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Cancionero

Elena Fortún y María Rodrigo: Canciones infantiles

domingo 16 de junio de 2019, 17:07h
Elena Fortún y María Rodrigo: Canciones infantiles

Canciones infantiles. Edición de Nuria Capdevilla-Argüelles. Prólogo de Ana Vega Toscano. Renacimiento. Sevilla, 2019. 123 páginas. 16,90 €

Por Inmaculada Lergo Martín

Por aquello de que una imagen vale más que mil palabras, si en vez de las que siguen pudiera haber colocado aquí cualquiera de las páginas de este libro, sobrarían todas las explicaciones. Poder tener entre las manos la edición de Canciones infantiles que Elena Fortún y María Rodrigo recogieron y publicaron en 1934 es una verdadera delicia, una «maravillosa joya bibliográfica» sin duda -como anuncia Ana Vega en la presentación-, un objeto artístico, que se trabajó como tal por parte de la escritora Elena Fortún, de la pianista María Rodrigo y del dibujante y escenógrafo Gori Muñoz. El presente volumen -con unas breves páginas de información sobre las autoras y las circunstancias de la edición- es facsimilar de la publicada por Aguilar, editorial que, como es sabido, cuidaba con celo todos los aspectos de cada obra. Fue también Manuel Aguilar quien dio acogida en sus prensas a la colección de libros protagonizados por Celia, que tanto éxito darían a Fortún.

Música y literatura tuvieron una imbricación como nunca antes entre los miembros de la Generación del 27 -recordemos la relación de García Lorca con Manuel de Falla y la Argentinita, a Gerardo Diego (músico y poeta) o los muchos poemas a los que se puso música-. Y unido a ello, el interés por la tradición y la cultura popular, que incorporó el romance, el flamenco y otras formas del floclore. Es dentro de esta corriente de neopopularismo y amor por la música donde encaja el rescate de estas canciones de tradición oral.

Elena Fortún (o Concepción Aragoneses, de nombre real) ya era una autora reconocida cuando conoció a la compositora y pianista María Rodrigo, que también contaba ya con una exitosa trayectoria a sus espaldas. Fácilmente se dio el encuentro de estas dos grandes creadoras y la idea de recoger, antes de que se perdieran para siempre, esas canciones que niñas y niños cantaban en sus juegos, aprendidas por transmisión oral: “¡Bellas canciones infantiles, próximas a perderse para siempre o a quedarse fosilizadas entre las páginas de libros sabios!”, reclamaba Fortún. Junto a la belleza estética del cancionero, lo destacable del trabajo realizado por ambas es el no haberse conformado con una obra de recopilación sin más, fosilizando los textos, sino el haber intentado -y conseguido- mantener el carácter dinámico, popular y vivo de estas canciones. Y este equilibro tan complicado se consigue -entre otros aspectos- con el acierto de incluir los pentagramas con la melodía para poder seguir la música de los textos. La prensa de la época destacó que la recopilación era «irreprochable», tanto en las letras como en la música, salvando estas obras no solo del olvido, sino también «de la corrupción o del amaneramiento».

Porque, como advertía Elena Fortún en el prólogo con que se abre el libro, “esta generación infantil y la que ahora tiene veinte años han sido educadas en conventos y han olvidado nuestra pícara Musa, que asustó a los reverendos y avergonzó a las buenas madres francesas”. Muchas de estas canciones, venidas algunas desde los romances medievales, muestran a mujeres que se rebelan contra su destino en la vida, manejado por sus padres (“Vinieron mis padres / con mucho rigor, / me echaron el manto / de la Concepción. // Si voy a la torre, / toco la campana, / dice la abadesa / que soy holgazana. // Si bajo a la huerta / corto el perejil, / dice la abadesa / que eso no es así. // Si gasto zapato / de verde limón, / dice la abadesa / que eso ya es amor. // Malhaya mis padres / que no me casaron, / que para monjita / yo no me he criado”); o engañadas (“Me casó mi madre, / me casó mi madre, / chiquita y bonita / ¡ay, ay, ay!”…), u olvidadas por sus maridos, que se marchaban a la guerra mientras ellas debían permanecer encerradas y castas (“Mambrú se fue a la guerra, / ¡qué dolor, qué dolor, qué pena! / Mambrú se fue a la guerra / no sé cuándo vendrá”…). Son canciones que, desde muy atrás, han ido rodando de boca en boca, puliéndose y tomando forma como un guijarro en el río, adaptándose a los tiempos, para finalmente llegar a nosotros “como piedras preciosas, imposibles de imitar con bisutería”.

Desde el romancero viejo al romance de ciego, de la canción galante dieciochesca a las canciones zarzueleras del XIX, de la puerilidad inocente al guiño satírico… y el sabor picantón de algunas tan socarronas como aquella en que “Estaba una pastora, larán, larán, larito…”, y un gato la miraba “con ojos golositos”. Todo está en ellas. Y aunque ya pocas niñas y niños hacen corro con ellas, todavía quedan en el imaginario de varias generaciones que hoy día podemos revivirlas con placer a través de las páginas de este Cancionero infantil. Volvamos a ellas, volvamos a sentirnos juguetones y a no olvidar que la poesía y la música estaban en la calle antes de entrar en los salones.

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