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TRIBUNA

Ni ética, ni estética

Juan José Vijuesca
miércoles 19 de junio de 2019, 20:02h

Estamos inmersos en una tormenta perfecta origen de esa nueva moda por cambiarlo todo. Hasta hace poco a las novedades se les llamaba tendencia. Hoy en día no me atrevo a calificar lo que veo. Recuerdo como en la antigüedad más reciente lo de llevar un roto en el pantalón, falda o calcetín, era sinónimo de cierto desamparo social. No digamos si el lucimiento lo era por una de esas “lámparas” de grasa o cagada de pájaro sobre chaqueta de vestir; ahora no, ahora todo vale siempre que los pantalones lleven rotos asimétricos o las manchas sean inanimadas y guarden relación con una naturaleza muerta, o sea, capaz de producir un efecto de serenidad, bienestar y armonía. Comprobarán que todo es cuestión de perspectiva.

Algo parecido es lo que viene sucediendo en los diferentes caladeros de lo político. Perspectiva de nuevo cuño. Es indiferente que sea política de altura que de bajura, da igual sardina de la bahía que merluza del Gran Sol. Me refiero al sainete de los Ayuntamientos, ya saben, esa obra de arte que se ha representado a nivel nacional entre figurantes de las distintas formaciones en fase de desove. La vara de mando se ha convertido en un objeto de deseo tal, que parece un instrumento erótico sacado de “Cincuenta sombras de Grey”. Por desgracia no hemos asistido al mejor concierto de esos ediles cantores ansiosos por pillar la silla curul cuanto antes y a costa de cualquier pacto. De ahí que ahora mismo no me sienta representado por nadie, salvo por mi Bichón Maltés, que siendo de raza canina posee un fuerte instinto protector, cosa que en la clase política del jaez mostrado este fin de semana no se encuentra ni votando.

Ahora mismo entre el electorado de este país tenemos desarrolladas unas tragaderas como la de los hipopótamos cuando bostezan, por eso lamento que mi voto haya formado parte del contrabando de sufragios entre tanto falsario de la política. Si estando afligido porque mi voto no haya servido ni para el buen fin de mis preferencias, ni tan siquiera para la nada más absoluta, peores efectos secundarios me han producido el ver como unos y otros urgían para pactar a la desesperada sobre la campana e incluso dispuestos a hacerlo con la mismísima y terrible Dominica la Coja si hubiera sido preciso.

Ha quedado claro que hoy por hoy la mejor carrera para resolver el bienestar social y económico de una persona es la política. Aquí no existe ni la nota de corte ni por supuesto acreditar estudios elementales. Quizás la única asignatura a tener en cuenta lo exija la falta de escrúpulos además de ser amigo o amiga de los asamblearios miembros de las cúpulas del poder. Todas las formaciones, sin excepción, se forman por idéntica manera de actuar. Lo estamos viendo tanto en partidos de derechas, de izquierdas y del más allá. A las pruebas me remito con esa variedad de alianzas, mociones, romances, divorcios, declaración de intenciones, lunas de miel o desamores, como algunos de los ejemplos que guardan estrecha relación con ese voraz apetito por la nueva cultura a la que me referí al principio. Ni ética, ni estética.

Con esto quiero romper la cadena de frío en favor de terceros, pues me consta que hay personas en ejercicio de lo político que guardan compostura de buena moral, pero son los que carecen de poder de decisión respecto de las grandes maniobras sociales y económicas. Esta mi apreciación llevada a uno de esos grandes transatlánticos equivaldría a los miembros de la sala de máquinas, dicho con toda mi mejor estima e intención.

Verán ustedes que lo de ir a votar resulta una de esas tradiciones ancestrales de nuestra cultura al igual que la fiesta de la Rapa das Bestas, de Sabucedo, que por interés de ver el noble enfrentamiento entre el hombre y el caballo se sigue protegiendo hasta el punto de estar declarada fiesta de interés turístico internacional. Traigo esta semejanza a colación por pura casualidad dado que cambiar caballos por servidores de lo público a efectos de cortarles las crines se antoja más propio del medievo que de estos tiempos actuales, y tampoco es eso. Ahora bien, si los vecinos de Sabucedo mantienen comunitariamente la creencia de que el origen de esta fiesta está en el hecho de una gran peste que devastó la comarca, lo del desmadre de la actual casta política bien pudiera obedecer a una repetición de oscuros presagios, sino en forma de peste negra sí al menos en una decadente manera de gobernar. Algo habrá que hacer. Yo de momento me marcho a buscar cordura.

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