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TRIBUNA

Normandía

domingo 02 de junio de 2019, 19:08h
Si hay en Europa un punto geográfico sinónimo de libertad es Normandía, que marca el inicio del camino hacia la victoria sobre la barbarie hitleriana. Ante el 75 aniversario del desembarco de los aliados en las playas normandas, no olvidemos que quienes lo hicieron posible contribuyeron al final de la II GM, pero además, se comprometieron después a garantizar la paz y la prosperidad en el continente europeo frente a aquellos que más tarde se revelarían como nuevos totalitarios y tan sanguinarios como los portadores de la esvástica. El proyector de la memoria histórica nos muestra las imágenes de unos soldados que, con un pie en el mar, otro en tierra, y, probablemente, ya su alma en tránsito hacia el más allá, contribuyeron al éxito de una decisiva operación militar.

Normandía es una pieza sin la que resulta imposible construir el puzzle de una Europa cuya imagen se nos está difuminando. En la Conferencia de Yalta de 1945, Churchill manifestó: Debemos dar una paz al mundo de 100 años. Stalin dijo: Mientras vivamos cualquiera de los tres, no dejaremos que nuestros países incurran en acciones agresivas. Pero dentro de diez años, ninguno de nosotros puede hallarse presente. Llegará una nueva generación que no habrá experimentado los horrores de la guerra y que olvidará todo lo que nosotros hemos pasado. En estos tiempos de confusión es necesario recordar a las nuevas generaciones dos hechos históricos: Que los EE.UU. ayudaron a Europa a ganar la guerra, derrotando al totalitarismo de derechas, y que los EE.UU. apoyaron a Europa para vencer en la posguerra, impidiendo que muchas naciones cayeran en las manos del totalitarismo de izquierdas, manos siempre resbaladizas cuando se trata de acunar derechos y libertades. Si Normandía fue la victoria militar sobre el fascismo y el nazismo, el Plan Marshall sería el inicio del triunfo económico de la libertad sobre la opresión, triunfo que en 1989 acabó convirtiéndose en victoria política de la democracia sobre la dictadura al derribarse el muro de Berlín.

Cierto es que la civilización occidental, asentada sobre el principio de la dignidad humana, ha sobrevivido a dos tremendas guerras mundiales y a la diabólica tiranía del socialismo real. Pero ante los actuales enemigos de la paz como los nacionalismos separatistas y las autocracias populistas, ambos de corte totalitario, o el terrorismo islámico, que siempre se hallan dispuestos a inflamar el mundo, Europa ha de promover la disidencia frente al imperio del pensamiento débil. No caben componendas. Nosotros tenemos en España intentos muy cercanos de santificar por las buenas intenciones a quienes han cometido asesinatos y atrocidades y a quienes pretenden derrotar el orden constitucional con acciones fuera de la ley. Contra ellos hay que oponer el espíritu de libertad y democracia que representa Normandía e impedir que fabriquen, a gran escala, argumentos que omitan las enseñanzas de la Historia.
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