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ARTE

25º aniversario de la instalación de El Hombre y el Árbol fragmentados de Diego Gadir en la Iglesia del Corpus Christi de Sevilla

25º aniversario de la instalación de El Hombre y el Árbol fragmentados de Diego Gadir en la Iglesia del Corpus Christi de Sevilla
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miércoles 26 de junio de 2019, 12:28h

La pintura cruciforme, realizada por el autor del logotipo del 45º Congreso Eucarístico Internacional, fue consagrada en 1994 como martirium en memoria de las víctimas del terror y la guerra.

En otoño de 1992, recién terminada la Exposición Universal, el entonces arzobispo de Sevilla, D. Carlos Amigo Vallejo y el delegado nacional para los congresos eucarísticos internacionales D. Miguel Oliver Román presentaban en el Vaticano el que sería el 45º Congreso Eucarístico Internacional, a celebrarse el año siguiente en Sevilla. Programado para la semana del 7 al 13 de junio de 1993, el Congreso giraría doctrinalmente en torno al lema Cristo Luz de los Pueblos y contaría con la asistencia de Juan Pablo II.

También en 1992, había tenido lugar en la Catedral de Sevilla la presentación de los principales emblemas corporativos del Congreso: el himno oficial, original de Manuel Castillo y José Mª Estudillo; un documental divulgativo de las intenciones doctrinales y culturales del Congreso, realizado por Luis Manuel Carmona Rodríguez; y el logotipo del evento, obra del pintor gaditano Diego Gadir.

El logotipo de Gadir había sido seleccionado por un comité de expertos gestionado desde el arzobispado de Sevilla. En una memoria escrita, adjunta al logotipo, Diego Gadir había hecho constar la expresa dedicatoria del diseño a los misioneros del mundo entero.

Junto a la satisfacción de haber sido agraciado con esta designación, el pintor recibió el encargo de realizar un modelo de dicho logotipo en tres dimensiones, de más de ocho metros de altura, que presidió el altar de la misa Statio Orbis celebrada por el Papa en la clausura del Congreso. Por si fuera poco, el secretariado del Congreso aceptó la propuesta del propio Gadir de patrocinar una exposición suya de pinturas y dibujos de honda trascendencia humanista y espiritual y a la que aludió desde el Vaticano monseñor Amigo, según recogió Peru Egurbide en El País, en su artículo del 12 de noviembre de 1992: “Para la semana del Congreso se prepara una gran exposición de Murillo y otra de un pintor contemporáneo, todavía no seleccionado, que debe tener una obra de gran calidad artística y contenido fundamentalmente religioso” -adelantaba el arzobispo. Recordando aquellos hechos, el pintor aclara: “En realidad, había sido mía la idea de una exposición contemporánea como una actividad cultural más del Congreso. Era una oportunidad única para dar rienda suelta a un contenido trascendente en mi pintura, cosa connatural en mí desde mi más tierna infancia, cuando dibujaba crucificados sistemáticamente”. “Evidentemente -abunda Gadir-, la exposición había que pintarla y diseñarla en un tiempo muy ajustado, de ahí las reservas. Gracias al logotipo, tuve la oportunidad de plantear este proyecto al Congreso y lo hice. Sentía un deseo imperioso de lograr esa exposición”.

Durante un año, Diego Gadir se encerró en su estudio para trabajar, muchas horas al día, en una larga serie de pinturas figurativas, naturalezas muertas y montajes fotográficos en paralelo a la ejecución de la serie de dibujos De la Piedad, que fue proyectada como un homenaje a la labor ejemplar de la Madre Teresa de Calcuta y las Hijas de la Caridad. Monseñor Oliver Román había conocido personalmente a la genuina misionera; había oficiado misa para ella y sus hermanas; y había previsto su comparecencia en el Congreso de Sevilla, al que finalmente no pudo asistir, a causa de una aguda crisis de salud. Gadir ejecutó un retrato de Teresa de Calcuta que regaló a Oliver y que estuvo colgado en la exposición.

En algún momento, se albergó la duda de que la exposición pudiese estar lista a tiempo a causa de la envergadura del proyecto, pues la pieza estrella El Hombre y el Árbol fragmentados había sido proyectada en un tamaño mucho mayor en principio. Debido a que el tiempo se echaba encima, Gadir optó por terminar la versión preparatoria sobre papel-piedra en doce piezas de un metro cuadrado cada una. La versión mayor, aún hoy, permanece incompleta en un almacén de la provincia de Sevilla.

Llegado el Congreso Eucarístico, en junio del 93, la exposición de Diego Gadir pudo abrir sus puertas en la Iglesia sevillana de San Esteban, cerrada al culto por una restauración integral, gracias a la buenísima acogida que su párroco rector, D. José Robles Gómez dispensó al proyecto. Bajo la presencia escalofriante de una serie de pinturas fabulosas, creadas por Zurbarán para el altar mayor, las modernas obras de Gadir ocupaban los espacios del templo desplegando su connatural fuerza colorista y composicional. La muestra fue titulada por su autor Fragmentos de luz y forma y recogía una treintena de pinturas, dibujos y collages fotográficos de profunda concepción espiritual, además de un poema del pintor que completaba conceptualmente la pieza estrella de la muestra, el políptico mural El Hombre y el Árbol fragmentados. Los críticos sevillanos más señeros del momento alabaron esta temprana exposición del gaditano, encuadrada en un expresionismo figurativo de gran personalidad, que “jugaba” estructuralmente con la división de la imagen en fragmentos, a modo de un rompecabezas inestable que evocaba la crisis espiritual del hombre moderno.

El pintor nos recalca la importancia fundamental que aquella exposición ha tenido en su experiencia, tanto en lo que concernió a la ejecución de las obras como en la vivencia directa con los visitantes, entre los que hubo una buen nómina de misioneros de África y Sudamérica, que manifestaron gran empatía con aquellas pinturas. Todo este trabajo tuvo su secuela en otra exposición El animal espiritual. El arzobispo de Sevilla también manifestó de forma contundente su emoción en medio de aquellas obras, según nos revela Gadir. Diego Gadir trató de corresponder todo el apoyo recibido regalándole el crucificado Hora sexta, que se encuentra en el Arzobispado hispalense. Uno de los dibujos de la exposición, integrado en la colección dedicada a la Madre Teresa, De la piedad, fue galardonado en 1995 con el Primer Premio Internacional de dibujo de la Fundación Ynglada-Guillot de Barcelona y se guarda en el Museo Sant Jordi de Bellas Artes. Otro de ellos, fue regalado por el pintor a la reina Doña Sofía, cuyo recibo fue acusado desde Zarzuela por su secretario D. José Cabrera García, el 11 de enero de 1996. Gadir entregó personalmente el primer ejemplar del libro De la Piedad a Juan Pablo II, que se guarda en la Biblioteca Vaticana.

El éxito de público llevó al Congreso a prorrogar la exposición tres semanas. De este particular se hizo eco ABC Cultural. En la misma publicación se llegó a reseñar, en otro número posterior, que lo mejor de la obra de Gadir son sus retratos y sus pinturas fragmentadas de esta época.

Pero la gran sorpresa le llegó al pintor en 1994, un año después del Congreso Eucarístico. El realizador y director artístico de cine y televisión, Luis Manuel Carmona, amigo de ambos, Oliver y Gadir, sugirió que el mural El Hombre y el Árbol fragmentados podía tener una ubicación permanente idónea en la Iglesia del Corpus Christi de Sevilla, de la cual había sido nombrado rector Miguel Oliver tras el 45º Congreso Eucarístico. Casualmente, Oliver tenía en mente proyectar un memorial a las víctimas de los conflictos bélicos abiertos entonces en el mundo, y a los recientemente acaecidos: Ruanda Burundi, el Salvador, Sierra Leona… las circunstancias jugaron a favor del pintor y, finalmente, monseñor Oliver resolvió ubicar la pintura en una capilla lateral del transepto del templo, como ese memorial que tanto deseaba. Debajo de la pintura se colocó la sentencia: “Y yo seguiré en agonía hasta el fin del mundo”.

Esbozando una sonrisa, Gadir apunta que “Dios debía sentir cierto afecto por esa pintura, además del demostrado por Carmona y Oliver Román de forma especial”. Gracias a su instalación en el templo, la obra se salvó de perecer en el incendio que calcinó el estudio del pintor en 1995. También el mural definitivo en madera, que no había estado listo a tiempo del Congreso, se salvó por haber sido trasladado a un almacén próximo a Sevilla para montar las grandes piezas y tratar de terminar el conjunto a tiempo, cosa que fue imposible.

No estuvo solo en medio de tanto trabajo: “Pude hacer la obra gracias a la paciente colaboración de mi amigo sanluqueño Juan Manuel Sosa, que era pescadero. Posó infinitas horas, para ésta y para otras muchas obras de aquella época. Fue generosísimo” -dice Gadir y abunda: “El silencio y la concentración que alcanzamos me reportaron hallazgos curiosos, como esa corona de espinas interior en el abdomen del hombre fragmentado… Empatizábamos y tratábamos de abrirnos al dolor del mundo. Rosa (la esposa de Gadir) se implicó muchísimo” -nos revela, para luego rematar: “Concebí la obra como un testimonio de esperanza. Aparece el hombre inmolado por sí mismo, y el árbol troceado, como símbolo de la naturaleza destruida también por él. Un árbol en pedazos fue el patíbulo de Jesucristo… Pero dentro de los fragmentos brilla la dorada luz de la esperanza”.

En junio de 1994, con motivo de la reapertura al culto de la Iglesia del Corpus Christi de Sevilla, tras una restauración exhaustiva, se inauguró la capilla de El Hombre y el Árbol fragmentados. Estos días, se cumplen veinticinco años de la consagración de este memorial a los que sufren el terror, y en la que un hombre y un árbol se yerguen espiritualmente triunfantes, sobreviviendo a la destrucción física y moral que provocan las guerras.

Nos cuenta Gadir que el párroco actual del Corpus Christi, D. Jesús Donaire, quien reemplazó a monseñor Oliver al frente de la parroquia sevillana, sita en la avenida de la Palmera, le ha hecho partícipe de la buena aceptación que la obra tiene entre los fieles.

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