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Ensayo

José Luis Neila: El destino manifiesto de una idea...

domingo 26 de mayo de 2019, 21:15h
José Luis Neila: El destino manifiesto de una idea...

Universidad Autónoma de Madrid. Madrid, 2018. 624 páginas. 23,75 €.

Por Alfredo Crespo Alcázar

El profesor José Luis Neila en El destino manifiesto de una idea: Estados Unidos en el sistema internacional nos ofrece una obra indispensable en la que analiza a Estados Unidos desde su creación como nación en el siglo XVIII hasta el momento actual. De manera rigurosa advierte que aún es pronto para juzgar la política, en particular la que atañe al panorama de las relaciones internacionales, de Donald Trump. Asimismo, aunque centrado más en la articulación de la política exterior norteamericana, profundiza en los rasgos y condicionamientos de aquella otra de tinte más doméstico, desarrollando aspectos de la misma como las relaciones sociales, la evolución en los derechos civiles o las actitudes predominantes entre la opinión pública.

Hay determinadas disciplinas académicas que predominan en la obra, sobresaliendo la historia, la literatura, la sociología y la filosofía. Neila Hernández maneja abundancia de fuentes y de bibliografía, mostrando un escrupuloso respeto hacia el método científico. El trabajo que desarrolla es ímprobo pues nos traslada la trayectoria de un país repleto de matices, una empresa compleja que exige dotarla de un orden y de una estructura coherente que facilite la lectura. Para tal finalidad se decanta por un recorrido cronológico, vertebrándolo a través de presidencias y periodos bien delimitados (por ejemplo, el binomio Guerra Fría-contención).

En lo relativo a la política exterior, eje fundamental de la obra, la evolución de Estados Unidos es tangible. En efecto, mutó del aislamiento inicial defendido por los padres fundadores, hasta un intervencionismo en los asuntos globales cada vez más notorio. Esta tendencia se inició en el siglo XIX, continuó durante el desarrollo de la Primera Guerra Mundial y se consolidó definitivamente a partir de 1945. Asimismo, se trata de una evolución vinculada a varios acontecimientos históricos generales y particulares. Dentro de los primeros, podríamos integrar desde el ocaso del orden internacional trazado en el Congreso de Viena de 1815 hasta la emergencia del antagonismo (económico, político y cultural) con la URSS (finalizado en 1991). En cuanto a los segundos, la actuación de Estados Unidos en las dos guerras mundiales resultan determinantes, si bien la conducta de Washington en 1945 fue diferente a la mostrada en 1919.

En efecto, al término de la Primera Guerra Mundial, y en contra de las expectativas del presidente Wilson, Estados Unidos optó por seguir una de las constantes que habían definido su política exterior: el aislacionismo. No obstante, Neila, cuestiona la “pureza” de dicho concepto a tenor del comportamiento norteamericano, en particular en lo relativo a sus relaciones con América Latina y el Pacífico durante la segunda mitad del siglo XIX: “Una nación que hacia 1900 había cuadruplicado la extensión de sus territorios, que se había comprometido en guerras de conquista, que había actuado con vigor para acceder a mercados en todo el globo y que acababa de embarcarse en su imperio ultramarino, difícilmente podía catalogarse de “aislada” (p. 31).

Con todo ello, a pesar de las ambiciosas propuestas de Wilson que culminaron en la creación de la Sociedad de Naciones, Estados Unidos no asumió el compromiso de liderar un sistema internacional en el cual las diferencias entre vencedores y vencidos difícilmente podían ocultarse e imposibilitaban cualquier estabilidad. En este sentido, fue recurrente la aparición de leyes de neutralidad a lo largo de los años 30 del pasado siglo para prevenir cualquier participación en la política europea. Esta última conducta fue variando notablemente toda vez que Alemania desafió a la comunidad internacional, primero rearmándose y después practicando un expansionismo beligerante. Como sucediera en 1917, la entrada de Estados Unidos en la guerra, tras el bombardeo de Pearl Harbor en 1941, resultó clave en el desenlace final de la misma. En esta ocasión el liderazgo correspondió a Franklin Delano Roosevelt quien siempre apoyó la causa de los aliados y se mostró contrario con la política de apaciguamiento hacia Hitler auspiciada por el británico Chamberlain.

Así, durante el periodo 1941-1945 Roosevelt proyectó las ideas fundamentales sobre las que deseaba articular la reconstrucción post-bélica (desarme, descolonización, nuevo marco territorial, libertad de mares…), no siempre concordantes con las aspiraciones de algunos de los aliados, como Winston Churchill. Sin embargo, tras el final de la Segunda Guerra Mundial emergieron dos superpotencias cuyas relaciones estaban lejos de ser idílicas, iniciándose la denominada Guerra Fría, la cual se prolongó hasta 1991, fecha en que aconteció la implosión de la URSS.

Durante esta extensa etapa, la doctrina de la contención guió la política exterior de Estados Unidos: Impedir, mediante la amenaza de la coerción, la expansión del comunismo primero en Europa y luego en el resto del mundo” (p. 294). En consecuencia, las cuestiones de seguridad ocuparon el lugar preferente en la agenda de Washington, lo que en ocasiones también provocó que determinadas libertades quedaran cercenadas.

No obstante, dentro del paraguas de la contención hubo cabida para que se produjeran ciertos acercamientos, siempre criticados, entre Washington y Moscú como se apreció por ejemplo durante los gobiernos de Richard Nixon con la distensión, a la que puso fin Ronald Reagan, particularmente durante su primer gobierno (1981-1984), para lo cual enfatizó la verdadera catadura de la URSS (manifestada en su invasión de Afganistán) e incrementó el gasto en defensa (la denominada “Guerra de las Galaxias”). Sin embargo, “a partir de 1983 comenzaría a observarse un viraje en la actitud de Ronald Reagan hacia el desarme y la distensión” (p. 415), en lo cual influyó notablemente la actitud seguida por Gorbachov y la crisis a todos los niveles del comunismo soviético.

Las tres últimas décadas han sido frenéticas para Estados Unidos. Desaparecida la Unión Soviética, quedó como única superpotencia mundial. Esto no implicó un retorno al aislacionismo pero sí que se observaron conductas unilaterales, como reflejó la guerra contra el terrorismo llevada a cabo por George Bush a partir del 11-S, lo que suscitó innumerables reproches por parte de sus socios europeos y minó la fortaleza de las relaciones transatlánticas. En este sentido, los postulados neoconservadores de Rumsfeld, Cheney o Wolfowitz generaron una imagen negativa de Estados Unidos en determinados países de Europa, América Latina y Oriente Medio, además de ser tan utópicos como ineficientes a la hora de resolver problemas de enjundia, en particular aquellos relacionados con las cuestiones de seguridad.

Este escenario lo heredó Barack Obama, en quien el autor detecta varios elementos de continuidad con respecto a George W. Bush (por ejemplo, el uso reiterado de drones) así como ciertos errores notables, como la política desplegada hacia las Primaveras Árabes, si bien en ningún caso optó por las políticas de extensión de la democracia, tan características de la anterior administración. Por el contrario, se decantó por regresar a posiciones realistas y asumió en todo momento que su país no podía afrontar en solitario los retos del siglo XXI.

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