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EDITORIAL

Sánchez puede pagar cara su prepotencia

jueves 06 de junio de 2019, 19:00h

La calculada coincidencia de las elecciones generales con las municipales y autonómicas ha convertido el mapa político español en un galimatías. Los chantajes entre partidos, los amagos de pactos imposibles y los vetos cruzados impiden vaticinar el resultado final. No solo está en juego la gobernabilidad de España; también, la de los Ayuntamientos de las grandes ciudades y las Autonomías.

Paradójicamente, Pedro Sánchez no mueve ficha. Parece estar esperando que se descuarticen sus adversarios antes de comenzar las negociaciones con los partidos que le aseguren la investidura. Como declaró la diputada de Coalición Canaria, Ana Oramas, tras entrevistarse con el Rey, es la primera vez que se celebra la ronda de consultas sin que el candidato a presidir el Gobierno haya, al menos, entablado conversaciones telefónicas con los líderes de los demás partidos.

La arrogancia del presidente en funciones resulta inaudita. Cuenta con 123 escaños, nada menos que a 51 de la mayoría absoluta, pero se mantiene impertérrito. Seguramente con razón, da por hecho que le apoyarán los 42 diputados de Podemos. El resto quiere recolectarlos de los duelos entre partidos en los pactos municipales y autonómicos.

Navarra es el mejor ejemplo. La presidenta del PSN, María Chivite, amaga con pactar con los nacionalistas y hasta con Bildu para impedir un gobierno de Navarra Suma, la coalición formada por UPN, PP y Ciudadanos, que ha arrollado en las elecciones autonómicas. En realidad, Sánchez está jugando con fuego. Utiliza la Comunidad Foral como tubo de ensayo al amenazar con gobernar en Navarra con los nacionalistas y la complacencia de Bildu para presionar a los partidos constitucionalistas. De ahí, la sorprendente pero atinada propuesta del diputado de UPN, Javier Esparza, de apoyar a Sánchez en la sesión de investidura a cambio de que el PSOE se abstenga en Pamplona e impedir que tanto el Gobierno de Navarra como el de España dependan de los separatistas.

Pero hay otros cambios de cromos más siniestros. Revilla promete su apoyo al PSOE en el Congreso de los Diputados con la condición de que el Gobierno invierta 1.000 millones de euros en Cantabria para el AVE. Al dicharachero presidente de Cantabria no parece importarle la gobernabilidad de España. Él solo quiere su trenecito. En parecidos términos se ha expresado Joan Baldoví, de Compromís, exigiendo inversiones en Valencia antes de apoyar al PSOE. El Rey debe estar estupefacto.

Pero Pedro Sánchez parece estar encantado. Sin mover un dedo, sin levantar siquiera el teléfono, los partidos hacen públicas sus reivindicaciones mientras él hace cábalas en La Moncloa y sus voceros se escandalizan por los intentos de pactos del PP y Ciudadanos con Vox, la “ultraderecha”, los partidos que si llegan a unir sus votos pueden gobernar en Madrid, Aragón, Castilla y León, Murcia…

Estratégicamente, puede salirle bien la jugada a Pedro Sánchez. Su arrogancia, no obstante, resulta escandalosa. Como dijo Oramas, “en los once años que llevo en la política es la primera vez que ni el candidato a presidente del Gobierno ni siquiera un portavoz ha mostrado interés en propiciar un acercamiento antes de la ronda de consultas”. Pedro Sánchez está muy seguro de que será investido presidente del Gobierno. Pero va a tener que bajar al barro, incluso, para asegurarse los 42 escaños de Podemos. Pablo Iglesias lo dejó claro tras entrevistarse con el Rey al reprocharle su “irresponsabilidad por presentarse a la investidura sin haber negociado” e insinuó estar dispuesto a tumbarle en el Congreso si antes no llegan a un acuerdo de legislatura. No le va a salir gratis su apoyo. Mucho menos el del PNV. Y ya se sabe lo que quieren los separatistas. Albert Rivera, además, ha confirmado que no va a apoyarle en ningún caso. Que se acuerde que tiene 123 escuálidos escaños. Puede pagar cara su prepotencia.

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