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ORIENT EXPRESS

Rusia y el resto de Europa

Ricardo Ruiz de la Serna
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ricardo_ruiz_delasernayahooes /22/22/28
domingo 02 de junio de 2019, 19:05h

A menudo se suele hablar de Rusia y Europa como si no tuviesen nada que ver, es decir, como si la Rus medieval, Moscovia o el Imperio de los Zares no hubiese sido una parte esencial de la historia, la política y la cultura del Viejo Continente. Rusia no es un cuerpo extraño en Europa; es una parte inseparable de ella.

Por supuesto, Rusia no mira solo hacia occidente, sino que se proyecta a través de los Urales y Siberia hacia el Oriente Lejano de Rusia, la China y el Japón. Tampoco España mira solo hacia el continente. Su historia la llevó a cruzar océanos y extenderse tanto por América como por Asia y África. Eso, sin embargo, no mutila su identidad europea, sino que la enriquece. Los dos extremos del continente no son tan distintos. Ambos conocieron invasiones islámicas, dominaron imperios vastísimos, libraron guerras civiles, combatieron a los otomanos, fueron árbitros de la política europea y legaron al continente un tesoro de cultura inagotable.

San Cirilo y San Metodio son copatronos de Europa junto a San Benito. Pío XI dijo de ellos que eran “hijos de Oriente, bizantinos de patria, griegos de origen, romanos por su misión, eslavos por los frutos apostólicos”. La música medieval, recordaba José Luis Comellas en su “Historia sencilla de la música”, hunde sus raíces en la música oriental, especialmente la judía, combinada con la clásica grecolatina. El canto gregoriano y el bizantino, de donde brota toda la tradición musical litúrgica ortodoxa, comparten la monodia vocal sin acompañamiento de instrumentos. Europa resuena en el Akáthistos -compuesto para celebrar la salvación de Constantinopla de los ávaros y los persas en 626, y resuena en el Ave María del Códice de las Huelgas.

Si a España llegaba el Camino de Santiago desde todos los rincones de Europa Occidental y Central, a Jerusalén se dirigían todos los caminos desde los principados de la Rus, de Kiev, de Tver, de Novgorod, Vladímir y Moscú. Ahí está la iglesia de la Entrada del Señor en Jerusalén de la catedral de San Basilio frente a los muros del Kremlin. El sarcófago de Taman que se exhibe en el Museo Estatal de Historia, en la Plaza Roja, testimonia que la herencia griega desde las costas del Mar Negro forma parte de la historia de Rusia. Los Evangelios de Mstislav y de Yurkevsky nos remiten a toda la tradición de manuscritos miniados y de libros enjoyados que desde Irlanda hasta los reinos cristianos peninsulares iluminan el Occidente medieval.

Esta vinculación cultural no se agotó en la Edad Media. Tomemos la modernidad. Los masones perseguidos después de la Revolución Francesa fueron acogidos por el zar Alejandro I, que entre 1803 y 1804 no sólo permitió la apertura de logias en el imperio, sino que incluso él mismo fue iniciado. El apoyo imperial dio a la masonería un impulso que llevó a muchos nobles a iniciarse en ella como había hecho el emperador. Desde San Petersburgo hasta Odessa florecieron los periódicos, las editoriales y los teatros. Sachar Pinsker estudia en su genial “A Rich Brew. How Cafés Created Modern Jewish Culture” la importancia de Odessa y sus cafés para comprender la cultura judía moderna.

El 9 de agosto de 1942, cuando Shostakovich estrenó su Séptima Sinfonía “Leningrado” en la propia ciudad asediada, Karl Eliasberg, director de la orquesta de la Radio de Leningrado, pronunció unas palabras que deberíamos recordar más a menudo: ““Camaradas, éste es un gran acontecimiento en la vida cultural de nuestra ciudad. Es la primera vez que vais a escuchar, dentro de unos momentos, la Séptima Sinfonía de nuestro compatriota Dmitri Shostakovich. Su sinfonía nos invoca a la fuerza en el combate y a la fe en la victoria. La interpretación de la Séptima en la propia ciudad sitiada es el resultado del invencible espíritu patriótico de los leningradenses. De su fuerza, su fe en la victoria, su voluntad de luchar hasta la última gota de su sangre y de lograr la victoria sobre sus enemigos. Escuchad, camaradas”.

Aquel día, como otras tantas veces, en la ciudad asediada por los nazis, incendiada y martirizada, era Europa la que resonaba frente a sus enemigos en las notas de Shostakovich y eran rusos quienes la hacían sonar.

Por ellos habló la voz de nuestro continente.

Ricardo Ruiz de la Serna

Analista político

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