlos Llop: Oriente

Alfaguara. Barcelona, 2019. 197 páginas. 17,90 €. Libro electrónico: 8,54 €.

Por Aránzazu Miró

Tenía tan en mente José Carlos Llop el libro de Edward Said Orientalismos cuando pensó en titular su nueva creación que quiso quedarse cerca. Oriente pretende remitirnos a ese concepto esencial de lo oriental que fue la base de “nuestra” cultura mediterránea antes de que insistiéramos en definirnos como “occidentales”. Said analiza el Oriente orientalizado sometido a la visión occidental, y Llop rescata la esencia de su reminiscencia cultural.

Lo hace mediante la ficción, una ficción que él teje sutilmente impregnada de referencias, de ires y venires, a la manera en que Vila-Matas compone sus novelas de la vida y la literatura. La obra de José Carlos Llop es en ese sentido muy vilamatiana: ofrece el desarrollo de la ficción pero a la vez es una lectura de otras lecturas o un recorrido pasional. Porque el tema de que trata es la pasión y sus consecuencias sobre el amor.

Personajes y situaciones clásicos: figura materna, paterna, amantes, hijos, matrimonio, trabajo; ubicación en un enclave mediterráneo que no se cita pero que es isleño, mediterráneo, mallorquín -como en el caso del cementerio marino, para mí ubicado en Deià, con esa música de esquilas que pone la banda sonora a la Serra de Tramuntana- o palmesano, con los trayectos por la ciudad medieval, sus recintos conventuales urbanos y algún otro de mala fama como el Hotel Perú. Y con una trama novelesca familiar de amor, pasión y escritura que permite manejar dos ubicaciones temporales con su contexto y su forma de entender y vivir.

Intento no desentrañar la historia. La novela se desarrolla en cinco capítulos que siguen el esquema clásico de introducción, nudo y desenlace, con un desarrollo central extenso que “sobre el amor y la ficción” repasa los enlaces que de la historia a la pasión ha desentrañado el autor, siempre con ayuda de su protagonista, profesor en un departamento universitario dedicado a los estudios biográficos. Y con una escritura que proviene de la mano de un poeta.

No habla del amor sino de la familia y su significado, del desorden que impone la pasión, de los anhelos fervorosos, de qué significa matrimonio, maternidad, paternidad, orfandad, de la escritura del amor o de la alquimia de la escritura ­‑“escribirse a través de los otros” (p. 38)‑ o de cómo la escritura permite salvarnos escapando de nosotros mismos. Y de los silencios, “tan importantes en el relato como las palabras. En todo relato, pero sobre todo en el relato amoroso” (p. 132). De fondo, la isla de Mallorca como enclave para desenlaces literario-novelescos mientras el protagonista rastrea cómo Ovidio alcanza Tomis -su exilio-, en definitiva la búsqueda de la esencia griega: orientalismo, en suma.

Dos historias pasionales en tiempos generacionalmente separados nos muestran cómo la novela, la familia y la herencia se enhebran unos en otros, “observando la vida desde el margen” (p. 72) como propone el autor. Metalenguaje, metaliteratura para pasear por lo mejor del orientalismo de la cultura mediterránea entre ambas orillas del Danubio. Se mueve entre los temas que domina y ha venido desplegando en su obra creativa: la literatura memorialista, la ciudad de Palma como elemento narrativo, los visitantes que han pasado por la isla de Mallorca, el espionaje diplomático en la Europa de guerra y posguerra, y la poesía, naturalmente.

Con algunas reflexiones del autor puedo no estar de acuerdo, pero eso solo provoca otra forma de leer esta novela: cómo los personajes se relacionan con los pasajes literarios que se les pueden asignar -o no-. Ante todo, prima en ella la escritura, el elogio a la escritura como memoria: “El amor sin la palabra es como la historia sin la escritura” (p. 103): pura desmemoria, un visado que abre todas las puertas, donde el olvido pueda ser necesidad: “En el amor hay que ser Rodin y Rilke a la vez, para poder escribirlo y así robárselo al tiempo, que todo lo destruye” (p. 121).

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